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Colores fríos
En Rosario armamos un pequeño proyecto para concluir montando
una obra en una sala, que fue vista luego por la artista Lisa Milrroy.
Mi proyecto: "Colores fríos" contemplaba la incomodidad
ya que no tenia un lugar para producir, así que construí
un simplismo dispositivo para alojar un hielo de acuarelas, que
a medida que descongelaba generaba una mancha en un papel. La instancia
de la exhibición comprendía el momento donde yo dejaba
el hielo sobre el aparato y la mancha que este iba generando. Esto
escribí en Rosario:
Un papel recoge las gotas de un "hielo de acuarelas" que
se descongela.
El hielo que fue preparado previamente a través de color,
produce ahora una mancha azarosa. Me interesa en este trabajo la
noción de reserva, de conservación de un potencial
acontecimiento pictórico. Un detenimiento en el tiempo, una
alteración en la que hay pasajes sucesivos de estado de la
materia: el pigmento que se hace líquido, el líquido
que se hace hielo, el hielo que se hace líquida mancha, y
la mancha seca sobre el papel. Es a través de estos cambios
de estado que se sustenta o manifiesta la obra, ya que en cada cambio
la materia sufre una modificación. Por un lado hay una manipulación:
la conducta que determina el hacer, y por otra la configuración
que adopta la materia según su estado.
Lo que se congela es el acto, se lo detiene, se puede programar
el momento del acontecimiento pictórico. Un recipiente (taper)
tiene en su parte superior un depósito que contiene al hielo,
un tubo por donde se deslizan las gotas, y una base donde se encuentra
el papel. El aparato cumple la función de medio, de canal
de comunicación entre ambos estados: sólido y líquido,
hielo y mancha. Al congelar el acto dejo la posibilidad de que este
se produzca en otro tiempo, en otro lugar, por otras manos.
De la frialdad geométrica del bloque de hielo a lo informe
de la mancha, el movimiento orgánico del líquido sobre
el papel, que lucha con éste, tiende a querer irse hacia
los bordes, incluso a desbordarse, a escaparse de la red que finalmente
lo atrapa. Lo que queda deja testimonio de esa lucha, congela nuevamente,
pero en este caso se puede escuchar la voz o el grito del color.
El límite entre la mancha y el papel es la frontera hasta
donde cada uno llega.
A diario (obra realizada al término
de los encuentros en Rosario)
Un recorte de diario es el motivo original, un texto y una fotografía
que dan cuenta de un hecho. Algo sucedido en determinado tiempo
y lugar. A partir de allí una sucesión de fotocopias
hechas día a día. Cada una es copia de la anterior.
La imagen se va distorsionando, se mueve, va desapareciendo. Lo
que era gama de grises, se reduce a sectores blancos y negros, luego
a líneas que hacen una trama, la trama se abre, las líneas
se ondulan, van desapareciendo hacia arriba y hacia los costados.
El texto y la fotografía llegan a ser una sola trama horizontal.
Todos estos desplazamientos son producidos por las características
técnicas de la máquina, en el momento en el que se
oprime el botón que produce la copia. Coloco un papel, aprieto
un botón, y "la máquina dibuja".
Aquel hecho original, esa noticia en la que estoy comprometido,
es un congelamiento de ese momento. La cadena que se inicia con
las fotocopias, le da vida a esa imagen muerta, una vida paralela
a la realidad. Una vida generada desde una misma acción monótona
y la voluntad de una máquina. Podría decir: a las
palabras se las lleva el viento... o una fotocopiadora. Un grupo
de personas comparten experiencias durante un mes, luego: nada,
esas personas se separan. En la mente de cada uno quedan los rostros
de los otros, pero el tiempo va traicionando nuestra memoria, hace
desaparecer poco a poco esos rostros, los mezcla entre sí,
y les va adosando experiencias recientes. Nuestro pasado no desaparece,
queda dentro nuestro atrapado, entramado con el presente y el futuro.
Yo estaba en cuarto grado, una nueva maestra después de presentarse,
había prometido dar un premio al mejor compañero al
finalizar el año. Yo era un chico demasiado reprimido, mi
timidez no me dejaba ser agresivo. A fin de año, yo era el
niño elegido para el premio: dentro de un papel de regalo
había una pistolita de juguete. Me puse contento y me sentí
bien. Mucho tiempo después entendí que ese no era
un regalo cualquiera, la maestra me había dado un arma para
afrontar ese mundo de niño. Luego, los objetos artísticos
que producía, tenían casi el mismo fin.
Hace unos años, atravesaba diagonalmente una plaza de barrio.
En el centro había unos chiquitos exaltados al rededor de
un juego que se habían inventado: se colgaban de una soga
atada a un viejo mástil, que en otro momento -supongo-, habrá
sostenido una bandera. Me emocionó esa imagen. Yo hacía
lo mismo que ellos: casi jugando, el arte me servía para
manipular las herramientas de la sociedad. Un acto irreverente,
un ataque al signo, a la norma, un cambio de sentido. Pero no era
un capricho, sino un acto vital, una salida ágil ante la
hostilidad de una realidad áspera, como el resto de esa plaza
que no tenía otras hamacas.
En el proceso actual de mi obra, ésta ya no es el reflejo
estático de una experiencia, sino que la considero una experiencia
en sí. Siento que todas las herramientas con que me he provisto
para conducir mi obra, me han hecho ver que en una buena medida,
ésta se conduce sola. Al menos sé que genero un impulso
sobre un campo activo con fuerzas que lo transforman más
allá de mi voluntad, como en una transmutación alquímica.
Produzco diferentes dispositivos con elementos simples del mundo
cotidiano, con lo que está al alcance de mi mano. No me ciño
a un material, a un estilo ni a un formato: es la misma energía
que se aloja temporalmente en diferentes objetos. En ellos, algo
o alguien se encarga de producir algún tipo de resultado.
Cada planteo cae en ese punto de intersección donde confluye
mi acción y la de lo otro, hacia allí empujo mi texto.
Esa interacción es la obra.
Creo que siempre estoy tratando de definir el contorno, esa línea
imperceptible que separa mi adentro de mi afuera.
Pablo Guiot
Informe
informal
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