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Trama, un proyecto contemporáneo
Texto basado en la presentación
de TRAMA
en el Museo de Arte Moderno, el 7 de septiembre
de 2000.
Desde 1985/86 la transformación del campo
artístico local y, en general, del campo
intelectual, ha sido evidente. Cambios en el perfil
de sus agentes, cambios en su dinámica, cambios
en el funcionamiento de sus segmentos tradicionales,
cambios con la aparición de nuevas funciones
y posiciones. Modificaciones no sólo de contexto
sino de articulación y de estructuras.
Se trata de una movilidad radical de los sistemas
culturales que participan de un escenario mundial
que también se modificó. El contexto
de la globalización no significa simplemente
una geografía extendida ni un concepto novedoso
en sus dimensiones espaciales. La mundialización
obliga a repensar las ideas modernas de territorialidad,
nacionalidad e identidad, construidas a fines del
siglo XIX, al mismo tiempo que, como contexto de
hecho, re-ordena la cartografía cultural
y sus mapas y necesita de nuevos instrumentos de
navegación y de diagnóstico. Los ejes
políticos, económicos y culturales
fijados en la modernidad, muestran movimientos y
deslizamientos transversales que atraviesan la comunidad
mundial con una dinámica hasta ahora desconocida.
Fundamentalmente se trata de nuevos sistemas de
relaciones, de información y de posiciones,
que dibujan nuevas constelaciones de jerarquías
y de hibridaciones.
En esta situación el arte argentino no sólo
modificó sus paisajes estéticos, sino
también sus sistemas de formación,
promoción, legitimación y circulación,
así como sus escenarios discursivos. No menos
de tres oleadas sucesivas de artistas han ido fijando
las nuevas reglas de interacción, en juegos
de ensayo y prueba constantes. Desde el estallido
evidente de la autoridad y la auto-referencia de
la transvanguardia y la neofiguración acrítica
de los años 80, las maneras, los dispositivos
y los discursos mandantes comenzaron a fisurarse.
En procesos que combinan elementos locales con elementos
internacionales, las instituciones, la crítica,
la historiografía, los lugares de exposición,
los espacios de intercambio y de aprendizaje; la
práctica curatorial, el coleccionismo, el
periodismo cultural, las revistas especializadas
y la producción editorial; las relaciones
entre los sectores públicos y las organizaciones
privadas, los programas de becas, los premios y
concursos, la presencia en los medios masivos de
comunicación, las nuevas teorías sobre
mecenazgo, patrocinio y gestión cultural,
los comportamientos del mercado regional e internacional,
tanto de capital como simbólicos, todo se
ha reciclado con antiguos o nuevos protagonistas,
apareciendo posiciones inéditas en el campo
artístico. Redes de colaboración y
maneras de operar que, finalmente, han incluido,
sin duda, a las artes visuales en los mecanismos
de producción característicos de las
industrias culturales mundializadas que responden
a la lógica de la sociedades tardo modernas.
Panorama al que se suma, como dato no menor, la
ubicación estratégica que adquiere
"el arte de América Latina" en
el imaginario (institucional, cultural y de inversión)
europeo y norteamericano, aún con sus limitaciones
y su clara tendencia a trabajar sobre un simulacro
de lo latinoamericano, como maqueta de una diferencia
necesaria en occidente. Escenario que trae consigo
el riesgo de no mirar con suficiencia lucidez los
espejismos de un "arte global" y de segmentos
globalizados de consumo, estimulados a través
de eventos transterritoriales que funcionan, otorgando
credenciales de circulación en el nuevo orden
del mundo "sin fronteras", a través
de marcos internacionales específicos reciclados
como las ferias de arte, las bienales y los museos
convertidos en franchising rentables de exportación.
En la complejidad y en la novedad que estas situaciones
plantean es fundamental, desde lugares tan periféricos
y poco profesionalizados como la Argentina, plantear
programas capaces de trabajar con dinámicas
actuales. TRAMA como "programa independiente
de cooperación y confrontación entre
artistas" es uno de los ejemplos más
interesantes dentro de las nuevas estrategias que
se proponen desde la Argentina y en conexión
transversal con diferentes partes del mundo. Fundamentalmente
porque los artistas que pensaron TRAMA aceptaron
y asumieron, desde el inicio, la necesidad de formatos
cada vez más porosos y provocativos, eficaces
y contagiosos, horizontales y rápidos. Todos
adjetivos que no coinciden, a pesar de las similitudes
aparentes, con la simplificación de una lectura
de lo postmoderno caracterizado por lo instantáneo,
lo fugaz y lo liviano.
Un poco de historia... Los cambios en el territorio
de diálogo y formación de los artistas
de las nuevas generaciones, se intensificaron ya
desde los últimos años de la década
del 80. Se trata de un proceso múltiple
que se pone en evidencia a partir de antecedentes
claves como las becas y los talleres iniciados por
Guillermo Kuitca en sus diferentes y sucesivas
ediciones que aún continúan- y el
Taller de Escultura en Barracas, financiado por
Fundación Antorchas, y dirigido por Luis
Fernando Benedit y Pablo Suárez. Un porcentaje
mayoritario de los artistas que han ocupado la escena
local durante los 90, y especialmente después
del impacto inicial del Rojas, han tenido que ver,
de manera directa o indirecta, con mayor o menor
continuidad, con estas dos experiencias que, aún
en sus diferencias básicas, muestran ciertas
similitudes de comportamiento y planificación.
Ambos Talleres tienen en común su despliegue
de discusión y confrontación de ideas,
métodos y maneras de producción de
obras. Asimismo, ambos espacios actuaron como lugares
de formación de artistas jóvenes a
través de redes de intercambios dinámicos
con el medio local e internacional, incluyendo visitas
o asistencias periódicas de historiadores
del arte, críticos, curadores o especialistas
en filosofía o estética.
Las tareas desplegadas simultáneamente en
otros espacios, inicialmente alternativos, como
el Centro Rojas de la Universidad de Buenos Aires,
o en clínicas en el ámbito privado,
de artistas-curadores como Jorge Gumier Maier o
artistas como Mónica Girón, también
contribuyeron en el desarrollo inicial y posterior
de todos estos cambios estructurales. Experiencias
como la cátedra de Arte Contemporáneo
en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional
de Tucumán, con Marcos Figueroa y Carlota
Beltrame, o los seminarios del artista chileno Gonzalo
Díaz en la Universidad Nacional de San Juan,
son otros ejemplos de esta saludable diversidad
que se extiende, además, a lo regional.
Otro dato importante para destacar, es la activación
de canales de intercambio y de participación
que conectan, en direcciones múltiples, el
ámbito nacional. Becarios de diferentes puntos
del país participan de experiencias en Buenos
Aires, al mismo tiempo que modelos de clínicas
con parámetros contemporáneos se multiplican
en ciudades como La Plata, Rosario, Córdoba,
Tucumán y Bariloche. Ya en los últimos
años, un nuevo programa implementado por
Fundación Antorchas en cooperación
con instituciones públicas y privadas en
varias provincias, trabajó en direcciones
similares y complementarias al establecer grupos
de trabajo y discusión teórica y práctica
de obras. La afirmación de modelos institucionales
renovados como el Museo de Arte Contemporáneo
de Bahía Blanca, se van sumando a estos engranajes.
Esta dinámica de intercambios internos se
amplía al exterior, a partir de diversos
programas de estadías y becas en instituciones
europeas y de los Estados Unidos que muestran, en
los últimos 8 años, un importante
número de artistas locales que estudian y,
sobre todo, producen, temporalmente, en otros lugares
del mundo. Se trata de artistas argentinos que conviven,
en la confrontación de obras e ideas, con
artistas procedentes de muy diversas comunidades
del planeta, como parte de este proceso acelerado
de mundialización de los circuitos culturales.
Milán, Londres, Houston, New York, Ámsterdam
o Barcelona son puntos de encuentro de experiencias
disímiles, muy lejos ya de la vieja tradición
moderna de los viajes de estudio que, desde el siglo
XIX, realizaban los intelectuales hacia los países
llamados centrales.
En esta escena que se transforma es sustancial,
además, el nuevo TRAMAdo que se establece
entre diferentes generaciones para la formación
de los artistas jóvenes y por fuera del esquema
tradicional de la "escuela de arte", implementado
en el proyecto de la modernidad y sus disciplinas
de enseñanza. Tanto en situaciones formales
como los talleres Kuitca y Barracas, como en ámbitos
más informales como el Rojas, la presencia
de artistas de los 60 y los 70 marcaron
diferentes intentos por reconstruir un tejido de
experiencias que señalan no necesariamente
continuidades, pero sí, la pertenencia en
común a un territorio mayor dentro de la
historia cultural argentina. Los efectos de aniquilación
de todas las redes comunitarias y sociales implementada
por la violencia de la última dictadura militar,
hacían del escenario un campo arrasado y
sin vínculos aparentes, salvo los domésticos
e interpersonales. Ciertas presencias claves de
referentes, más expuestos o indirectos según
cada caso, fueron nutriendo las sensaciones de una
historia que se recuperaba. Con los consiguientes,
y quizás inevitables, problemas de violencias
parricidas y filicidas que también fueron
llenando y enturbiando la escena. Algunos alumnos
desterrados y algunos "maestros" denostados,
fueron parte de un imaginario de traumas personales
o grupales que, más allá o más
acá del anecdotario, fueron impulso también
para proyectos diferentes que, como TRAMA, buscan
crear un sistema de encuentro y reflexión
horizontal.
En este contexto, por cierto sinuoso, con sus pliegues
y repliegues, con sus ritmos locales pero también
con sus huellas globales, es donde TRAMA hace su
aparición en el año 2000. Su lanzamiento
en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMba)
fue celebrado por muchos, mirado con cautela por
otros y cuestionado por algunos. Sin embargo, el
efecto sobre la comunidad artística local
y no sólo dentro del perímetro
doméstico de Buenos Aires- se hizo evidente
desde un principio.
El origen mismo de TRAMA es síntoma de una
situación que, como vimos, se inicia a mediados
de los años 80. Pero lo importante
es que se trata de un giro más sobre antecedentes
muy recientes. Es, en realidad, sobre el balance
deficitario de las experiencias ya probadas en la
década del 90, que este proyecto aparece.
TRAMA no actúa sobre el viejo escenario heredado,
sino sobre historias actuales que mantenían
resabios de estructuras tradicionales. Un grupo
de artistas jóvenes con cierta visibilidad
local, discutió y pulsó durante meses
ideas, estrategias y políticas para darle
forma a un programa "independiente móvil
y flexible, permeable y receptivo", intentando
"responder a necesidades de vínculos
equitativos y horizontales en la estructuración
de la comunidad artística a la que pertenecen".
Los enunciados son claros y también el objetivo
principal de "crear una plataforma de investigación
que funcione como una interface entre la producción
artística y la sociedad".
TRAMA, respondiendo a necesidades básicas,
buscó enseguida aligerar el peso de su posible
estructura, adquiriendo una forma informe y cambiante.
Otras instituciones le brindan el apoyo estructural
(Fundación Espigas, Fundación Antorchas,
Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino de
los Países Bajos a través de RAIN);
asociados en Buenos Aires, Bahía Blanca,
San Miguel de Tucumán, Rosario y Córdoba
ofrecen sus espacios de difusión, sus lugares
de trabajo y sus posibilidades de convocatoria;
asociados en Asia, África y Latinoamérica
se cruzan en sus posibilidades de intercambiar proyectos,
artistas e iniciativas similares. La idea es construir
una "herramienta de trabajo" hábil
y múltiple en sus posibilidades utilitarias
y en su potencia. Las áreas de trabajo se
definen desde un inicio claras pero amplias: investigación
(a través de diferentes "situaciones
de encuentros, confrontación y análisis
de obras y producción de pensamiento"),
red virtual ("un área de servicios como
una herramienta para garantizar el acceso fluido
y rápido a la información profesional
artística") y publicaciones en distintos
formatos ("organización, edición
y distribución del material generado en los
encuentros organizados por TRAMA"). Una movilidad
adicional: el programa se plantea un aquí
y un ahora que se extiende en el tiempo por 5 años,
tiempo estimado para promover y provocar acciones
que contribuyan a modificar el eje establecido de
"influencias norte-sur y hacerlo recíproco".
"TRAMA intenta hacer visible, fluida y accesible
la red natural de interrelaciones entre artistas
e intelectuales de la escena cultural argentina
y de ésta con las escenas culturales regionales
e internacionales promoviendo la formación
de distintos canales de intercambio, que fluyan
en ejes sur-sur, sur-norte y norte-sur, facilitando
la cooperación entre artistas". Enunciados
que podrían estar cerca de cierto voluntarismo
ingenuo o de cierta vieja militancia, si no estuvieran
acompañados de una estrategia que, más
allá de tener que probar sus eficacias en
las acciones futuras, muestra también claridad
en sus instrumentos. Sobre todo porque aprovecha
la experiencia previa y trabaja, no sobre manías
fundacionales, sino sobre el impulso de poner en
funcionamiento vasos comunicantes sobre islas aisladas
en su propia existencia. TRAMA pretende extenderse
en la geografía más allá de
las fronteras territoriales, montándose sobre
una situación de hecho que, en su funcionamiento
hoy, sigue siendo unidireccional y jerarquizada,
pero que está ahí a disposición
de quienes decidan articular un programa pensado
desde la posmodernidad y sus porosidades. No se
trata de un programa internacional a la manera de
los años 60, sino de un programa con
una lógica y una economía que trabaja
en un escenario tensionado por lo global-regional,
dentro de historias postnacionales, buscando efectos
de multiplicación en lo virósico de
sus acciones. Una herramienta de trabajo que pone
en escena nuevamente el problema de los "contextos",
una idea erosionada en la Argentina por gran parte
de los protagonistas locales de los 90. TRAMA
busca crear una plataforma de investigación
que sea "un espacio de legitimación
del pensamiento artístico dentro del ámbito
social y político".
TRAMA generacional, geográfica, estética,
institucional, profesional, social, cultural, económica
y comunitaria. Como recuerda Jacques Derrida TRAMAr
es inicialmente agujerear, atravesar, trabajar por
una y otra parte de la cadena. "Lo que entonces
se TRAMA no sigue el juego de un encadenamiento.
Representa más bien el encadenamiento".
(Jacques Derrida, Márgenes de la filosofía,
1994) La fortaleza de TRAMA depende de sus propias
acciones pero sus orígenes son auspiciosos
y sus posibilidades evidentes. Se trata del primer
"programa de cooperación y confrontación
entre artistas" pensado e instrumentado en
la Argentina en términos contemporáneos,
y que pone en escena, como realidad concreta y fáctica,
el funcionamiento del mundo actual con sus tensiones
y dinámicas, sus circuitos e intercambios
glocales. Su capacidad, sus efectos o no de multiplicación
y de transformación, es la prueba que sigue
en los próximos 4 años.
Marcelo Pacheco es Profesor y Licenciado en
Historia de las Artes e investigador y curador independiente.
Actual curador en jefe del Malba, Museo de Arte Latinoamericano
de Buenos Aires. Desde su creación, en 1993,
y hasta su incorporación a Malba, ha sido director
ejecutivo de Fundación Espigas y su Centro
de Documentación para la Historia de las Artes
Visuales en la Argentina. Como consejero curatorial
y curador ha participado en diversas exposiciones
en la Argentina, Brasil, Estados Unidos y España.
Desde 1989 participa en congresos, jornadas y seminarios
nacionales e internacionales sobre teoría,
historia del arte y práctica curatorial. |