"Frente a la impermeabilidad hipopotámica
del "honorable público".
Frente a la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático,
que momifica cuanto toca..."
revista Martín Fierro, 1924
Introducción
Como señala este fragmento del manifiesto de la vanguardia
de los años veinte, es el descontento con las instituciones
uno de los motores de la movilización de los artistas para
autogestionar su discurso. Esta actitud evidencia una oposición
frontal a los modelos institucionalizados de la mediación:
críticos y operadores culturales en general.
Los manifiestos, las revistas, las cartas de lectores en diarios
y medios especializados, han sido estrategias comunes de grupos
que han representado a su tiempo distintos proyectos.
La gestión artística, individual o colectiva puede
adoptar distintas formas pero siempre subyace a ellas un discurso
artístico determinado. De este modo, las acciones de organización,
las puramente administrativas, no dejan de tener en su elección,
oportunidad y pertinencia el sesgo de la estética que el
individuo o grupo le impone.
Comisión Nacional
de Bellas Artes |
Intentando trazar una genealogía de los
artistas- gestores, Eduardo Schiaffino ocupa el lugar de un paradigma
fundacional. Fue el primer director del Museo Nacional de Bellas
Artes (MNBA), instancia a la que llegó como culminación
de un proceso de institucionalización del arte que lo tiene
como protagonista desde sus comienzos. Intelectual de la llamada
Generación del Ochenta, se propuso modernizar, educar,
inculcar el gusto por el arte en un país que aun no tenía
escuelas de arte, ni revistas, ni museos. En 1876 fue miembro
fundador de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, prefiguración
de las escuelas de arte actuales. En 1893 fundó junto a
Severo Rodríguez Etchart, Eduardo Sívori, Ernesto
de la Cárcova, Augusto Ballerini, Graciano Mendilaharzu,
Angel Della Valle y otros, El Ateneo, desde donde se organizaron
las primeras exposiciones de arte argentino. En 1895, luego de
intensas gestiones se crea por decreto el MNBA que pasa a dirigir
Schiaffino. Para formar la colección del museo, Schiaffino,
pidió obras a sus amigos pintores y convenció a
los coleccionistas para que donen su patrimonio integrándose
a una aventura pública, la del museo de arte, que en Europa
se remontaba a los años previos a la Revolución
Francesa. Para incrementar la colección viajó a
Europa en misión oficial y compró pintura
antigua y contemporánea y los calcos en yeso que servirían
para la enseñanza.(1)
Schiaffino fue también el primer historiador
del arte y crítico. Desde La Nación y otros
medios de la época, escribió extensas reseñas
con las que se proponía educar el gusto. Las artes, a su
juicio, eran indispensables instrumentos para la conformación
de una nación moderna.
Desde la primera presentación que se hace de las obras
del MNBA, en el Bon Marche(2),
actuales Galerías Pacífico, Schiaffino define su
perfil curatorial. Sin dudas, el de un artista. Cito:
"La falta de un edificio propio, adecuado para la exhibición
de las colecciones, ha obligado a la Dirección a sacrificar
el orden cronológico de las obras, prefiriendo de dos males
el menor, a fin de no sacrificar las obras mismas. Si estas no
siguen un orden determinado, han sido colocadas en la luz más
conveniente. Se ha introducido una modificación que importa
una reforma fundamental de la práctica universal, a saber:
la distribución por géneros, que resulta
teórica y prácticamente la más lógica
de todas..."(3)
A diferencia de los tradicionales montajes cronológicos
de los museos europeos, el criterio del primer museo de arte de
nuestro país, seguía una lógica establecida
por el propio arte: la de la agrupación por géneros.
No era una ciencia, la historia, la que iba a ordenar el relato
sino los temas que las obras representaban. De esta manera se
salvaban los evidentes baches cronológicos y estilísticos
de la colección y se privilegiaba crear el ambiente más
propicio para la contemplación, al tiempo que se innovaba.
Como se señaló anteriormente, Schiaffino era artista
y como tal pensaba desde lo específico de su disciplina.
Así, un rasgo de la gestión emprendida por artistas
sería este carácter creativo, dispuesto a dar "saltos",
a emprender cambios y modificar rutinas que otros operadores solo
abordarían luego de estar avalados por los estándares
de la profesión.
Dichos saltos, en la complejidad que caracteriza
a Latinoamérica, son la forma en que se produjeron buena
parte de los procesos sociales. Estos comenzaron por la introducción
de factores aislados que voluntades inquebrantables o vocaciones
insoslayables, por parte de miembros de las elites, hicieron posibles.
Es el caso de Schiaffino, quien se propuso dotar al campo artístico
de las condiciones necesarias para su existencia, asumiendo tanto
el rol de productor, pintor, como el de crítico e historiador
y, eventualmente coleccionista al formar la colección oficial
del estado.(4)
Resumiendo, a la gestión de Schiaffino
subyace un proyecto cuyos supuestos son los de el arte como valor
espiritual, factor de crecimiento y beneficios para todas las
actividades de un estado moderno. Su modelo provenía de
Europa y requería implementar las instituciones propias
del desarrollo del campo artístico en el siglo XIX: las
exposiciones, los premios (salones) y el museo. Este último
como el eslabón consagratorio del artista y la vía
de legitimación de una narración sobre el arte de
la nación.
Gestionar para cambiar
Partiendo del descontento que hace que el artista asuma un rol
que juzga ha sido dejado vacante o mal jugado por otro actor social,
se convierte en vanguardista. Independientemente de su posición
estética, asume un rol social de vanguardia. Se propone
repensar la institución arte, "tanto
al aparato de producción y distribución del arte
como a las ideas que sobre el arte dominan una época dada
y que determinan esencialmente la recepción de las obras".(5)
Esta actitud reflexiva respecto de su práctica y la inserción
social de la misma sitúa al artista como intelectual. Es
decir, como un "agente de circulación de nociones
comunes que conciernen al orden social general y al de su disciplina
en particular". El intelectual, entonces, combina el
conocimiento con una responsabilidad social explícita respecto
de los valores colectivos de una sociedad.(6)
En todo proceso cultural Raymond Williams distingue, a la par
de las instituciones, las formaciones:
"movimientos y tendencias efectivos, en la vida intelectual
y artística, que tienen una influencia significativa y
a veces decisiva sobre el desarrollo activo de una cultura y que
presentan una relación variable y a veces solapada
con las instituciones formales".(7)
En este lugar se sitúan las iniciativas de gestión
emprendidas por artistas que, en los casos que analizaremos, abarcan
distintas intenciones. Rupturistas en algunos casos, también
pueden restringirse a la manifestación pública de
intereses y estéticas que el grupo comparte. Estas organizaciones
actúan "en diagonal" a lo establecido conservando
-en mayor o menor medida- el valor referencial de lo existente
como punto de partida.
Estas prácticas que abarcan desde la producción
hasta la difusión del arte, promueven un discurso
artístico sostenido de manera colectiva. En muchos casos,
por extensión, la propia gestión se convierte en
una forma de discurso artístico.
Las formaciones culturales son características de
las sociedades desarrolladas, complejas y, a diferencia de las
instituciones, tienen un papel cada vez más importante.
Implican una práctica especializada en formas de organización
o autoorganización.
Desde el punto de vista de sus relaciones externas Williams
clasifica a las formaciones culturales como de especialización,
las que promueven o apoyan un medio, un estilo o un arte en particular;
las alternativas que proveen medios alternativos para la
producción o difusión de obras que las instituciones
excluyen; y las de oposición, las
alternativas cuando abiertamente se enfrentan a las
instituciones y su sistema de existencia.
En administración se denomina a estos grupos como think
tanks: núcleos generadores y difusor de ideas
dirigidas a influir la política y el entorno social en
general.(8)
En síntesis, el artista que gestiona intenta actuar independiente
pero también filtrarse entre los recovecos de las instituciones.
Saltar sus procedimientos para crear otros nuevos que, a su juicio,
sean más legítimos. En cierto modo conformar un
círculo de influencias donde el artista sea el protagonista
y no el elegido por los mediadores para protagonizar.
La gestión colectiva (del discurso)
en las últimas décadas
La década del 60: el militante cultural
En las antípodas de la voluntad institucionalizadora
de la generación del Ochenta y luego de distintos procesos
históricos que dieron origen a diversas actitudes rupturistas
o de apelación a las tradiciones, la segunda mitad de la
década del 60 representa el descrédito y la crítica
al optimismo renovador del proyecto desarrollista. Esta actitud
que se generalizó a partir del golpe de estado de 1966,
dio origen a distintas expresiones en el campo cultural, entre
ellas Tucumán Arde (1968) una obra colectiva
en la que confluyeron arte y política.
|


Ingreso a la exposición
"Primera Bienal de Arte de Vanguardia" (Tucumán
Arde), Rosario, 1968.
Campaña de graffitis
callejeros en la experiencia Tucumán Arde, Rosario,
1968
|
La experiencia surgió del trabajo de un grupo de artistas,
autorganizado provenientes de Buenos Aires, Rosario y Santa Fe.
Compartían experiencias semejantes en el medio artístico
y, fundamentalmente, el modo de interpretar las circunstancias
sociales del momento. El descontento con la operatoria de las
instituciones y cómo éstas condicionaban la producción
y la recepción del arte, los llevó a reunirse
para gestionar alternativas que juzgaron más adecuadas
para la efectividad de su discurso.
Así, Tucumán Arde condensó
gran parte de las expectativas del arte de la época: el
ansia experimental, la voluntad de ampliar el público y
la participación y, finalmente la identificación
entre vanguardia estética y vanguardia política.
Recogió en parte las ideas del arte de los medios, un
manifiesto producido por un grupo de artistas e intelectuales
relacionados con el Instituto Di Tella, "la" institución
de vanguardia. (9)
Los mass media habían demostrado su potencial
comunicacional y estético. Pero en ocasión de la
experiencia Tucumán Ardese propuso utilizar los
medios, no ya para la experimentación, sino como poderosos
instrumentos de un arte para la lucha(10).
Así unidos, artistas e intelectuales conformaron una
figura emergente en la época, la del militante cultural(11).
Como señala Sigal, en este último no se produce
la disociación entre la obra y su ideología política.
Es la convergencia de la poética con la política.
Renunciando a los circuitos institucionales del arte, a los
que acusaban de banalizar y quitar el carácter revulsivo
de las experiencias de vanguardia, los participantes se propusieron
generar un circuito alternativo que permitiese el alcance a un
público masivo. Un lugar donde su mensaje no fuera asimilado
a una moda, la de la novedad vanguardista, y tuviera la eficacia
de una práctica destinada a la transformación de
la sociedad. De este modo proponen una experiencia que se asienta
sobre la realidad política argentina asociándose
a la propuesta revolucionaria de la Confederación General
de los Trabajadores de los Argentinos (CGTA), institución
sindical disidente de la política del gobierno de facto.
El grupo viajó
a la provincia de Tucumán con el objetivo de realizar un
relevamiento de las pésimas condiciones sociales por las
que atravesaba la provincia, víctima de un plan piloto
del gobierno que pretendía reconvertir su alicaída
industria. Sin embargo, la propaganda oficial hablaba de los cambios
en Tucumán y el progreso que se avecinaba, negando las
estadísticas del elevado desempleo y tasa de mortalidad
infantil, entre los factores críticos.
El equipo
encubrió sus verdaderas intenciones informando a la prensa
sobre un supuesto "relevamiento cultural en la provincia".
Así, utilizó los medios para reportar sus actividades
en Tucumán y posteriormente reunió todo el material
y lo expuso como circuito contrainformacional al discurso
oficial en una exposición en la sede sindical de la CGTA
en Rosario, y brevemente en Buenos Aires(12).
El trabajo previo a la concreción de la experiencia consistió
en encuentros de discusión de los artistas de Rosario,
Santa Fe y Buenos Aires, un ciclo de Arte experimental en Rosario
y luego el Encuentro Nacional de Arte de Vanguardia, instancia
teórica de la experiencia Tucumán Arde .
La gestión abarcó aspectos como la reunión
de fondos para sostener viajes y estadías, acuerdos con
los sindicatos para acceder a las fábricas para entrevistar
al personal, contacto con las autoridades culturales de Tucumán,
división de tareas para procesar los datos del trabajo
de campo y, finalmente, una elaboración definitiva de informes
y manifiestos que sustentaban el discurso artístico- político
de la experiencia.
Como es frecuente en las organizaciones de artistas la presentación
teórica del trabajo fue a través de manifiestos:
textos que hacían pública una declaración
de doctrina o propósito. La urgencia pregonada por los
textos era la de concebir un arte revolucionario que, apartado
de las instituciones de la elite, planteara su eficacia
social como objetivo primario.
El grupo dejó un nutrido cuerpo de pensamiento sobre
el arte y su situación histórica, en tanto no logró
configurarse como una instancia continuada en el tiempo. Luego
de TA, en sus diversas etapas (trabajo de campo, exposición
y conclusiones) el grupo como tal se desdibujó. Disidencias
políticas internas y divergencias respecto del accionar
hicieron que la organización y la estructura que se habían
planteado no funcionara sino a partir de subgrupos que siguieron
actuando en el mismo sentido algunos años más.
La década del 70: el lugar de la región en el proyecto
del mundo
Los últimos años del gobierno de facto iniciado
en 1966, protagonizaron dramáticos sucesos de descontento
popular como el Cordobazo de 1969. La crisis económica
sumada a la censura y la represión abrió el camino
a la sublevación y -como contracara al marcado internacionalismo
de comienzos de la década- una frontal desconfianza hacia
las soluciones culturales provenientes del exterior.
Esta época signada, por una parte, por la violencia entre
sectores del peronismo y las guerrillas, cobijó una profunda
esperanza de posibilidad nacional cimentada en el proceso eleccionario,
el emblemático retorno de Juan Domingo Perón
y la vuelta a la democracia. Este contexto, unido a otros semejantes
del continente -el caso de Chile con el gobierno socialista de
Salvador Allende- permitieron entrever un horizonte de afirmación
también regional que echara por tierra tanto la dependencia
económica como cultural y permitiese configurar la tan
debatida y ansiada identidad.

Exposición de Juan
Carlos Romero en el CAYC, Bs. As. |
En 1970 se cierra el Instituto Di Tella que había sido
durante la década un agitado núcleo de modernización
de los lenguajes artísticos e institución modelo
en la gestión de un proyecto cultural. De hecho el primer
emprendimiento orgánico de gestión corporativa en
nuestro medio.(13)
En 1968 y capitalizando ciertos rasgos de la gestión
del Di Tella, Jorge Glusberg, crítico de arte y empresario,
creó el Centro de Estudios de Arte y Comunicación.
El CAYC organizó encuentros entre artistas locales y sus
colegas extranjeros, seminarios y grupos de reflexión con
importantes intelectuales. Se propuso como colaboración
entre artistas, científicos, sociólogos y psicólogos.
Si bien desde el punto de vista estructural el CAYC fue claramente
una institución, los contenidos alternativos que acogió
y las funciones y estrategias de gestión que adoptó,
al menos en sus primeros años, lo asimilan a la flexibilidad
de las formaciones independientes.
Definiendo su perfil experimental, en 1969, organizó la
exposición Arte y Cibernética, arte
por medio de computadoras, solo un año después y
prácticamente con los mismos participantes que la
exposición Cibernetic Serendipity el vanguardista
Institute for Contemporary Arts de Londres.
En 1971 se forma el Grupo de los Trece(14), un heterogéneo
núcleo de artistas que acepta la convocatoria de Glusberg,
para reflexionar en torno a la problemática propuesta por
la institución en la que, de hecho, muchos de ellos habían
participado en forma independiente con anterioridad. La metodología,
innovadora y muy en boga en esos años era la del
trabajo en equipo, modelo tomado de las ciencias y la organización
empresarial. Las reuniones semanales se documentaban con minutas
muy precisas en las que constan las gestiones y debates artísticos
del grupo.
Con la exposición Arte de Sistemas en el
Museo de Arte Moderno de la ciudad de Buenos Aires se sientan
las bases:
"una de las características mas destacadas del
trabajo artístico latinoamericano es una decidida inclusión
de lo regional en su problemática: trabajando con un lenguaje
internacional, el arte conceptual, pretende esbozar las realidades
propias del contexto en que viven y del cual se nutren"(15)
El arte de sistemas exhibía procesos más
que productos terminados. Proponía acercar al espectador
a comprender los sistemas que rigen las problemáticas y
experiencias del ultimo cuarto del siglo, por medio de un arte
de reproducción masiva con materiales "pobres".
Un tipo de obra seriada, fácil de exhibir y transportar.
La tendencia se desarrolló en varias exposiciones cuya
logística consistió en pedir a los artistas del
exterior que enviaran por correo su aporte original -prestandarizado
en un formato, los diagramas, dibujos y fotografías -
que luego en Buenos Aires, y a un costo muy bajo, se reproducían
y exponían. El éxito de esta operatoria -se realizaron
exposiciones en Buenos Aires que luego viajaron en las que participaron
destacados miembros de la vanguardia internacional- se basó
en parte en capitalizar la actitud antiinstitucional y alternativa
que en ese momento el CAYC compartía con otros centros
de arte semejantes ya existentes en las capitales europeas y de
Estados Unidos.
El Arte de Sistemas, en tanto estrategia de gestión
de un discurso, intentó invertir el vector de la legitimación
del arte argentino en aquel momento. En lugar de invitar artistas
y curadores para que conozcan y luego integren a los argentinos
en los panoramas contemporáneos en el exterior, el CAYC,
a un costo sustentable, reunió la obra de argentinos y
extranjeros promoviéndolos en un circuito alternativo para
de este modo instalar la tendencia en el mainstream.(16)
Exposiciones como Arte de sistemas II. Hacia un perfil del
arte latinoamericano proponen al arte como parte de una "ideología
tanto como la política, la moral, el derecho y las
costumbres"(17). Así, tempranamente
en 1972, la crítica internacional reconoció la especificidad
y el aporte al conceptualismo de los artistas argentinos, denominando
a la tendencia conceptualismo ideológico.
(18)
El CAYC funcionó como un ámbito de artistas e
intelectuales donde se produjeron intercambios y actualizaciones.
Actúo como una organización parainstitucional cuyo
programa estuvo orientado a colocar al arte argentino en el contexto
latinoamericano y de allí proyectarlo al internacional.
Romper con la dependencia cultural, -tan teorizada en la
época- a partir de generar un arte de temática y
circulación específica en el que cupiese la participación
de nuestros artistas contemporáneos. En las intenciones
expresadas por el Centro, no estaba la de competir con los operadores
tradicionales del mercado apoyando la creación de objetos
comercializables. Por esta razón el énfasis estaba
en el arte experimental, en su caracterización, ligado
a la vida, para que la comunidad hiciera suyo.
Hacia mediados de la década del setenta, los trece integrantes
originales del grupo se reducen a nueve. Exilios, personalismos,
diferencias políticas o alteraciones en la dinámica
del grupo, lo cierto es que no sin dificultad se puede
sostener un discurso colectivo que también satisfaga en
lo individual. Más aún, cuando la siempre cambiante
realidad latinoamericana estaba pasando por otro de sus momentos
más oscuros: el retorno de las dictaduras.
El grupo siguió actuando, como Grupo CAYC(19),
trabajando en su temática histórica en un tono que
atempera la carga ideológica explícita para dar
paso a una visión más poética y connotativa.
En 1977, la consagración del gran circuito llega cuando
gana el Gran Premio Itamaraty de la XIV Bienal de San Pablo con
la instalación Signos en ecosistemas artificiales.
Los años 80s: un arte colectivo por el
rescate de los valores humanos
Con el retorno a la democracia distintas convocatorias políticas
de los organismos de Derechos Humanos fueron acompañadas
por acciones estéticas organizadas por artistas como los
nucleados en C.A.PA.TA.CO (Colectivo de Arte Participativo Tarifa
Común) o GAS-TAR (Grupo de Artistas Socialistas por la
Transformación). Estos grupos realizaron afiches, señalamientos
urbanos y performances. El propósito fue mostrar
los alcances del genocidio. Un ejemplo de este accionar fue el
Siluetazo(20), de 1983, acción
urbana que convirtió al centro cívico de la ciudad
en un gran taller colectivo productor de las dramáticas
imágenes con que se empapelaron la Plaza de Mayo y sus
edificios aledaños: la silueta de los detenidos-desaparecidos
durante la dictadura militar.
A fines de la década
El grupo Escombros. Artistas de lo que queda -mayormente integrado por artistas de Buenos Aires y
La Plata, (21)iniciaron sus actividades
con una performance en la calle. De hecho, llamaron a la calle
su
galería de arte. Escombros es un grupo eminentemente urbano. La propuesta
podría denominarse de humanista, en el sentido del rescate
de los valores del hombre y su entorno, en un momento de crisis
como fueron esos años de la hiperinflación.
El artista
como "amplificador de la conciencia colectiva" es el modelo con
el que operaron entonces. La actitud antinstitucional caracterizó
a este colectivo que libremente se asoció con otros con los
que eventualmente compartía objetivos. Como un francotirador,
Escombros se apostó donde la acción
lo requiriese para adherir y destacar el mensaje de las asociaciones
de derechos humanos, la ecología y la defensa de la libertad
intelectual. En 1989 publica, "
La estética de lo
roto":
|

Grupo Escombros.
|
"La tortura rompe el cuerpo; la explotación irracional
de la naturaleza rompe el equilibrio ecológico; la desocupación,
el hambre, la imposibilidad de progresar, rompen la voluntad de
vivir; el miedo a la libertad rompe la posibilidad de cambio;
el escepticismo rompe la fe en el futuro, la indiferencia de los
poderosos rompe la dignidad de los que no lo son; el individualismo
salvaje rompe todo proyecto de unidad. En esta sociedad despedazada
nace la estética de lo roto: Escombros"
"Somos un grupo abierto y horizontal.
La cantidad de nuestros integrantes no es fija ni tiene límites.
Todos, sin excepción, tenemos derecho a opinar y decidir.
Escombros nace, muere y renace constantemente".
En 1995, avanzados los cambios que implicaron la era Menem,
Escombros, lanza su segundo manifiesto "La estética
de la solidaridad" donde señala al modelo económico
vigente "que se caracteriza por la exclusión
social".
Escombros, con distintas intensidades, ha actuado hasta
la actualidad en el esquema flexible de participación que
le dio origen.
La década del 90: diagnóstico y terapéutica
A principio de los 90s luego del recambio de autoridades democráticas
y de constatados algunos límites de la gestión del
primer gobierno luego de la dictadura, un grupo de artistas cordobeses
o radicados en Córdoba junto a otros de la capital y las
provincias, propusieron reunirse para debatir el funcionamiento
de las instituciones artísticas y el rol de los productores
en ellas y en la sociedad como conjunto.
El cuerpo cultural fue sometido a riguroso análisis
en cada uno de sus componentes: productores, educadores, públicos,
mediadores e instituciones. El diagnóstico arrojó
coincidencia en que la situación era crítica. Un
"estado de emergencia" que requería actuar
de modo colectivo y solidario para recomponer los miembros de
ese cuerpo herido.
"Queremos restablecer la comunicación con el
público y entre nosotros, insertarnos en el medio, hacer
saber de nuestras necesidades y opiniones" "Que
ENCUENTRO EN LA CUMBRE , sea reconocido como punto de partida
para generar proyectos y acciones de difusión del arte
plástico nacional, comprometiendo sus participantes a generar
la organización necesaria que fomente gestiones tendientes
a la consecución de tales logros" "La red y el
trabajo en red. La red constituye una "herramienta",
a diferencia de un "servicio" o una "organización",
en que el usuario es un sujeto pasivo. Esta herramienta llamada
red constituye el hilo que teje lazos entre los seres humanos,
de acceso a toda una gama de informaciones que se pueden designar
como "instrumento de crecimiento"(22)
El I Encuentro en la Cumbre (del 12 al 16 de diciembre
de 1990) reunió a 300 artistas de todo el país en
la villa serrana cordobesa. (23)
Las mesas y debates giraron en torno a: 1- Conciencia del
cuerpo cultural, profesionalidad, inserción social:
"todos los artistas (...) componemos un poderoso cuerpo
cultural, capaz de desarrollar una estrategia y reclamar un espacio
propio"; 2- relación con galeristas y críticos,
reclamando una mayor inmersión de ambos operadores en la
poética y el proceso de producción; 3- Identidad:
aspirar a una tesis de la identidad no hegemónica que
resulte del cruce de los valores de los artistas y la sociedad
en general; 4- Difusión en la sociedad: propugnar
la difusión de la actividad plástica, dada su carencia;
5- El futuro del arte: ante un "arte sin objetivos"
atravesado por las tendencias de la posmodernidad, discutir las
bases de un arte crítico; 6- Análisis de la situación
del artista: a partir de a haberse diagnosticado un alto grado
de individualismo y el aislamiento se proponen crear vínculos
solidarios por medio de la comunicación activa; 7- Gremiales:
se discutieron distintas opciones legales para proteger la
profesión habida la ausencia de una política cultural
oficial eficiente.(24)
El grupo organizador daba cuenta de la participación de
distintas generaciones y experiencias artísticas. En cierto
modo, funcionó como un modelo de la composición
real de la comunidad de los productores. Las mesas de trabajo
examinaron la situación de cada una de las instituciones
del campo: las escuelas, los salones, los museos y la legislación
cultural.(25)
El II Encuentro, -denominado Encuentro Nacional
de Artistas Plásticos, tuvo lugar
en San Juan en 1992 y se planteó como prioridad "implementar
los mecanismos para pasar de las ideas y propuestas elaboradas
(...) a su realización ".
El trabajo se organizó por comisiones, como en el encuentro
anterior, y parte de los objetivos fueron la creación de
una base de datos de artistas e instituciones comunicadas en red
y discusión de mecanismos de inclusión de los artistas
en la elaboración de leyes y normas que regulan la actividad,
entre los más importantes. Junto a las mesas se dispuso
de espacio en auditorios y distintos sitios públicos para
realizar performances, exposiciones y conciertos.
El II Encuentro fue el último de este grupo que
-con el fantasma de la burocratización en mente- no llegó
a encauzar su heterogeneidad como para llevar adelante una gestión
a largo plazo.(26)Sin
embargo muchas de las ideas que constan en las actas de los encuentros
fueron llevadas a cabo por distintos gestores a lo largo de la
década. Un ejemplo de ello son los distintos programas
que la Fundación Antorchas desarrolló para capacitar
artistas y profesionales de museos del interior y las becas a
proyectos de producción en distintas disciplinas, incluidas
las artes electrónicas.
Estos Encuentros establecieron un diagnóstico
inmediatamente después de la crisis hiperinflacionaria
del 89. La estabilidad económica posterior a ese momento
permitió una mayor reactivación del medio en los
que proyectos como la libre circulación de obras y la ley
de mecenazgo se impusieron como proyectos en las Cámaras.
Las iniciativas de artistas en la actualidad
¿Cuál es el contexto actual para las iniciativas?
La cultura no se sustrae de los términos de un fenómeno
que tiene su expresión más cabal en la economía:
la globalización. La globalización afecta a la cultura
pero, como plantean los estudios sociales actuales, su situación
es peculiar. Si bien la revolución tecnológica y
los mercados globales producen una circulación de los bienes
culturales a una escala inusitada, es cierto que estos procesos
no son suficientes para hablar de una homeogeneización
de la producción ni del consumo. Los teóricos coinciden
en que no podría existir una cultura global única,
sí la consolidación de una matriz civilizatoria,
"la modernidad- mundo" que cada país actualiza,
adapta o diversifica acorde a su propia historia.(27)
En este sentido, las identidades emergentes de esta matriz,
no son referentes unitarios y centrados. Como señala Néstor
García Canclini, en la actualidad, hablar de identidades
culturales nacionales ya no es posible. Sí lo era en los
años veintes, los sesentas y los setentas. Entonces los
procesos culturales eran entendidos estrechamente ligados a la
nacionalidad. Pero a partir de los ochentas las condiciones
transnacionales en que se produce, circula y se recibe el arte
no lo hacen posible. Transnacionalización, interculturalidad,
desterritorialización e hibridación de culturas,
son fenómenos que exhiben la tensión existente entre
integración y diferenciación.
Así, la cultura entendida como una red abierta y multiplicativa
de signos en continuo traslado, cruce y mutación, genera
organizaciones que, conscientes de esta situación, optan
por vincularse a un espectro amplio y multicultural.
Pareciera que para funcionar es preciso tener una visión
clara de el "lugar en el mundo" que la organización
ocupa, tanto como de la cultura organizativa que pone en
acto. Este conocimiento de los usos y costumbres del pasado y
la evaluación de la performance es lo que les permite
seguir creciendo. Pero estos aprendizajes adquiridos deben ir
más allá de las personas, de los gestores que los
ponen en práctica y esto pone a prueba la propia noción
de grupo. A diferencia de otros tipo de organización, la
de artistas, precisa para su constitución algo más
que la intención de satisfacer necesidades comunes. Seguramente
se nutre de empatías, amistades, compromisos individuales,
coincidencias estéticas y modos de negociar significados
cuya estricta actualidad los torna vulnerables y conspira
con la continuidad en el tiempo. Gran parte de las asociaciones
artísticas no formales, a lo largo de la historia han sido
efímeras o de corta vida. Conscientes o no, ante
el riesgo de vaciarse de los contenidos iniciales que dieron origen
a la organización, se producen las rupturas o las esfumadas
disoluciones.
La gestión, en tanto estrategia, consiste en poner en
acción ideas, recursos, personas dentro de un marco de
coherencia interna para satisfacer demandas externas. Si la coherencia
interna no se mantiene, la organización se desmembra.
Como señala Ernesto Gore la gestión
"nunca consiste en armar un modelo conocido; siempre exige
esfuerzos para entender la realidad y responder a ella".(28)
Los distintos grupos a los que hicimos referencia en este texto,
partieron de entender la realidad por medio de diagnósticos,
más o menos formales, del funcionamiento de las instituciones.
A comienzos del 2000 y luego de algunas iniciativas previas,
Claudia Fontes, Leonel Luna, Pablo Zicarello y Marcelo Grossman
forman el proyecto Trama: " una plataforma de debate,
de investigación que enriqueciera la práctica artística".
Estas intenciones cobran verdadera relevancia cuando las instituciones
oficiales escasamente promueven el intercambio. "El surmenage
de la muerta", una revista cultural surgida inmediatamente
después de Trama, refiere una visión
semejante en sus editoriales al hablar del "abandono
de personas " que el estado argentino practicó
en la última década.
Trama se autodefine como un "programa con jerarquía
institucional" sin ser una institución.(29).
El grupo es consciente de la importancia de mantener su carácter
de formación, adaptando la gestión
a las necesidades con programas de duración limitada y
evaluación constante.
Para los diferentes grupos de artistas la construcción
de un pensamiento colectivo independientemente de la posibilidad
de ser sostenido a lo largo de los años- funciona
como una utopía operativa para la gestión
del discurso. Sí y solo sí, mientras ella
se mantiene los esfuerzos se renuevan y las acciones se concretan.
En este sentido, los
distintos ejemplos que hemos abordado en el texto configuran modelos
de gestión que respondieron a esta utopía y a otra
con ella relacionada: la de la ampliación del público.
Tanto el museo como sus antecedentes, las ferias, los parques
de diversiones y las exposiciones en sus distintas tipologías
históricas, tienen en el público un objetivo primario.
El público en su heterogeneidad intrínseca es el otro
extremo del proceso de producción e hipótesis de base
para la función social del arte. Así, del
espacio
del taller al espacio
social el rol del artista en la actualidad parece desenvolverse
en una condición fluida que también lo sitúa
como curador, crítico y gestor.
Las exposiciones de arte, entendidas como espacios de administración
de los significados del arte, son poderosos dispositivos para
la escritura de la historia, y por esta causa los artistas reivindican
y no resignan su participación activa en la producción
de las mismas.
El discurso artístico asumido exclusivamente desde las
instituciones planteó problemas que han sido extensamente
debatidos por los artistas en su función crítica.
La posibilidad de creación de redes pareciera más
viable por la acción colectiva e independiente que si se
delega su existencia a la misión de los funcionarios políticos
de turno.