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Texto publicado
en Zonas de Silencio, editado
por la Rijksakademie van beeldende kunsten,
Amsterdam, 2001 .
Suelen prevalecer ideas pesimistas acerca de los destinos del arte
y la cultura en la época de la globalización. Se piensa
que ésta conlleva una tendencia homogenizadora hacia patrones
culturales cosmopolitas, construidos sobre bases eurocéntricas,
que fatalmente aplanan, reifican y manipulan la diferencia cultural.
Este temor posee fundamentos muy serios. No cabe duda que la expansión
transnacional de nuestro tiempo necesita lenguajes, instituciones
y usos internacionales que hagan posible la comunicación en
escala global.
La globalización sólo es posible en un orbe que ha sido
previamente reorganizado por el colonialismo, con la cultura occidental
actuando como un macrosistema que articula el mundo contemporáneo.
La cultura originariamente europea devino una metacultura en permanente
construcción y desconstrucción de acuerdo con las lu..chas
y negociaciones entre los varios grupos hegemónicos y subalternos
de lo que todavía seguimos llamando occidente y no-occidente,
aunque estas polaridades se hayan difuminado.
Más allá de todo esto, en la fase actual de la globalización,
lo que se teme es una radicalización planetaria hacia una suerte
de cultura internacional homogeneizada, lanzada desde Estados Unidos.
Esta tendencia acabaría eliminando las tradiciones locales
como reservorios de identidad. Se señala la fuerte difusión
de la cultura pop norteamericana, cuya inventiva, dinamismo y poderosas
redes de circulación y mercado la han llevado a influir en
el planeta entero. Ya a fines de la década del treinta Clement
Greenberg decía que el Kitsch era la primera cultura universal
.
La consolidación del inglés como lengua de comunicación
internacional a escala global, causa mucha preocupación, que
ha sido expresada recientemente hasta por un premio Nobel de literatura.
Resulta elocuente que el esperanto, invención utópica,
haya quedado relegado a una suerte de hobby, para ver su proyecto
universalista realizado por la lengua del poder, los negocios y la
publicidad. Hoy hasta a los perros se les dan órdenes en inglés,
y se dice que las entienden mejor.
No se trata sólo de la lengua, las comunicaciones y la cultura
de masas. Estos procesos se trenzan también en la "alta"
cultura. Cuando se discute en términos muy generales acerca
de las artes plásticas suelen usarse las denominaciones "lenguaje
artístico internacional" o "lenguaje artístico
contemporáneo" como construcciones abstractas que refieren
a una especie de inglés del arte en el cual se hablan los discursos
"internacionales" de hoy . Ambas denominaciones son altamente
problemáticas. En realidad, el término "lenguaje
internacional" sólo puede acuñarse en las artes
plásticas con respecto a la mainstream y el tipo de producto
cultural que ella distribuye, borrándoles toda pretensión
universalista y de representación exclusiva de lo contemporáneo.
A menudo ser "internacional" o "contemporáneo"
en el arte es sólo el eco de ser exhibido en espacios élite
de la pequeña isla de Manhattan. En ese marco reducido sí
podrían denominarse así ciertos cánones de codificación
vigentes en el arte que se difunde en los circuitos centrales y que,
en virtud de su aura legitimadora, son imitados o apropiados por las
periferias.
Por los años 30 ya se había fraguado una suerte de lengua
del modernismo como resultado de un paradójico ensamblaje de
las diferentes rupturas hechas por las vanguardias históricas.
Había quedado establecido un stock de recursos provenientes
de las distintas tendencias, que los artistas usaban, combinaban o
transformaban a su arbitrio. Con la irrupción del pop, el nuevo
performance, el minimal. el conceptualismo, y demás orientaciones
que hoy llamamos postmodernas se produjo de nuevo una ruptura. Pero
en los 90 ha quedado ya instituido una suerte de "lenguaje internacional
postmoderno" del arte, que prevalece en la llamada escena internacional,
aunque su acuñación en cuanto código dominante
niega de facto la perspectiva pluralista de la postmodernidad.
En el caso extremo, aparece la figura del artista internacional de
la instalación, nómada postmoderno que se desplaza de
una exhibición internacional a otra, llevando en su maleta
los elementos de la futura obra o las herramientas para hacerla in
situ. Esta figura, alegórica de los procesos de globalización,
representa una ruptura clave con la figura del artista-artesano vinculado
con un taller, donde realiza su obra para ser exportada. El artista
se exporta ahora a sí mismo. Su trabajo se aproxima más
al del gerente o el ingeniero, que viajan constantemente para atender
proyectos y negocios específicos. El taller, ese lugar vulcánico
ancestralmente vinculado con el artista, queda más como laboratorio
de proyecto y diseño que de producción. Se quiebra así
el vínculo físico demiurgo-taller-obra, que los asociaba
en un espacio fijado y, más allá, con un locus y sus
genios. Este tipo de obra y metodología están en relación
genética con el lenguaje minimal-conceptual internacional.
Con ellas se facilita y abarata notablemente un tipo de circulación
basada en las bienales, las muestras temáticas y otras formas
de exhibición colectiva "global".
La legitimación exclusivista y teleológica del "lenguaje
internacional" del arte actúa como un mecanismo de exclusión
hacia otros lenguajes y sus discursos. En muchos museos, galerías
y publicaciones --al igual que entre críticos, curadores, historiadores
de arte y coleccionistas-- prevalecen prejuicios basados en una suerte
de monismo axiológico. En un círculo vicioso, estos
medios tienden a mirar con sospechas de ilegitimidad al arte de las
periferias que procura hablar el "lenguaje internacional".
Si lo habla correctamente, suele acusársele de derivativo;
si lo hace con acento, descalificársele por su incorrección
hacia el canon.
Con frecuencia no se miran las obras: se piden sus pasaportes, y estos
suelen no estar en regla, pues responden a procesos de hibridación,
apropiación, resignificaciones, neologismos e invenciones en
respuesta a la situación de hoy. Se exige a este arte una originalidad
relacionada con las culturas tradicionales, es decir, hacia el pasado,
o una invención total, ad ovo, hacia el presente. En ambos
casos se le demanda declarar el contexto, en vez de participar en
una práctica general del arte que en ocasiones podría
sólo referir el arte en sí mismo.
La apropiación periférica del modernismo resulta interesante
en este orden de cosas. Significó una activa construcción
del modernismo mismo, diversificando sus lenguajes, sentidos y fines.
Pero no suele pensarse en un modernismo global que reacciona a diferentes
situaciones contextuales. Así, José Clemente Orozco
es siempre discutido dentro del muralismo mexicano, nunca como uno
de los grandes artistas del expresionismo. En esta resta de interpretación
coinciden extrañamente las posiciones de los poderes centrales,
que confinan la diferencia al ghetto, y el enfrentamiento a ellos
del nacionalismo afirmador de identidad, que la encierra tras una
muralla.
En este sentido, el término "autenticidad" ha sido
empleado, desde un relato de pureza de los orígenes, para descalificar
la cultura postcolonial acusándola de occidentalizada. Este
uso resulta aún más problemático en una época
cuando ocurren complejas readecuaciones de las identidades. La globalización,
la apertura postmoderna y la presión del multiculturalismo
han inclinado hacia una mayor pluralidad. Pero, en general, y sobre
todo en los circuitos élite, ésta ha respondido menos
a una nueva conciencia que a una tolerancia paternalista y de "political
correctness".
De otro lado, la nueva atracción de los centros hacia la alteridad
ha permitido mayor circulación y legitimación del arte
de las periferias, sobre todo delimitadas dentro de circuitos específicos.
Pero con demasiada frecuencia se ha valorado el arte que manifiesta
en explícito la diferencia, o mejor satisface las expectativas
de "otredad" del neoexotismo postmoderno. Esta actitud ha
estimulado la "auto-otrización" de las periferias,
donde algunos artistas --consciente o inconscientemente-- se han inclinado
hacia un paradójico autoexotismo.
El caso del "lenguaje internacional" en el arte muestra
una construcción hegemónica de lo global más
que una verdadera globalización, entendida como participación
generalizada. Hoy tenemos tanto circuitos mainstream como circuitos
hegemónicos alternativos, con sus correspondientes establishments
mainstream y anti-mainstream, los últimos por igual exclusivos,
aunque más amplios que los primeros. Cada uno legitima en su
propio campo, y ambos interactúan activamente. Los circuitos
dominantes --principales y secundarios-- de museos, galerías
y publicaciones (los que podríamos denominar "universalizadores")
construyen la "escena artística internacional", aun
cuando no se lo propongan. Este sistema autolegitima determinadas
prácticas, sin concebir lo internacional o lo contemporáneo
como un tablero plural de interacciones múltiples y relativas.
La retórica con respecto a la globalización ha abundado
en la ilusión de un mundo transterritorial, descentralizado,
omniparticipativo, de diálogos multiculturales, con corrientes
que fluyen en todas direcciones. En realidad, la globalización
no es tan global como parece. O, para parafrasear a Orwell, es más
global para unos que para otros. Aún el Internet, paradigma
de una nueva era de comunicación universal e individual libre,
conecta a un reducido porcentaje de la población mundial.
La mitificación de los procesos de globalización y la
explosión de las comunicaciones tiende a que imaginemos un
planeta interconectado reticularmente hacia todos lados. La velocidad
de las avenidas de fibra óptica y los satélites inclina
a olvidar los congestionamientos en las avenidas de las megalópolis,
en los aeropuertos y en los corredores aéreos, o la ausencia
crítica de avenidas, carreteras y medios de transporte en buena
parte del mundo. El ciberespacio puede ser un paraíso virtual,
una gran droga de diseño para escapar del ciberdespelote global.
Porque debe quedar claro que la globalización no consiste en
una efectiva interconexión de todo el planeta mediante una
trama reticular de comunicaciones e intercambios. Se trata más
bien de un sistema radial tendido desde centros de poder más
diversificados y de distinta escala, hacia sus zonas económicas
múltiples y altamente diversificadas. Tal estructura implica
la existencia de grandes zonas de silencio, poco conectadas entre
sí o sólo indirectamente por vía de las neometrópolis.
Durante los años cuando viajé por África comprobé
en la práctica que con frecuencia la mejor manera de ir de
un país a otro fronterizo era vía Europa. Porque debe
quedar claro que la globalización no consiste en una efectiva
interconexión de todo el planeta mediante una trama reticular
de comunicaciones e intercambios. Se trata más bien de un sistema
radial tendido desde centros de poder más diversificados y
de distinta escala, hacia sus zonas económicas múltiples
y altamente diversificadas. Este tejido está tramado sobre
ejes Norte-Sur: poco ha avanzado la globalización en las periferias,
porque se ha globalizado desde y para centros descentralizados.
Ha habido poco progreso en los vínculos Sur-Sur, como no sea
en las recesiones económicas. Es cierto que la globalización
ha mejorado extraordinariamente las comunicaciones, ha dinamizado
y pluralizado la circulación cultural, y ha propiciado una
conciencia más pluralista. Pero lo ha hecho siguiendo los mismos
canales trazados por la economía, reproduciendo en buena medida
las estructuras de poder. Cuando escucho cierto optimismo postmoderno
acerca de descentralización y quiebre de hegemonismos, siempre
recuerdo un cuento de Augusto Monterroso, quien es el autor de los
cuentos más breves que se han escrito. Este minirelato se titula
"El dinosaurio", y tiene sólo una línea: "Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí".
La falta de interacción horizontal es una herencia postcolonial
que poco se ha hecho por modificar. De ahí que las periferias
deban acometer esfuerzos más enérgicos para establecer
y desarrollar circuitos horizontales, que actúen como espacios
de vida cultural. Tales circuitos contribuirían a pluralizar
la cultura, internacionalizando en el real sentido de la palabra,
legitimando en sus propios términos, construyendo nuevos epistemes,
desenvolviendo acciones alternativas.
Por otra parte, el pluralismo puede resultar una prisión sin
muros. Borges contó la historia del mejor laberinto: la inconmensurable
amplitud del desierto, de la cual es difícil escapar. Un pluralismo
en abstracto o bajo control, como vemos en algunas exposiciones "globales",
puede tejer un laberinto de indeterminación que confine las
posibilidades hacia una diversificación social y culturalmente
activa.
Vivimos una época post-utópica de reformismo que busca
cambios dentro de lo que es en vez de "changer la vie".
Pero muchas transformaciones están teniendo lugar en silencio.
Parte de ellas proviene de una estrategia lampedusana del establishment,
que busca cambiar para que todo quede igual. El poder no procura hoy
reprimir la diversidad, sino controlarla. No obstante, los cambios
también corresponden con la actividad internacional de nuevos
sujetos sociales y culturales, los procesos postcoloniales, la urbanización
masiva en África, Asia y América Latina, con sus implicaciones
culturales y sociales, las extensas migraciones que tienen lugar en
el mundo entero, con sus desplazamientos y heterogenizaciones culturales,
y otros procesos de "abajo hacia arriba".
Muchos son los vericuetos de la diferencia y el descentramiento en
este orbe supuestamente global, regido por el fundamentalismo del
mercado y la competencia. Hoy la cultura constituye un campo de tensiones
post-guerra fría, donde se entrelazan conflictos y negociaciones
de poder. Éstos se empeñan entre la asimilación,
el tokenismo, la rearticulación de las hegemonías, la
afirmación de la diferencia, la crítica al poder, y
las apropiaciones y resemantizaciones hacia todos lados, entre otras
tensiones. En un libro polémico, Samuel Huntington afirmaba
que los alineamientos definidos por la ideología están
cediendo camino a aquéllos definidos por la cultura . Aun si
esta declaración resulta muy problemática porque, entre
muchas otras cuestiones, el "dinosaurio" de la ideología
todavía está ahí, ella subraya cómo la
cultura ha devenido un elemento crucial en la interacción internacional.
Tal situación general está produciendo una rearticulación
en el campo de la cultura y las identidades que no puede ser analizada
con eficacia a partir de los paradigmas que habían prevalecido.
Cuando a fines de los años 70 el profesor japonés Suichi
Kato lamentaba no poder encontrar ya "el alma japonesa"
en un Japón fuertemente occidentalizado , era incapaz de comprender
que "el alma japonesa" lo estaba dirigiendo todo a su manera.
Se manifestaba en una forma diferente de construir la occidentalización,
acorde con la estructura e instituciones de la sociedad y la cultura
del país, que se transformaban en el proceso, pero también
lo determinaban, produciendo una occidentalización a la japonesa,
impensable en Occidente. Hoy, el "alma japonesa" no se manifiesta
sólo en el kimono y el té, sino también en Sony,
Toshiba y Mitsubishi.
Afirmar la identidad cultural en la tradición, entendida en
un sentido de "pureza" estática, es una herencia
colonial. Condujo a desastrosos cultos a la "autenticidad",
"las raíces" y "los orígenes", sobre
todo en la época postcolonial, cuando los nuevos países
procuraban afirmar sus identidades e intereses frente a las metrópolis
y sus occidentalizaciones impuestas. Ahora se tiende cada vez más
a ver la identidad en acción: hacia el presente y el futuro
y no hacia el pasado; es decir, en la manera como cada cual hace la
contemporaneidad. Wole Soyinka dijo una vez que un tigre no proclama
su tigritud: salta.
Paradójicamente, el mundo global está deviniendo el
mundo de la diferencia. Los objetivos de conversión y dominación
propios de la globalización implican también un acceso
generalizado. Si su imposición intenta convertir al "Otro",
su accesibilidad facilita usarla para fines propios, diferentes, y
transformarla desde dentro. Si ésta sigue manteniendo su carácter
hegemónico, los sectores subalternos están haciendo
uso de su capacidad de broadcasting internacional para sobrepasar
los marcos locales. Usada desde el otro lado está permitiendo
la diseminación de una variedad de perspectivas que están
produciendo ajustes acordes con estas perspectivas.
Además, todo proceso de homogenización en gran escala,
aun cuando consiga aplanar las diferencias, genera otras nuevas dentro
de sí mismo, como un Latín que estalla en lenguas romances.
Se ve tanto en la readaptación de la cultura de los centros
que hacen las periferias, como en la heterogenización que los
inmigrantes están produciendo en las megalópolis contemporáneas.
Querámoslo o no, hoy todos participamos en intensísimas
dinámicas de negociación y rearticulación de
las diferencias culturales, imbricadas con la construcción
de nueva cultura urbana, neologismos y "cultura de la frontera"
tanto donde existen fronteras físicas como donde no las hay,
o donde sólo son una calle.
Cuando usaba el ejemplo del Japón, no lo hacía para
coronar su caso como el paradigma de los procesos culturales en la
globalización, pues ni siquiera resulta un modelo viable para
la mayoría. Dice Candice Breitz con respecto al campo de la
cultura tradicional en África del Sur:
El cambio social puede conducir al desfase de ciertas "tradiciones"
africanas, pero inevitablemente surgirán en su lugar formas
nuevas y dinámicas. Sin embargo, esto no quiere decir que estas
tradiciones tengan o deban desarrollarse a través de la misma
trayectoria por la que Occidente ha definido su propio progreso.
Estos desarrollos se corresponden con otras facetas de la afirmación
postcolonial de las diferencias y la consecuente pluralización
cultural a que me he referido. Ahora bien, es necesario puntualizar
que no se trata de la actualización y dinamización de
remanentes del pasado precolonial. Las "formas nuevas y dinámicas"
de las tradiciones son creaciones postcoloniales, nacen y existen
en medios previamente occidentalizados, por lo que serán necesariamente
híbridas, sincréticas o neológicas, aún
cuando aspiren a reconstituir un pasado tradicional o busquen reafirmar
en él la diferencia. Ellas tendrán que articularse,
así fuera por negación en caso extremo, en el tenso
entramado globlalización-diferencia que a todos envuelve.
Una verdadera difusión y valoración global de la cultura
es sólo posible a través de una red de interacciones
multidireccionales. Estamos urgidos de un número mayor de iniciativas
para organizar circuitos Sur-Sur y Sur-Norte aptos para pluralizar
lo que entendemos por "arte internacional", "lenguaje
artístico internacional" y "escena artística
internacional", o aún aquello que llamamos "contemporáneo".
Igualmente importante resulta la construcción de arte y cultura
internacionales y contemporáneos de un modo cabalmente internacional:
en las diferencias y desde las diferencias. Esto es, accionando la
diferencia más que representándola, y por tanto conformando
activamente el "lenguaje internacional" de muchos modos.
Es necesario cortar el pastel global no sólo con una variedad
de cuchillos, sino también con una variedad de manos, y después
compartirlo en forma acorde. Esto no es revolución ni political
correctness: es una necesidad para todos si no queremos una cultura
endogámica. El punto clave reside en quién ejerce la
decisión cultural , y en beneficio de quién ésta
es tomada. |
Gerardo Mosquera es curador independiente y
crítico de arte con base en La Habana; Curador Adjunto del
New Museum of Contemporary Art, New York, consejero de la Rijksakademie
van Beeldenden Kunsten, Amsterdam, y miembro del consejo asesor
de varias revistas de arte e instituciones. Fue fundador de la Bienal
de La Habana y curó muchas exposiciones, incluyendo No es
lo que Ud. ve. Pervirtiendo al Minimalismo (Madrid, 2000); Important
& Exportant (2nd. Johannesburg Biennale,1997), y Ante América
(Bogotá, Caracas, New York, San Francisco, San Diego,1992-1994).
Autor de numerosos textos sobre arte contemporáneo y teoría
del arte, Mosquera participó recientemente en Fresh Cream
(Londres, 2000), editó Beyond the Fantastic: Contemporary
Art Criticism from Latin America (Londres, 1995), y actualmente
está co-editando Over Here. International Perspectives on
Art and Culture (título provisorio) para la colección
Documentary Sources on Contemporary Art del New Museum/MIT Press.
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