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Texto escrito a raíz de la participación
del
autor en el Encuentro
de proyectos de gestión
independiente de América latina y Caribe
A lo largo de las jornadas que estuvimos compartiendo
escuchamos hablar mucho de redes, de vínculos
en red orientados a asociar experimentos institucionales
que promovieran un arte alternativo en las distintas ciudades de
Latinoamérica de las que provienen cada uno de los participantes
de este encuentro. Me gustaría dar una vuelta más
a la noción de red para pensar si el propio arte no se convirtió
en una especie de red al menos en algún sentido de la palabra.
¿Cómo se podría pensar en el arte como una
red? ¿Qué sentido tendría eso?
Nuestras discusiones sobre la red aludían,
creo, a cuestiones operativas, a la circulación de la información
sobre las distintas actividades y sus efectos institucionales, artísticos
y también sociales. Eran problemas técnicos, digamos.
Pero hoy por la mañana tuvimos un debate que fue, a mi entender,
algo novedoso. Cuándo nos preguntábamos qué
clase de red deseamos desarrollar, y se hacía toda una cuestión
doctrinaria sobre ese tipo proyecto, en realidad se estaba discutiendo
algo más importante y también más general.
Discutíamos sobre la naturaleza del arte de nuestros días.
Porque el arte parecería ser él mismo una red si nos
atenemos a las concepciones que implícitamente se ponían
en juego en los intercambios a los que asistí.
Lo que quiero decir es que fuera de la cuestión
estrictamente operativa de intercambiar información y de
aprovechar la red para todo tipo de comunicaciones, esa noción
posee también otra función, vinculada con lo artístico,
que se hace evidente cuando uno la asume conceptualmente, es decir,
más allá del instrumento técnico de Internet,
por ejemplo. Hay una función peculiar, propia del arte pero
no exclusiva de él, que nunca revistió la importancia
(o mejor dicho, la apremiante necesidad) que tiene hoy. Es posible
definirla como una función a la vez social y estética,
nada nueva por cierto. Ella configuraría un arte político
especial: el que intenta reconstruir espacios sociales, vínculos
entre las personas.
Muchos de nuestros vínculos fueron destruídos
por la privatización neoliberal que de una manera u otra
afectó a todos nuestros países en los últimos
lustros. Esa oleada privatizadora significó algo más
que el enajenamiento de empresas públicas y el establecimiento,
como sentido común, de un discurso según el cual el
mercado era el único gestor eficaz mientras que de lo público
sólo se prodía esperar pérdidas, inoperancia
y abusos. Lo que llamo privatización, en sentido amplio,
llevó a una reducción de la vida al espacio privado,
al aislamiento entre las personas, a la disolución de grupos
sociales, al repliegue en el yo y a la desertificación de
las esferas de participación política e integración
social. Implicó también la difusión del miedo
hacia el otro (machacado por el pánico mediático que
propaga un clima de total inseguridad urbana), de las fobias personales
que se volvieron casi epidémicas y, en definitiva, impulsó
el hundimiento de las personas en su pobreza subjetiva, en lo doméstico;
el encapsulamiento del individuo frente a una pantalla (televisiva
o informática).
Por eso una cierta reaparición, en nuestras
discusiones, del tema del papel social que también tiene
el arte resulta tan importante pues apunta a considerarlo también
como regenerador de redes que fueron desgarradas por la política.
Dicha función fue visible en los festivales trágicos
de la antigua Grecia y en los rituales en iglesias llenas de motivos
plásticos en el Medioevo. Todos estos fenómenos son
cosas del pasado; aunque la gente todavía se congrega hoy
en el teatro y asiste a funciones o eventos artísticos de
todo tipo, esta función social se verifica mucho menos en
la convencional visita a una galería, un gesto individual
que no implica necesariamente ningún vínculo con otro.
Todo lo dicho se conecta con una de las discusiones más interesantes
que tuvimos aquí, la que giró entorno de la llamada
curaduría emocional. Personalmente no me gusta
el nombre, pero aprecio el concepto, me gusta lo que hay atrás
del nombre. En lugar de prevenirnos contra el aroma new age
que puede tener la expresión curaduría emocional
sería mejor considerar si ella designa algún intento
de política de la amistad, de creación
de vínculos interpersonales entre los que asisten a un evento
artístico. El ceremonial burgués tiende siempre a
aislar a las personas o, a lo sumo, a crear entre ellas una relación
alienada. En el mundo del arte, no hace falta recordarlo, ello se
expresa en los rituales del vernissage tanto como en la supuesta
comunicación puramente íntima que establece el espectador
con la obra creando con ella un círculo que no admite extraños.
En sentido lato, una curaduría emocional, si
se entiende por eso un canal de afecto entre el curador y el artista,
puede verificarse asimismo en los niveles más esterotipados
y convencionales del mundo del arte. ¿Es posible trascender
esta visión limitada y aleatoria para buscar canales afectivos
que se vuelvan consistentes a nivel social y no puramente personales,
entre la obra y el público? Se trata aquí de una curaduría
que no se limita a la relación entre el artista o su obra
y el encargado de montar una exposición. ¿Puede el
arte catalizar vínculos entre las personas que se acercan
a él? Creo que si la curaduría emocional
tiene un sentido, él se decide en la respuesta que vayamos
a darle a estos interrogantes. No me hago ilusiones acerca de sus
efectos generales: la curaduría emocional no puede sustituir
a la política o a los movimientos sociales, pero quizá
genere espacios artificiales, utópicos, que nos permitan
entrever otra forma de vida, distinta y opuesta a aquella a la que
nos condena la sociabilidad amputada del neoliberalismo.
Me pregunto entonces si esta creación de redes
no es una función realmente estética (y no quiero
decir que sea la única función estética posible,
ni siquiera la más importante). Es decir, si eso que se llama
curaduría emocional no es finalmente forjar vínculos.
Pero, ¿qué tendría esto de estético?
Lo que tiene de social es bastante evidente; poner en relación
a las personas parece una clara función social. Lo que tiene
de estético es su fuerte apuesta por la visibilidad, por
su defensa de formas que se ofrecen a la vista (en el caso de las
artes plásticas), y por aspirar a imaginar una manera de
crear sociedad a través de estas formas. En ese sentido el
arte cumple una función utópica que puede producir
también, a escala limitada, efectos reales. Por ejemplo,
la vivienda de nuestro amigo Helmut Batista en Rio de Janeiro es
algo así como una anticipación de la manera en la
que podríamos vivir todos, en el sentido de compartir una
de donde se pudiera entrar y salir libremente; es como un modelo
de otra sociedad. Insisto en que este experimento tan atractivo
(y divertido) no suplanta a la sociedad existente ni está
llamado a hacerlo. No puedo compartir la idea de una transformación
social mediante la proliferación de experimentos de este
tipo, vale decir, creando artificialmente miles de casas comunitarias
como la de Helmut con la esperanza de que así estamos edificando
otra sociedad, de tal modo que la realmente existente llegue al
punto de encontrarse en minoría y desaparecer. Si alguna
enseñanza dejó el laboratorio neo-vanguardista de
los años 1960 es que las expectativas desmesuradas en la
eficacia política inmediata del arte conducían a un
callejón tan estético como políticosin
salida. El arte tampoco tiene esta función directa. Quizá
no tenga tanto la misión de cambiar la sociedad como de mostrar
de qué manera sería otra, y si uno se fija ese objetivo
modesto puede acaso ser más útil.
Resulta para todos evidente que lo que en otras épocas
se descontaba como función social del arte atraviesa
una crisis, como por otro lado la noción misma de arte. Volvemos
de este modo a la pregunta ¿qué es el arte?, un interrogante
constitutivo de la actividad artística de todo el siglo XX
y, por supuesto, del nuestro. A partir de este marco epocal, resulta
sugestivo que en los espacios que ustedes gestionan haya gente que
dice: yo fui artista y ahora ya no soy artista, ahora soy
operador cultural o curador alternativo u otra cosa cualquiera,
o bien sostenga que estaba interesado por el arte pero ya no le
interesa más. Estos son gestos radicales, y el mejor caso
que se aportó aquí fue uno colombiano que relató
Michèle Faguet, el de esa artista que hizo su última
exposición en el espacio La rebeca que Michèle
llevaba adelante. La artista celebró una especie de culminación
de su trayectoria, una última exhibición, y declaró
que dejaba de ser una artista, por lo menos una en carrera pública.
Con ese gesto pretendía salir del sistema del arte y atacaba
de paso la estrechez del circuito colombiano, porque ella ya había
expuesto en todos los lugares disponible, encontraba que no había
mercado local, y entonces ya no había otra cosa que hacer
más que despedirse.
Otro aspecto de lo mismo es la autopresentación
de Duplus. Ellos sostienen que están satisfechos por haber
abandonado su identificación como espacio de arte alternativo
para ir en busca de otra identidad. Como admiten que carecen de
una definición del arte llegan a la conclusión de
que no tienen manera de seguir haciendo lo que hacían. No
podrían organizar una exposición de nada puesto que
no se sienten en condiciones de distinguir entre lo que es y lo
que no es objeto de exhibición. Hay aquí un gesto
radical, pero ¿hay algo de artístico en este gesto?
Ampliando todavía más la cuestión: ¿hay
algo de artístico en que, por ejemplo, muchas de las casas
privadas de cada uno de ustedes se abran y se postulen como lugares
públicos, espacios para la creatividad artística o
social? Yo creo que hay en efecto un intento y el que quiere
hacer Duplus no es en cierto modo tan diferente de lo que quieren
hacer los demás mediante otros procedimientos, un intento
lanzado desde una perspectiva en cierto sentido muy abstracta. Todas
nuestras búsquedas apuntan a crear sociedad, a producir vínculos.
Y no cualquier vínculo, sino uno mediado por la producción
estética, aunque no quede claro porque nuestra cultura
no está en condiciones de dejarlo definitivamente en claro
qué sea exactamente lo estético hoy.
Existe también en todo esto una aspiración
que antes estaba reservada a la religión. La ya remota desconexión
entre arte y religión dejó un poco en crisis al arte
burgués, puesto que no parece consolidar algo trascendente,
un clima espiritual que suplante al Dios muerto, y siempre amenaza
con limitarse a mostrar algo bonito. Hay aquí un cambio,
por así decir, de la metafísica por el diseño.
La noción de religare, que habrán escuchado muchas
veces, la idea de re- vincular a la gente, la idea de crear comunidad,
que fue una de las funciones primigenias de la religión en
general, parece querer ser asumida de otro modo cuando se habla
de arte como red. Se trata ahora de crear comunidad,
aunque no para encuadrarla en alguna doctrina, sino más bien
para mostrar como podría ser otra vida y como podría
ser el estar juntos de nuevo (si es que alguna vez lo estuvimos).
En este plano, la cuestión afectiva y la cuestión
emocional encuentran un lugar.
Dicha función casi religiosa se vuelve interesante
sólo si uno consigue entenderla como una ya desacralizada,
por completo secularizada. Porque en ese caso ella se desplaza muy
rápidamente a un nivel político. Tiene aspiraciónes
de experimentar con ese poder constituyente del que el espacio político
tal como lo conocemos parece estar muy necesitado. De allí
también que en nuestro propio discurso haya una especie de
inflación del término institución, que a la
vez se emite con prudencia y suscita cierta sospecha. Pareciera
que cuando uno instituye algo ya lo invalidó. Se busca mantener
el momento en que eso no cuajó todavía, en que la
institución aún es una especie de magma, porque cuando
está constituída ya dejo de servir, perdió
esa capacidad nítida de circular, se petrificó. Evidentemente
se tiende a privilegiar la circulación frente a la institución,
pero esta última resulta, paradójicamente, una garantía
para la primera, la cual, por sí sola, no sería capaz
de existir en el vacío.
Este es uno de los problemas políticos que
tiene el arte. No puede prescindir de instituciones y tampoco puede
soportarlas. Además, no es capaz de crear instituciones políticamente
eficaces y ello se vuelve un límite para sus ambiciones de
intervención en lo público. Pero esta desventaja se
compensa con una ventaja, a saber, que el arte sí puede estimularnos
a imaginar como serían las buenas sociedades en la medida
en que, con un lenguaje específico, exhibe los límites
de las malas, esto es, de aquellas en las que vivimos.
Hay un riesgo que corren los espacios aquí
representados, un riesgo completamente simétrico al de las
instituciones, al de las grandes instituciones e incluso al de las
peores instituciones, y es que el espacio se convierta en algo mucho
más importante que cualquier otra cosa que él contenga
o quiera exhibir o generar. En el caso de las peores instituciones
esto se verifica de manera cada vez más visible, material,
obscenamente concreta. Es el ejemplo típico del Guggenheim
de Bilbao, donde a nadie le importa gran cosa lo que haya dentro
pues todo su atractivo pasa por el edificio. Este es un caso extremo
de lo que puede acontecer cuando en lugar de estar centrado en lo
estético uno se obsesiona con lo institucional, con el espacio
o, más burdamente, con la casa. Uno de los riesgos evidentes
es que la red se vuelva más importante que cualquier contenido,
que se convierta en un fetiche tal que ya no importe lo que se pueda
encontrar en ella o lo que sea capaz de generar.
Por último, creo necesario insistir en que
toda esta cuestión del arte entendido como red, esta especie
de reconstitución o institución de vínculos
a través de lo artístico (entendido de alguna manera
o incluso de ninguna manera clara o permanente), no se puede valorar
adecuadamente sin el contexto de la gigantesca destrucción
de vínculos que hemos vivido en los últimos veinte
o treinta años en cada uno de los países de donde
provenimos. Siempre que en nuestras reuniones se hablaba de la implantación
de proyectos dentro del espacio urbano se partía de la misma
caracterización: la ciudad se había cerrado. Un extremo
es quizá el de Bogotá, donde los esfuerzos de Michèle
por generar sociedad exigen una energía que ahora ella siente
que le está faltando. Pues generar vínculos en Bogotá
resulta difícil, la ciudad ofrece un caso límite de
privatización, de encierro doméstico, a causa de una
serie de factores que comparte con otros países y de otros
específicos suyos como la violencia generalizada.
Incluso allí donde la ciudad parece lanzada
hacia afuera, como puede ser la impresión que deja una ciudad
balneario como Rio de Janeiro, la misión de un espacio alternativo
de arte como el de Helmut consistió menos en ir a buscar
a la gente a su domicilio particular para sacarlo a la calle, que
en instalar un quiosco en medio del trayecto entre la playa y las
viviendas para que pasaran necesariamente por él antes de
llegar a la playa. Así la gente traspasaba durante algunos
segundos un espacio estético que le permitía
vincularse con los demás de manera distinta a aquella en
que lo hace habitualmente en la playa. Pese a su imagen, Helmut
insistió en que su ciudad también sufre la privatización.
Gran parte del entretenimiento está privatizado y, caso también
extremo, él nos contó que hay muchas calles que se
cierran porque los propietarios de los edificios aledaños
ponen una barrera con un vigilante, y así la ciudad se niega
poco a poco a sí misma el escaso espacio público que
tiene. La propuesta de Helmut es singular: su casa es un ámbito
cosmopolita que recibe artistas de todas partes si bien sus iniciativas
no se restringen a un lugar preciso. Van allí donde resulte
más adecuado para lo que se quieren proponer, aunque el Espacio
Capacete que impulsa Helmut Batista tiene ahora también una
sede física que no es una vivienda privada.
Por supuesto aquí, en Buenos Aires, hay una
enorme sospecha contra las instituciones. Muchos piensan que las
instituciones hacen mal, producen daño; ellas finalmente
se crean y lo único que terminan produciendo es una destrucción.
Acontecimientos recientes de nuestra historia política acrecentaron
esta actitud, pero me pregunto si esa sospecha sistemática
puede sostenerse en el tiempo. Este es uno de los mayores desafíos
que enfrenta Duplus, pero el problema se extiende a toda la sociedad
argentina. Por eso el discurso que sostiene Duplus tiene algo muy
específico, se puede articular aquí y no, digamos,
en Chile, donde me parece que las instituciones tienen otro tenor,
otro espesor. Allí todavía se puede hacer una exposición
como la que hicieron los del grupo Hoffmann´s House,
que dirige un cuestionamiento muy original al museo.
Como nos explicaron ellos, comenzaron comprando una
casilla prefabricada de madera, una típica vivienda precaria
para los sectores populares que en Chile se llama dos aguas
(aparentemente diseñada por un tal Hoffmann, cuyo nombre
adoptó el grupo) y la instalaron en distintos lugares de
la ciudad: en la plaza de un barrio exclusivo, en la vereda del
instituto para la vivienda, en un parque recreativo. El circuito
concluyó en el museo, en cuyos muros apoyaron la casa. Consiguieron
una imagen muy buena, que trasmitía la impresión de
que la casa hubiera encallado en el museo tras una larga navegación
urbana que también se puede entender como una peripecia social.
En algún sentido se trata asimismo de la peripecia social
del arte en su historia: parte del barrio rico y acaba en el museo.
Además, abre una serie de interrogantes para otros grupos,
porque invierte la operación de hacer de la casa privada
un lugar público. Ellos se inclinaron por representar más
bien un paseo público y un uso público (porque se
podía entrar en la casilla, los artistas exponían
transitoriamente y los niños jugaban en ella), de ese lugar
tan íntimo, tan aislante bajo el neoliberalismo, que es la
casa particular. Hoffmann´s House hace de la casa una parodia,
una denuncia y una galería itinerante que es ella misma a
la vez una obra y un comentario sobre el arte.
Algunas de las cuestiones a las que me referí
quizá resulten un tanto abstractas, pero me parecieron pertinentes
para ensayar una cierta lectura de lo que discutimos aquí
a lo largo de estas jornadas. No terminé de hacer justicia
a dos experiencias extraordinarias que buscan implantar, con un
enorme esfuerzo, un ámbito para el arte independiente en
La Habana, como el Espacio Aglutinador, o una plataforma de exposiciones
en un barrio popular de Santiago de Chile, como la Galería
Metropolitana, ampliando así el circuito del arte, habitualmente
confinado a los barrios acomodados o céntricos de las ciudades.
En ambos casos, una vivienda familiar alberga un espacio público
y debe enfrentar grandes dificultades financieras y organizativas,
por decir lo menos. Ambas arriesgan la posibilidad de ser incorporadas
y así neutralizadas en la agenda rutinaria del
arte en sus respectivas ciudades. Por eso la continua interacción
con su medio social inmediato es decisiva para la suerte de la Galería
Metropolitana, mientras que la defensa de un lugar de encuentro
independiente y una política de exhibición fuera de
las variables preferencias oficiales es crucial para el Espacio
Aglutinador.
Lamento estas deficiencias, pero quisiera decir que
la intervención previa de Francisco, nuestro amigo mexicano,
me ayudó a atenuarlas y aportó claridad a lo que yo
deseaba expresar. Por eso le estoy agradecido a él y también
a ustedes por la paciencia con que me escucharon hilvanar unas reflexiones
no del todo satisfactorias. Conocer sus experiencias fue para mí
muy estimulante porque evidencian una gran generosidad, un anhelo
de otra sociabilidad y de un destino mejor para el arte, secuestrado
por el prestigio y el dinero en todas partes.
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José Fernández Vega es doctor en filosofía
por la Universidad de Buenos Aires, profesor regular de la misma
universidad e investigador de carrera del CONICET.
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