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Texto escrito a raíz de la participación
del autor en el Taller
de Investigación en
gestión cultural para artistas II
Estos apuntes funcionan como pensamientos en voz alta,
su único objetivo es abrir una discusión inicial antes
de conocer las propuestas de los que participan en esta reunión
convocada por Trama. Por ello no intentan una escritura rigurosa,
sino un deambular por las preguntas sobre si hay un modelo histórico
local para la gestión de artistas y sobre los
mecanismos de control que la gestión de artistas debe instaurar.
Como historiador más dedicado al siglo XIX que al XX, el
deambular mencionado será entre los dos fines de esos siglos.
Al indagar sobre la constitución de los relatos
históricos sobre lo artístico, y su particularidad
local, resalta el papel otorgado a la acción de los artistas.
Acomodando los términos a la convocatoria de esta reunión
de Trama, podemos afirmar que la gestión de artista
fue determinante en la invención del arte argentino.
Los artistas ocuparon, entonces, el lugar reservado a los diversos
agentes que constituyen el campo autónomo del arte, como
esfera cultural burguesa. Este aspecto, la gestión
de los artistas tal vez nos permitiría discutir cuanto
de campo artístico moderno tuvo aquel período
de fines del siglo XIX, pero no es tal el objetivo de esta pequeña
introducción a la discusión.
Así, una idea dominante dentro de la historiografía
del arte es sostener que la modernidad artística en la Argentina
se vincula con la creación de las instituciones artísticas.
El ejemplo notorio, señalado siempre, es la fundación
de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes (SEBA) en 1876 por
un grupo de jóvenes, encabezados por los artistas incipientes
Eduardo Sivori y Eduardo Schiaffino; más Alejandro Sivori
y Alfred París, también artistas, entre otros. Desde
ese hecho inaugural comienza a tener relevancia la figura de Schiaffino:
crítico de arte en El Diario de los Láinez, impulsor
del Museo Nacional de Bellas Artes y el escritor del primer relato
sobre el arte en Argentina, una y otra vez reescrito (1883, 1910,
1933). Es decir que Schiaffino reúne todas las funciones
del campo: la critica, la artística, la museográfica.
Regresemos a la SEBA, su función principal desde 1878 fue
la enseñanza artística: es el origen de las actuales
escuelas de arte del estado, ya que fue nacionalizada en 1905. Fueron
los propios artistas los que garantizaron, luego de largos intentos
truncos del estado, el acceso a la capitalización técnica
artística.
Pero interesa aquí transitar por un par de
ideas más que por la sucesión de datos, por el relato
fáctico de la historia del arte en la Argentina. La primera
que ante la debilidad de la política estatal en referencia
a lo artístico, los primeros agentes que intentan modernizar
el arte son los mismos artistas que cumplen funciones
múltiples y que pugnan por construir instituciones que legitimen
sus prácticas.
No solo la figura de Schiaffino, sino otros como Ernesto
de la Cárcova transitaron el mismo camino (aunque este último
pareciera cumplirlo principalmente en el ámbito de la enseñanza,
menos transitado por Schiaffino). Ambos conformaron redes que van
a controlar el arte en continua relación y disputa
con el Estado. Aquí hay que señalar la debilidad de
los intelectuales frente al Estado. El decir y el pensar de los
intelectuales no han tenido peso en la Argentina, costumbre que
aún perdura. Un dato que no es menor: tanto Schiaffino como
de la Cárcova, más este último que el primero,
eran hombres de ideas cercanas al socialismo: de allí que
su gestión esta dominada por el supuesto del
mejoramiento espiritual de la sociedad por el camino del arte.
En este sentido mas que regresar a los aspectos
de sus obras que nos señalan esta relación política:
el simbolismo y el realismo, respectivamente- podemos recordar aquí
una descripción del carácter de la enseñanza
artística que impulsó la SEBA. Según el relato
del propio Schiaffino, los obreros en los cursos nocturnos buscan
mejorar sus condiciones de trabajo en la lucha por la existencia.
Son pues cada vez más numerosos; llegan y pasan de seiscientos.
Terminó Schiaffino su relato sobre la academia con sostenida
retórica entre clasista y salvacionista: es justo proclamar
que todas esas conquistas y realizaciones fueron la consecuencia
inmediata de aquella fundación inicial, que nos dio los primeros
artistas profesionales y profesores, y rescató de la miseria
a millares de obreros, que engrandecieron su facultad de trabajo,
ennoblecieron su espíritu en el aprendizaje del dibujo, en
la frecuentación de los calcos de la estatuaria clásica,
de las publicaciones artísticas, de las proyecciones luminosas
del aula de historia.
De este modo, el proyecto universalista de la generación
del ochenta incluía una idea de la politicidad de lo artístico
como ennoblecimiento de la clase obrera, en el relato de los padres
fundadores del arte se potencia la valoración social
del arte mediante la relación estrecha entre el aprendizaje
artístico y el trabajador, como si hubiera una sola matriz
civilizadora que unifica aprendizaje del dibujo, tradición
europea y luminosidad de la historia. Tal vez, la política
como cualidad distintiva del arte argentino en la conformación
de sus relatos históricos (de Sin pan y sin trabajo a Manifestación
de Berni; de los Artistas del Pueblo a C.A.Pa.ta.co; de Tucumán
Arde a El Siluetazo) tenga su origen en ese vínculo inicial
áulico y teleológico entre artistas y obreros. Es
decir, entre el encuentro fáctico entre Ernesto de la Cárcova
y el obrero anónimo.
Desde luego vínculo gestionado
por los propios artistas pero patrocinado por prominentes
burgueses (al igual que las familias de Schiaffino, Sivori, de la
Cárcova) aficionados a las artes y a la regeneración
moral. Todavía no se habían asustado. Desde luego,
en determinado momento se cansaron del proyecto y dejaron de aportar
lo necesario para el mantenimiento del establecimiento. Los liberales
argentinos siempre recurren al Estado, y éste comenzó
a otorgarle un subsidio en 1899, hasta su definitiva nacionalización
en 1905, como academia nacional. Nada ha cambiado demasiado.
Es interesante, antes de pasar a otro tema, como recordaba
ese lugar promisorio de la emancipación social del relato
de Schiaffino, otra artista que no tenía el origen burgués
del crítico elegante y de prosa criolla según
la definió Jorge Luis Borges. Me refiero a Martín
Malharro (cuyas ideas anarquistas se emparentaban con la práctica
de la pintura lumínica en universal identidad entre ideología
y estilo), recientemente citada por Laura Malosetti Costa en su
libro Los primeros modernos:
Esas salas arrumbadas, frías y monótonas;
ese encumbramiento de yesos, bustos, fragmentos y estatuas,
sucias eternamente con el mismo gesto, con la misma posición,
con la constante e impasible indiferencia olímpica de
dioses que imponían un culto que no comprendía
[
] Y esa Academia me brindaba un ambiente que contrastaba
de manera singular con el concepto que yo tenía de la
vida. El olor de gas, de humedad, de tabaco y de fonda de ese
templo de arte ha perdurado en mi imaginación durante
largos años como una blasfemia contra las fragancias
del trébol y las violetas, del yuyo humedecido por el
rocío, y de la verdad con olor a campo, en una palabra,
con lo que me había familiarizado.
El papel organizador de los artistas del ochenta estuvo
signado por su papel totalizador. Las redes intelectuales, por ejemplo
la agrupada en El Ateneo no sólo reproducía el modelo
habitual europeo, sino que trataban de abarcar con su acción
los espacios vacíos dejados por el Estado poco interesado
en cuestiones artísticas. Recién en 1911, luego de
la Exposición Internacional del Centenario, se realizó
el primer salón nacional, luego de carácter anual
que determinará en adelante lo legitimado en el arte local.
Además fue el momento de consolidación de las instituciones
de control, como la Comisión Nacional de Bellas Artes, por
otra parte importante por su papel en la adquisición de los
bienes artísticos.
Ante la pervivencia de los artistas de la generación
ochenta, los organizadores, en las instancias de decisión,
hubo un momento de enfrentamiento con los jóvenes que se
habían reunido en un grupo denominado Nexus (1907-1908).
Este pasaje de red a grupo es significativo:
vienen a desplazar a los maestros cansados, en palabras de Carlos
Ripamonte (quien posteriormente se hizo cargo de la escritura
testimonial del grupo, mientras que José León
Pagano, artista discreto, realizó la interpretación
crítica y la ubicación histórica en contrapunto
con Schiaffino). La red implicaban construir un sistema de alianzas
más amplio para adquirir fortaleza ante el Estado, el grupo
de artistas por el contrario funciona como activador de una demanda,
que luego permitió desplazar y ocupar los espacios de poder
y legitimación en el campo. Por ello la notoria exclusión
generacional de Malharro por Pagano (desde luego favorecido por
la temprana muerte de Malharro, Ramón Silva y Walter de Navazio).
Tal vez, podamos llegar a pensar que Malharro buscó construir,
a la vez, un grupo y una red alternativa a la hegemónica;
la polaridad es habitual en su accionar, aunque no implica contradicción,
tanto en lo político (anarquismo-función educativa
estatal) como en lo estilístico (dibujo naturalista de contenido
social - pintura lumínica de paisajes).
La obra de José León Pagano tiene peso
aún hoy día, como constructora del relato central
de la historia del arte argentino. Todavía coleccionistas
y amateurs la tienen como referencia central. Los artistas han armado
su propio relato histórico. La historia del arte y la crítica
especializada (que se separó del paralelismo literario) han
tenido que discutir con los modelos históricos establecidos
por los propios artistas.
¿A que se debe la voluntad de autogestión
de los artistas actuales?
Sin duda, es una manera de enfrentar la debilidad del campo artístico
argentino, que no puede dar cuenta de la crisis tanto institucional
como del mercado. Es decir hemos regresado al momento inicial: los
artistas aspiran a dominar la totalidad del campo. Es una respuesta
lógica a la sobrevaloración de los supuestos del mercado
global aplicado a escala local, la predominancia de la figura curatorial,
la explosión museográfica, la profesionalización
de la historia del arte, a la crisis económica y su impacto
al mercado del arte. De pronto percibieron que podían ser
la pata más endeble del sistema artístico.
La efervescencia política de la crisis del
régimen menemista busco su correlato en las formas en que
los sujetos se autoorganizaron por fuera de las instituciones establecidas:
los colectivos de artistas (perdida del individualismo) y la gestión
de espacios de intervención en la escena artística,
para superar el par musealización-comercialización,
cuya expresión más banal son los concursos. A la vez,
las condiciones actuales de producción de lo artístico
obligan a modificar los mecanismos de transferencia internacional
hasta hace poco tiempo reducidos a las bienales. Por otra parte
la enseñanza artística se ha encerrado en simular
los peores mecanismos del sistema universitario (la depreciación
de los largos estudios de grado, las desjerarquización de
los antiguos espacios de aprendizaje, la invención de posgrados
de investigación y tesis, la parodia
de los concursos docentes, etc., etc.).
La gestión de artistas funciona en este contexto
como una interpelación al campo artístico, anulada
toda posibilidad de intervención material del Estado (por
cuestiones meramente económicas pero fundamentalmente ideológicas).
Los artistas mediante la gestión se asumen como parte de
una esfera pública ampliada, se tornan en intermediarios
de los bienes simbólicos de la sociedad, potencialmente en
peligro por la lógica del mercado y por la lógica
de la burocracia del Estado.
La autogestión del artista obtura la figura
del curador y lo reduce a su papel de trabajar con la historia,
es decir sólo le deja la posibilidad de la musealidad (de
allí los roces posibles entre historia del arte y curaduría
sostenidos en una diversa idea del tiempo histórico y su
territorialidad). Con Justo Pastor Mellado, crítico chileno,
podemos sostener el estatuto de teoría menor de la curaduría
a partir de entenderla como un concepto práctico que trabaja
sobre una fase de la producción de un artista. Por ello,
tal vez, podemos pensar la autogestión de los artistas y
la construcción de espacios propios donde generar y desarrollar
su discurso como la obligación de asumir como propio el concepto
práctico de la curaduría, y que a la vez se tornen
en espacios protectores de las propias prácticas y producciones.
Este mecanismo de protección produce la anulación
del mercado moderno: galerista, crítico, museo, coleccionista.
Tal vez, debamos pensarlo como el momento de la desmaterialización
no ya del objeto sino del propio sistema artístico como lo
veníamos conociendo.
Los artistas del siglo XIX se enfrentaron a la cuestión
de como insertarse como artista nacional en el mercado
global complejo y competitivo, y más cuando la Argentina
funcionaba como una boca de venta del arte europeo menor y decorativo.
La invención de la lucha por el arte nacional fue la invención
de cómo el coleccionista local optaba por adquirir la obra
de artistas nacionales y no aquellas obritas de la cultura del bazar.
Para ello necesitaban institucionalizar el arte: academia, museo
y salón.
Esa estructura, que hoy puede parecer obsoleta, no
esconde que la gestión actual de los artistas
enfrenta el mismo problema de mercado decimonónico aunque
debe construir las herramientas de interpelación al mismo
en la etapa actual global. La autogestión parece ser una
de tales herramientas.
Es la crisis la que obliga a los artistas a ocupar
el espacio de interpelación crítica y, paradójicamente,
a hacer visible los aspectos de su producción, tanto formas
de financiamiento de gestión como aceptación del sistema
de premios y beneficios de la competencia artística erudita.
Aquí la discusión sobre el financiamiento de la gestión
se torna en inevitable: nadie, al fin de las cuentas, sabe para
quien trabaja.
El modelo de autogestión revisa algunas prácticas
de comienzos de los ochenta pero tamizadas por la experiencia de
los noventa del mercado global. En los ochenta se suponía
que el sustento de la praxis artística se sostenía
en una solidaridad de amplio alcance, que se emparentaba con nuevas
formas de lucha; en la desafectación creciente del poder
estatal; y la generación de formas de reclutamiento informales
(que permitían procesos de legitimación particulares).
Actualmente la gestión, obliga a poner el acento en como
socializar los recursos (es decir la información), en la
desafectación plena del poder estatal, y el reclutamiento
formal al que obliga la institucionalización del patrocinio:
del arte como praxis política a la práctica artística
como eficiencia. Si la gestión implica un modelo
de la acción política es solo como una práctica
comunitaria, si es así deberíamos estudiar como se
inserta en el proceso económico artístico y en los
mecanismos de legitimación que la misma reproduce.
La cultura siempre ha tenido importancia
en la vida social del consumidor urbano. El negocio se ha potenciado
en otorgar sus prebendas simbólicas: sponsor o partner como
sus escalas posibles de participación y decisión.
La cultura ha dejado de ser el negocio de la identidad nacional
para transformarse en la identidad de la marca que la promociona,
es decir en gestionar espectáculo. Pero estos argumentos
que parecen obvios para los grandes centros urbanos donde la ficción
del mercado autónomo aun perdura, también se reproducen
distorsionados en los núcleos pequeños: se reproduce
el modelo de gestión con una hipótesis de desarrollo
decimonónica: el mejoramiento espiritual al que aspiraba
Schiaffino.
Otra cuestión: ¿Cómo generar
los mecanismos de control necesarios si la practica de autogestión
sumada a la de los colectivos anula, posiblemente, los mecanismos
propios de los sistemas consolidados (el conocimiento universitario,
la legitimación de la galería y el museo, el discurso
crítico periodístico, etc.).
No tengo aún la respuesta, tampoco supongo que ustedes en
su tarea diaria la necesiten.
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Roberto Amigo, historiador del arte, licenciado en artes de la
Universidad Nacional de Buenos Aires. Docente universitario y autor
de numerosos ensayos sobre el arte argentino del siglo XIX.
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