Clase dictada en el Seminario de posgrado
en mecenazgo y patrocinio. UBA
Tradicionalmente el estado se hizo cargo del subsidio y organización
de las artes. Hacia fines de la década del 80, una decadencia
que se había hecho notoria décadas atrás, hizo
eclosión. Hacía falta racionalizar el gasto público
y los discursos revelaban implícitamente que quien deseaba
beneficiarse con la producción cultural debía poner
sus propios recursos. Esto no era dicho explícitamente pues
hubiera acarreado fuertes críticas difíciles de contrarestar.
Los argumentos no eran sólidos, se desconocía la materia
de la que se hablaba. Simplemente se asemejaba la actividad cultural
a cualquier otro bien de mercado, como si los costos y beneficios
fueran a comportarse del mismo modo.
No es sorprendente comprobar que no hubo ningun reparo crítico
a ese virtual abandono de las instituciones culturales. Quienes
debían resistir no supieron acomodar estrategias y trataron
de gestionar con los recursos a su alcance a sabiendas de que no
podían cumplir eficazmente su función. Muchos resistieron
dignamente fijándose metas más austeras pero aún
así degradando al mínimo su función. Algunos
funcionarios de la cultura acudieron a fondos privados de la manera
que sus jefes jerárquicos lo hacían con los organismos
de crédito. Fijando las condiciones que establecía
el acreedor, en este caso el sponsor privado. El caso del Palais
de Glace es uno de los más evidentes: un comerciante privado
tuvo prácticamente a su cargo la programación durante
una década. Se trató de una privatización de
hecho, sin fijarse objetivos claros de beneficio público,
o más bien bastardeandolos en beneficio del comercio.
Aquellas instituciones que, por su naturaleza, no podían
hacer exposiciones de gran atractivo o bien dejaron que el abandono
se apoderara de la institución o aún peor, simularon
que nada pasaba a la vez que ofrecían recitales, clases de
tango, yoga, exposiciones de aficionados, conferencias, etc. No
me estoy refiriendo a casos aislados de archivos o pequeñas
bibliotecas de provincias, hablo de la Biblioteca Nacional, el Archivo
General de la Nación, el museo histórico Nacional
y tantas otras instituciones que sufrieron las calamidades de una
falta de liderazgo y misión cultural. Algunos funcionarios
de la época fueron procesados, pero otros, con sucesivos
cambios de gobierno han vuelto a sus cargos con todos los honores,
y nuevos riesgos para el patrimonio.
Finalizada la década del noventa, aún quedaba una
dosis de esperanza para recuperar la actividad. El gobierno de la
alianza fue tanto o más errático que su antecesor
y culminó en la crisis que padecemos.
En ese escenario ¿cuál es la función de la
cultura en nuestra sociedad, y cuál la naturaleza y distribución
de los beneficios que supuestamente ofrece?
I. Costo, demanda y viabilidad del financiamiento por medio
del mercado
La noción de que las artes deberían financiarse a
sí mismas en respuesta a la demanda de los consumidores,
no es absurda. El teatro comercial, por citar un caso, consigue
autofinanciarse, y no solo el caso de Pinti, también algunos
ejemplos de obras clásicas o contemporáneas. De todos
modos la traslación no es tan simple. Los costos han crecido
sostenidamente a un porcentaje sostenido y acumulado. William Baumol
nos da el ejemplo del incremento del número de funciones
que resultan necesarias para cubrir los costos de una producción
teatral. El teatro Isabelino requería menos de dos semanas
para lograrlo y esas dos semanas enteras rendían una ganancia
clara. Durante la primera guerra el equilibrio se lograba a las
4 semanas, en los años 20 se elevó a entre 5.5 y 8
semanas (con solo el 60% de las localidades vendidas). Hoy, una
pieza de Broadway requiere un año y un musical varios. Por
esa razón los musicales disminuyeron en un 50% en los últimos
25 años. Los elencos, en 30 años, disminuyeron de
16.8 a 9.3, un corte de casi el 50%. Como puede verse aún
en el teatro de alta demanda pública hay problemas.
En la Argentina puede decirse que el fenómeno económico
determinó el formato artístico y hasta la estética
de ciertos espectáculos teatrales. La dramaturgia de cámara
de El periférico de objetos, el grupo que más invitaciones
recibe de los festivales europeos, requiere que se construyan pequeños
teatros dentro de las grandes salas donde tienen lugar los festivales.
Solo de ese modo es efectiva su intimidad escénica, a cargo
de un pequeño número de actores que a la vez son dramaturgos
y directores.
Un informe requerido por la fundación Rockefeller en 1966
sobre los problemas y prospectiva de las artes del espectáculo,
señaló que ellas sufren de lo que desde entonces se
denominó "la enfermedad del costo" , cuyo síntoma
es una historia de aumentos de costo sostenido y acumulativo, por
encima de la tasa de inflación del país. La enfermedad
del costo de las artes implica que si los fondos disponibles para
una organización artística no crecen a un índice
superior al índice inflacionario promedio, inevitablemente
provocará un retraimiento de la cantidad de actividad o de
su calidad.
La razón radica en la naturaleza del espectáculo en
vivo que es, por decirlo de algun modo, resistente tecnologicamente
a la constante innovación en el ahorro de trabajo, por ejemplo,
el continuo incremento de productividad laboral. Un cuarteto de
Haydn, escrito en 1796 para ser ejecutado durante media hora, requería
dos músicos-hora de ejecución (y una inversión
en cuatro instrumentos) en ese año, y requiere exactmente
la misma cantida de trabajo hoy, dos siglos después (a la
vez que inversión en el mismo grupo de instrumentos). Entre
tanto, la productividad de la economía del país creció
a un ritmo promedio del 1 o 2 por ciento anuales. Esto significa
(ignorando otros costos, para evitar complicar la discusión)
que si los sueldos promedio de los músicos, no importa cuán
bajo estén, suben a un ritmo cercano al del crecimiento de
la compensación del trabajador promedio, entonces el costo
del concierto debe subir un 2 por ciento anual por encima del índice
económico de inflación. En tanto en el resto de la
economía el costo de cada ítem producido se incrementará
conforme al aumento de los sueldos, menos el dos por ciento de ahorro
provisto por la reducción del ahorro de trabajo incidente
en cada producto. Es decir, en esas porciones de la economía,
los sueldos crecen un dos por ciento annual, pero cada año
el trabajador rinde dos porciento más del producto industrial
que el año anterior. De modo tal que, comparando el incremento
de producción con su costo, donde ambos crecieron en igual
medida, el costo por unidad del producto (monto total gastado en
la producción dividido por el monto total producido) va a
permanecer completamente invariable. En contraste, la ejecución
del cuarteto, con ningun incremento en productividad laboral (esto
es, sin aumento en el rendimiento por hora de trabajo ejecutado)
no habrá tal equivalencia con el aumento de sueldo. El costo
por concierto se incrementará continuamente a un ritmo superior
a la inflación precisamente por el monto del faltante 2 por
ciento de productividad que beneficia al resto de la economía
en su promedio. Lo mismo puede decirse de otros espectáculos
en vivo, teatro, música orquestal, danza y otras actividades
sin relación a ellas como la enseñanza, los servicios
legales, la salud y numerosas otras.
Todas ellas comparten una característica en común;
son actividades manuales, en el sentido en que no son afectadas
significativamente por el progreso tecnico de ahorro de trabajo,
la primer fuente de crecimiento de productividad laboral.
La incompatibilidad con la innovación-contínuo ahorro
de trabajo no tiene que ver con el desperdicio, ineficiencia o al
proceso inflacionario en sí. En consecuencia no hay un atajo
confiable que salve a las artes de los aumentos acumulativos de
costos que han sido su destino histórico. La nueva tecnología
puede ayudar, pero también este remedio tiene severos limitantes.
La invención de la mass media obviamente redujo costos en
razón del número de público, de un modo espectacular,
pero fue un cambio de una vez y basta, ofreciendo poco ahorro de
trabajo acumulativo año tras año. Los datos señalan
que los costos de la hora pico de televisión crece firmemente
a un ritmo más acelerado que, digamos la ejecución
de un concierto, y que por cerca de medio siglo el precio de entrada
al cine se ha movido más rápido que otras entradas
de teatro. El ahorro por única vez que comporta el cambio
a la mass media no ha curado la enfermedad del costo.
Un diferencial de 2% anual en incremento de costo no parece mucho
pero el acumulado es significativo y supera en mucho la inflación.
El efecto en la actividad artística es fácil de deducir.
Deben incrementar el precio de las entradas y la búsqueda
de recursos adicionales por sobre la tasa inflacionaria cada año.
Buscan aminorar el inconveniente acrecentando su actividad y la
cantidad de público. Muchas orquestas tocan todo el año,
pero una vez que llegan a las 52 semanas no pueden exceder el límite.
El precio puede incrementarse hasta un punto, el público
puede llenar la sala pero no más.
Todo lo dicho significa que el mercado ha devenido muy poco favorable
como un medio proveedor de recursos par las artes a fin de que continúen
contribuyendo a la cultura del país. La nación debe
decidir si la cultura es o no una prioridad o si está dispuesta
a aceptar un deterioro acumulativo en calidad y un decrecimiento
en cantidad, reduciendo la actividad artística a un quehacer
amateur provisto por no profesionales mal pagos. Esta es la elección
que la economía subyacente presenta a nuestra sociendad y,
ha sido dicho, no hay soluciones mágicas que nos permitan
eludir el dilema. Si la sociedad no concluye que la nación
sin artes es una nación sin estímulo cultural, sin
placer, y en un sentido, sin honor, tiene que estar dispuesta a
soportar el costo, porque no hay alternativa. Y sin la participación
del sector público es dificil ver cómo ese costo va
a ser cubierto.
II. ¿Porqué el financiamiento del sector público?
Aún restan considerar otros temas antes de cerrar el caso,
y suficiente evidencia para contrarrestar las críticas de
quienes quieren cortar todo soporte del estado.
1) la cuestión de que estaríamos subsidiando a la
porción de la población que menos necesita.
2) Si la sociedad está obligada a apoyar una actividad considerada
de mal gusto y subversiva para el gusto medio.
3) El precio. Si el financiamiento que requieren no es desproporcionado
en relación al beneficio que brinda.
Las respuestas no son tan obvias y hay que darlas.
III. ¿Los pobres financiando a los ricos?
Las artes interesan a gente de recursos medios y altos, quienes
estan en mejor posición para subsidiar los costos que no
cubre el mercado. Hay bases para establecer que los subsidios a
las artes no son igualitarios.
También quienes más dan a las artes pertenecen
a esas clases más acomodadas
Muchos amantes de las artes tienen ingresos por debajo del
nivel medio. Artistas, actores, estudiantes.
Uno de los objetivos del gerenciamiento cultural es asegurar no
solo que las puertas de las instituciones culturales esten abiertas
a los que menos tienen, sino que es necesario hacer un esfuerzo
para diseminar las artes y atraer nuevos miembros que no han sido
expuestos a la experiencia artística. No solo por el valor
de la cultura y la pérdida estética para quien esté
privado de ella, sino como una contribución a la igualdad
de oportunidades económicas. La poca familiaridad con la
cultura del mundo es un handicap económico para el individuo
para conseguir empleo y avanzar en la escalera económica.
IV. ¿Apoyo público para actividad antisocial?
La innovación que se desvía de las viejas prácticas
y mentes tradicionales hacen una contribución crucial.
V. ¿Es el precio muy alto?
Son mínimos en relación a los restantes gastos del
estado. No hace falta una gran suma de gasto público para
hacer una contribución sustancial a la actividad artística.
Los cortes pueden provocar un enorme daño sin resolver problemas
económicos. Caso del FNA.
VI. ¿Lo podemos pagar?
El costo puede ser creciente e impagable en el futuro. El país
no crece y la enfermedad del costo supera la hipótesis que
habíamos establecido. ¿Quién asume el costo
de borrar la actividad artística de los intereses nacionales?
De hecho lo están, y quienes tienen a su cargo divulgar la
actividad artística se mueven por modas pasajeras, frivolidad
e intereses extra artísticos. Casos de suplementos culturales
de diarios.
Otros casos de enfermedad de costos son manualidades como la salud,
el correo, bibliotecas, educación, etc. Como convencer de
que la cultura tiene prioridad? Recordemos que los costos de las
artes son mínimos en relación a los otros
VII. ¿Pero porqué apoyar a las artes?
Todos le piden subsidios al gobierno. Tabacaleros, operadores de
marina mercante, etc. Es dificil pensar que responden al interés
público pero ¿porqué las artes son consideradas
diferentes?
La respuesta parece evidente, por que la cultura, la educación
y la salud públicas son valores que hablan por sí
mismos. Aunque adscribo a la idea, es insuficiente. El financiamiento
público promueve el interés público. Algunas
actividades económicas brindan beneficios a personas distintas
de aquellas que pagarían si fueran ofrecidas bajo condiciones
normales de mercado. Estos son los beneficios externos. La educación
favorece a quienes la reciben. Consiguen mejores empleos, son más
creativos, menos orientados hacia la criminalidad, mejores electores.
Benefician también a la sociedad. Lo mismo sucede con la
investigación.
La economía enseña que esos beneficios externos o
sociales son brindados sólo parcialmente por la empresa privada.
La razón es simple. Cualquier actividad para cuyos beneficios
es proveedor no es pagado en relación no resulta en un incentivo
a la empresa privada. Equivale a derivar parte de las ganancias
a impuestos o confiscados. Los economistas concluyen que las actividades
que brindan beneficios externos o sociales deben ser subsidiados
para que cumplan acabadamente su objetivo.
VII. Conclusión
Intentamos brindar las razones de por qué las artes no pueden
simplemente ser dejadas al vaivén del mercado. Esas razones
son, fundamentamente, económicas. Los problemas de costo
de las artes indican que la actividad cultural viable financieramente
puede esperarse que requiera precios que suben a un ritmo persistentemente
más rápido que el índice de inflación
de la economía, precios que las fuerzas del mercado puden
confiadamente equilibrar. Aún si esos precios en suba constante
fueran tolerables, impedirían alcanzar el objetivo de hacer
a las artes asequibles para aquellos que no pueden tener acceso
a ellos. Si así fuera sería sí una actividad
de elite. Las sumas en cuestión son de hecho una porción
insignificante de los presupuestos de los gobiernos a quienes se
les requieren los fondos. En circunstancias normales, la productividad
creciente hace que la economía pueda hacerse cargo de esos
recursos.
En suma , el mercado no es una solución viable para financiar
la cultura y un fracaso del sector público de tomar su parte
del problema no tiene la excusa de que no pueda ser pagado por la
sociedad. Estas observaciones tratan de impedir los argumentos de
aquellos que buscan impedir el financiamiento del sector público
requerido para preservar la calidad y cantidad de nuestro patrimonio
cultural.
|
Américo
Castilla es artista, abogado, gerente cultural de la Fundación
Antorchas.
|