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Uno
No conozco al dedillo los centros de gravedad del arte argentino,
quizás ni siquiera sus cercanías. Es decir, no soy
un crítico, ni habitué a inauguraciones; tampoco soy
un artista. Soy, sí, amigo de algunos artistas, cuyas operaciones
mentales y -sobre todo- gramáticas escritas, nunca dejan
de asombrarme, y me hacen preguntarme por el efecto perverso que
la escuela primaria ha tenido sobre ellos. Es cierto que todo lo
que se relaciona con el "arte" me interesa, pero eso ocurre
porque soy una persona curiosa, atributo al que no considero una
virtud personal sino una virtud cívica. La antigua palabra
amateur, es decir, amador o amante, según dilucida la etimología,
no significa lo contrario de "profesional" o de "experto"
o de "técnico perito en estos temas"; ser un amateur
es una de las formas que puede asumir el amor por los bienes humanos.
Por haber estado atento, y algo cercano, a las transformaciones
ocurridas en las dos últimas décadas en algunos campos
artísticos, particularmente el de la historieta y el cine
joven actual, también me sentí concernido por el devenir
del arte en esta ciudad. Ocurre que soy profesor en universidades
donde se promueven vocaciones artísticas y también
-para no decir una palabra de menos- se las destruyen. Se comprenderá
que no considero al "cuadrito" de comic ni al "fotograma"
de una película como límites fronterizos de la obra,
del mismo modo en que otros podrían tomar al marco del cuadro,
la sala donde se expone una instalación o los metros cuadrados
que ocupa un espacio arquitectónico recién inaugurado,
como límites materiales de un arte. Para mí, el cuadrito
y el fotograma, por seguir con los casos mencionados, son lupas,
microcopios, lentes de aumento, espejitos retrovisores, linternas
mágicas: es decir, incentivadores de modos de ver, aperturas
al escenario urbano. En suma, me concierne el arte porque me apasiona
la cultura urbana y sus metamorfosis. Pues bien, a un primer acercamiento
a la idea de ciudad la he llamado en el título de esta conferencia
una horma.
La palabra horma alude a la idea de molde, en este caso, de concavidad
espacial que hace presión sobre la subjetividad y sobre las
actividades humanas. Pero por otro lado, horma alude también
a la figura del encierro, o más bien, del aprisionamiento
y otras variantes de la corsetería de la personalidad.
Una ciudad es una horma poblada por seres vivientes que llevan a
cabo una cantidad innumerable de actividades, de cada una de las
cuales existen muchas maneras de ser llevadas a cabo y que además
se renuevan con cada nuevo día; pero a una ciudad la pueblan
también los muertos, que aunque prefieren los cementerios
-es decir, los dobles simétricos de la ciudad y no su negación
o antípoda- a veces se desplazan por las calles hasta fijar
posición en una plaza bajo la figura del monumento, en un
edificio público a modo de busto, o en un altar improvisado
en la ruta donde se matara un ídolo popular. Los muertos
se mueven, y a veces caminan mucho, especialmente a través
de los lenguajes de quienes rehusan olvidarlos. Además, en
toda ciudad habitan fantasmas y monstruos. Desaparecidos, como es
bien sabido entre nosotros, pero también
los fantasmas de antiguos temores urbanos, como el de la mazorca
rosista (1) tiempo atrás
reencarnada en los "grupos de tareas" de la Escuela de
Mecánica de la Armada (2),
o el fantasma de las migraciones internas desde las provincias pauperizadas
a la Buenos Aires de los años '30, quizás hoy reencarnadas
en las caravanas de cirujas que relevan el desecho y la inmundicia
lanzadas por la clase media a las aceras urbanas, o el aún
más antiguo fantasma del malón indígena, quizás
hoy localizable en los ejércitos de especuladores financieros
o las misiones del Fondo Monetario Internacional.
Además de albergar fantasmas, las ciudades organizadas funcionalmente
en este siglo fabrican toda suerte de monstruos. Millones de monstruos
que no se ocultan, que dana la cara, que nos saludan incluso, y
que, de hecho, son censados y clasificados, y además, objeto
de políticas públicas posteriores. Monstruos, aunque
todos condescendamos a tratarnos, como si fuesemos ciudadanos más
o menos presentables.
Toda ciudad es monstruosa y espectral. Sin embargo, es conmovedor
el esfuerzo que hacemos para no darnos cuenta de esta condición,
promoviendo una voluntad de disimulo que se acopla a los decorados
que ciertos poderes instalan en la ciudad a fin de hacerla "inmaculada",
o sea "coloridamente aséptica", y no solo para
el contento de los turistas, también para la tranquilidad
del trabajador y del consumidor, que son las mismas personas, así
como para el solaz del animador televisivo y de sus audiencias,
que también son las mismas personas. Porque el verdadero
montajista de la realidad no es necesariamente el periodista o el
editor televisivo, sino sus lectores y televidentes.
En fin, el esfuerzo rinde utilidades. Quien pretenda mirar la monstruosidad
cara a cara no será capaz de identificarla de inmediato,
pues el maquillaje cotidiano, la compasión compartida y las
ilusiones infundadas logran que los monstruos se hagan indistinguibles
de los empleados públicos, las cajeras de supermercados,
los animadores de televisión, los policías de tránsito,
los jueces de la Corte Suprema de la Nación y, para no decir
una palabra de menos, de los artistas argentinos. Como todas las
culturas metropolitanas prosperan y medran en estado de empañamiento
así como también apuntalan continuamente una costra
impenetrable, la vida urbana necesariamente despliega formas de
vida desmesuradas y sufrientes que desconocen las leyes estéticas,
morales y políticas que abrieron un cauce a sus despliegues.
La ciudad es nombre de gigante, pero también de madama de
prostíbulo, de mascarón de proa, y de uno de los círculos
del infierno. Y a veces, es el nombre de un transatlántico
iluminado y sin derrotero. Es tanto parásito enorme como
diadema engastada a la carie. Pero siempre, Buenos Aires, y por
extensión, toda ciudad del mundo, resulta ser un órgano
palpitante de vida, una superficie somática que pugna por
ser, una obra colectiva portentosa que es también, y necesariamente,
un catastro psíquico amenazado.
Todas estas figuras contrastantes son ineludibles, pues en el mundo
han existido todo tipo de ciudades. Las ha habido residenciales,
infernales e imperiales. Han existido ciudades-museo y también
balnearias. Se han conocido ciudades-campamento y pueblos-factoría.
A cada tipo de ciudad corresponde una dignidad distinta y modos
diferentes de animar o de agobiar el cuerpo de sus habitantes. Indudablemente,
no es la misma suerte la del aventurero que se hospeda temporalmente
en una ciudad instantánea de buscadores de pepitas aúreas
en el Yukon, que la del obrero temporario que trabaja en la cosecha
pampeana o en la explotación de petróleo patagónica.
Del mismo modo, la apostura sólida de un habitante de Londres
o París supone una personalidad opuesta a la de los cuerpos
faquires de Calcuta.
Pero hay una figura que se corresponde con todas las ciudades del
mundo. Entre tantas otras posibilidades (laberinto, jardín
del paraíso, prisión, faro, red o laboratorio social),
el contorno de toda ciudad asume una forma enigmática, precisa
y terrible: la figura de la esfinge. Como se recordará, la
esfinge antigua se instalaba en las afueras de una ciudad griega
y proponía acertijos a los que intentaban entrar o salir
de la ciudad. Quienes no atinaban a dar con la respuesta correcta,
eran devorados por aquel ser mitológico. Con el tiempo desaparecieron
los muros y portones de entrada a la ciudad y fueron borrándose
los límites ciertos entre catastro y despoblado. En la actualidad,
la esfinge ya no se instala en las afueras de la ciudad ni tampoco
en su interior, porque ella se ha metamorfoseado en la ciudad entera
en sí misma. Pero la esfinge continúa lanzando interrogantes
apenas audibles a los habitantes, en particular sobre el dinero,
la guerra social, el futuro y el deseo. A fin de defenderse los
habitantes construyen recintos y rituales urbanos, y los distribuyen,
a la manera de piezas de un ajedrez simbólico, a fin de hacer
provisoriamente comprensibles esos enigmas acuciantes. A modo de
ejemplo, el casino, la "zona roja", el estadio de fútbol
y la sala de cine abarcan las preguntas sobre el dinero, el sexo,
la guerra y la fantasía, pues toda arquitectura es psicofísica
antes que funcional. Las ciudades son obras construidas para ser
eternas pero también resultan ser devoradoras, de modo que
la esfinge urbana nunca deja de arrojar sus dardos interrogativos.
Y sus preguntas conciernen a todos, pues las ciudades son el resultado
de pasiones colectivas, aún cuando su envergadura espiritual
y destino escapen al entendimiento de los constructores y de sus
habitantes.
Los artistas, como los imagino yo, son seres que intentan balbucear
algunos atisbos de respuesta en medio de estas torres de babel.
Balbuceo artístico y no obra maestra, pues la palabra balbuceo,
que he elegido a propósito, proviene originalmente del nombre
propio "babel". En el idioma inglés, esto se hace
más evidente: balbuceo, to babble, babel.
Hemos dado a la ciudad el nombre de una intensa presión,
la hemos llamado horma. También le hemos dado el nombre de
un ser mitológico: la hemos llamado esfinge. Estamos suponiendo,
entonces, que el artista remeda a un Edipo caminante. En su deambular,
intenta resolver, bajo la forma de obra, los enigmas que la ciudad
le propone al paso. Por otra parte, el artista, por disponer de
una experiencia de la ciudad que no difiere sustancialmente de la
de cualquier otra persona que también la habita, por ejemplo,
tan solo por el hecho de pagar un café en un bar o de mirar
al cielo en busca de los jeroglifos y secretos de la metereología
diaria, el artista se sabe reclamado o bien concernido por los sufrimientos
y las alegrías que a todos corresponden. El artista es también
uno más, uno entre otros, o bien uno con otros. A la vez,
es alguien que se confronta con la ciudad de un modo particular.
A causa de su oficio, el artista esta más entrenado que otros
para percibir las formas que asume el combate secreto que estremece
a toda ciudad. Es el combate entre las formas de asociación
tribal de las personas, por un lado, y la forma
jerárquica con la que Estado monopoliza una relación
solitaria con cada individuo. La asociatividad tribal abarca, a
modo de ejemplos, a los motoqueros(3),
las barras bravas(4),
los piqueteros(5), los
chicos de la calle, o simplemente los grupos de amigos o de pares
que solo respetan una habilidad específica. Por el contrario,
en las formas jerárquicas de asociatividad se mide primordialmente
la capacidad productiva de una persona y su grado de obediencia
a la ley y a las instituciones. Es la lucha entre lo que se autoorganiza
incesantemente y lo que censa organizativamente. Es la lucha de
la ciudad plebeya contra la ciudad de los poderosos. Pues toda ciudad
responde y obedece a una idea trascendente, a un mito de origen
o a sus despliegues culturales plebeyos. O bien responde y obedece
a la usura financiera, la explotación de los trabajadores
y a la necedad tecnificada de sus políticos y administradores.
Pero en ambos casos, obedece.
De allí que el artista atento perciba como los acontecimientos
históricos son transmutados en proezas míticas o en
maldiciones olímpicas, tanto como percibe signos de perduración
o decadencia en el obrar cotidiano de sus conciudadanos. En definitiva,
el artista percibe que las ciudades son culturas vulnerables, y
se da cuenta de que los cuerpos que derivan por las calles se parecen
a giróscopos que encajan las metamórfosis de los estados
de ánimo de la colectividad o a radares en los que se anuncian
señales amenazadoras.
De modo que la historia de una ciudad es la historia de sus posibilidades
existenciales. Y la biografía de un cuerpo depende de cómo
esas posibilidades afectan a sus sufrimientos y animaciones. Quienquiera
sacar alguna conclusión de esta idea, debe saber que en la
construcción de Buenos Aires intervinieron millones de esfuerzos
que emanaban de una materia prima inagotable: los cuerpos de los
inmigrantes, volúmenes de carne tasados y faenados en los
altares de la economía moral triunfante a principios de siglo.
El cuerpo inmigrante era musculatura circulatoria, fuerza bruta
de trabajo. Y también cuerpo de conventillo, es decir, de
escándalo. Escándalo político, que lo conectaba
a los gremios socialistas y anarquistas. Y escándalo social:
consecuencia del hacinamiento de cuerpos y de las autoafirmaciones
plebeyas.
Buenos Aires ha pertenecido hasta el momento a una categoría
urbana singular y rara: la de las ciudades míticas. Una ciudad
es mítica cuando está centrada sobre sí misma,
cuando su "mismidad" se hace autoconciente. Una ciudad
que en sí misma es, lo es porque no depende de influjos externos,
porque no honra dioses extranjeros, porque inventa su propia cultura,
y porque a las tecnologías y saberes imprescindibles que
se importan de un primer mundo más sofisticado las integra
en su propio círculo vital. Ahora bien, Buenos Aires pudo
desarrollar un mito constitutivo en tanto y en cuanto el proyecto
de nación imaginado en el siglo XIX se mantuvo en estado
de inconclusión, y también a partir de la insoportable
tensión que en cada cuerpo se hacia carne al sospechar que
ese proyecto era inconcluíble. En la sospecha del fracaso,
la ciudad se desplegó como índice de ese fracaso.
Como acto fallido. Pero también fue esa inconclusión
la grieta a través de la cual la cultura plebeya pudo resistir
a las fuerzas arrebatadoras del dinero y de los simulacros, multicopias
de lo ajeno. Las ciudades que se nutren de un mito activo prosperan
culturalmente y se diversifican. Pero Buenos Aires ha llegado hoy
al estadio de repetición infructuosa de su propio mito, ya
agotado. Cuando un mito gira en falso, la ciudad lo recobra bajo
las figuras de escena tanguera para turistas, de nostalgia improductiva
por la época del obrerismo bucólico felíz o
de administración progresista y técnica de la vida
pública. De allí que las fuerzas del mercado puedan
irradiarse libremente sin necesidad de generar otro mito urbano
superador. Tan solo desbaratan al anterior.
Dos
Hace ya mucho tiempo, Baudelaire, en su Las flores del mal, se propuso
dar cuenta de los héroes urbanos del París del siglo
XIX. Esos héroes no estaban contenidos por las figuras
del ciudadano, el empresario industrial, o el trabajador. No. Sus
héroes eran todos inflorescencias del márgen: integrantes
del hampa, mendigos, prostitutas, diversos tipos de lúmpenes
(6), venusinas o lesbianas,
bohemios en general y artistas en particular, estos últimos
condensados en la figura del poeta. Todos estos héroes del
barro procedían, involuntariamente, a la ruptura de la máquina
funcional de la ciudad, de esa horma que hace de nuestras vidas
preciosas e irrecuperables tan solo máquinas de movivmiento
perpetuo. Es decir, que estos "héroes" experimentan
la ciudad bajo la forma móvil de la deriva, del deambular
"sin ton ni son", "a ciegas", "a tontas
y a locas". Esto nos conduce a preguntarnos que es lo que el
artista absorbe de la ciudad en sus paseos.
Al artista puede sucederle lo mismo que a todos: o bien su mirada
queda fetichizada, capturada por el decorado urbano y por la simbología
de la mercancía, o bien su mirada deviene aurática,
es decir, humanizadora de los bienes urbanos y desbaratadora de
los escenarios preprogramados para la vista. Por eso mismo, las
obras que son fruto de la plástica, la escultura o el cine
nos liberan del sometimiento a las formas y colores acostumbrados,
rutinizados casi desde el nacimiento por causa de nuestra esclavitud
al reloj y a la etiqueta social, lo que es decir a la experiencia
del horario laboral y a la rotatividad de la mercancía y
las modas.
¿Qué significa caminar por una ciudad? ¿Cómo
se ancla una experiencia urbana en el ánimo de un artista?
Cuando derivamos por las calles, nuestros sentidos son raptados
por las diversas sonoridades callejeras tanto como por las ráfagas
deshilachadas de la historia nacional. Una ciudad es un octavo mar,
y el artista caminante, un vigía alerta. Las mareas urbanas
conducen al artista por sucesivos meandros donde se capturan ritmos
y melodías, olores e imágenes, capas audibles y visibles
que el misterio de la evocación posterior traduce bajo la
forma de obra de arte. Las "impresiones" de la ciudad
absorbidas por el cuerpo del artista retornan sobre la obra animadas
por el chisporroteo del recuerdo involuntario, de una forma semejante
a la operación que Freud llamó "retorno de lo
reprimido". Con cada deambular, el acopio de sensaciones, lenguajes,
coloraciones, experiencias y ritmos se acrecienta, y aunque al comienzo
la vista y el oído se engolosinan y se hinchan de imágenes
y sonidos cualesquiera, más adelante, con la experiencia
macerada, aprendemos a relacionarnos con la ciudad a la manera de
los cuerpos desnudos y huérfanos que saben reconocer el tacto
preciso. Lentamente, nos vamos metamorfoseando en centauros de los
sentidos. Esas micromutaciones existenciales suceden con cada salida
a la calle, pues un simple paseo urbano supone experimentar un laberinto
de tiempos y un delta de viajes posibles.
A medida las capas audibles y visibles son capturadas por el estado
de ánimo del artista, también quedan encastradas,
aunque no lo sepamos inmediatamente, a la materialidad de la historia
en las ciudades. Las luces, olores, ritmos y tonos de conversaciones
arrastran consigo la materia urbana que ha sido roturada por la
historia. Y esto ocurre tanto cuando descubrimos restos fósiles
de historia en los espacios públicos como cuando nuestras
orejas intiman con las gramáticas de las conversaciones ajenas,
pues de toda gramática hablada emana una teología
popular y una mitología ciudadana. No me refiero a lenguajes
perfectos ni académicos, sino simplemente a la jerga callejera,
las interjecciones y apostillas de la persona de a pie, los árgots
juveniles o los promovidos por una secta, a los arrastres de la
lengua materna, en suma, la memoria urbana transmitida en una simple
frase dicha al pasar. La veta de una obra necesita transfusiones
sanguíneas desde las fuentes vitales de las ciudades y para
ello debe dialogar con la tradición histórica, con
la caprichosa vida afectiva urbana y con los músculos en
tensión que constituyen la carnadura histórica de
una ciudad. Es entonces cuando las ciudades se nos evidencian como
barcos inmensos repletos de gente, como a veces así las reconocemos
en las postales de viaje, o bien en nuestros propios ojos, narices,
papilas gustativas, manos y oídos, pues descubrimos que nosotros
mismos somos esa ciudad.
¿Qué absorbe el artista de la ciudad? ¿Qué
le asperja esta obra magna? Rastros y rostros, vestigios fósiles
y resonancias vivas. De cada paseo el artista vuelve con incrustaciones,
algunas de ellas de consistencia mental, casi conceptual, mientras
que otras se reservan como una suerte de residua ocular, una irritación
que se niega a abandonar el sentido de la vista. Algunas de estas
incrustaciones son físicas, tan cual las supuraciones que
portan los soriáticos, los moretones de los trabajadores
o los cardenales de los maltratados. Alucinación y estigma
son fuentes seminales con las cuales se hacen luego obras de arte.
Porque el gusano o la semilla que anidan en esas visiones y marcas
físicas pueden conceder al artista una voluntad de putrefacción
o de sazonamiento de lo visto y oído. Un camino conduce al
artista a la lírica y al idilio, es decir, a cantar y animar
a la ciudad; el otro camino lo conduce a la épica grotesca,
a profetizar la fertilidad de los males urbanos en el futuro.
¿Qué devuelve el artista a la ciudad? Le devuelve
mundos y acontecimientos. Eso emerge de sus obras. Pues el arte
no construye "subjetividades", como creía ingenuamente
una idea burguesa tradicional, ni el arte es tampoco un consuelo
a ser consumido en la intimidad y destinado a amortiguar los golpes
causados por el orden laboral, familiar o social. No, la obra de
arte no puede mejorar socialmente o políticamente a la ciudad,
y menos si se lo propone en forma voluntaria. Pero ante el espectador
la obra de arte sí puede instalar una boca de esfinge, aunque
también ojos de medusa. Es decir, la obra puede proponer
preguntas, o puede fascinar esterilmente.
Cuando la obra instala una pregunta, entonces establece una memoria
para los que ya no están y un futuro para los que nunca vendrán,
y también una idea de lo memorable y lo ocultado para los
actuales. Es decir, la obra pregunta por lo que nunca ha sido y
quizás por lo nunca acontecible, aunque se haga evidenciable
en la obra en sí misma. Pues toda actualidad es incompleta,
secreta, empañadora e ilusionista. Y, sin duda, hay poderosos
interesados en que así siga siendo, aún cuando no
"manipulen la realidad", como se creía en una época,
pero son grupos de poder que están atentos ante cualquier
pretensión de hacer de esta misma realidad algo "desmanipulable".
Por eso, la primera virtud de una obra es instalar valores contra
precios, aún cuando toda obra pueda ser comprada por un coleccionista
o simplemente por alguien que ha sido conmovido por ella. La obra
siempre instala apreciaciones contra los que solo pretender hace
de todos los bienes, mercancías preciables.
Instaurar valores se vuelve tanto más imprescindible en tanto
y en cuando la arquitectura, arte urbano por excelencia y además
el arte inmediatamente consumible por millones de personas, ya no
dispone de una función artística o socialmente significativa,
como sí la tenía para un William Morris, un Le Corbusier
o un Guy Debord. No obstante, la arquitectura posee en la actualidad
significaciones pesadas, aunque subordinadas a la necesidades de
representación de las grandes corporaciones, los aparatos
de espectáculo de los gobiernos o el lucro. En todo caso,
es misión del artista amparar un espacio imaginativo de donde
pueda emanar una simbología urbana que no esté colonizada
por las necesidades funcionales y administrativas de los gobiernos
o por los intereses económicos de las grandes corporaciones.
Por dar cuenta del efecto del decorado y de las presiones de la
horma urbana, el artista de la ciudad necesariamente dialoga con
la muerte, aún cuando para hacerlo tenga que afirmar el amor,
la fe, la llamada de la vocación, lo festivo y lo erótico.
Y no necesariamente como su negación, sino como animación
ritual que mantiene en suspenso a las distintas metáforas
de la muerte, pues la ciudad entera también asume la figura
de una danza macabra en la que se mueven rítmicamente millones
de seres maltratados y desesperanzados.
Tres
El título de esta conferencia incluye la palabra horma. Pero
también las palabras "desastre" y "disparate".
La elección de estas palabras no es casual. Para aquellas
personas iniciadas en la historia del arte, la elección es
evidente. Son palabras goyescas, pues aluden a los grabados conocidos
por esos nombres y compuestos entre los años 1808 y 1824:
los Disparates, los Desastres de la guerra, los Caprichos. En el
lapso temporal en que Goya los preparaba, Argentina se independizaba
de España. Aunque cabría decir que, más que
independizarse, las Provincias Unidas del Río de la Plata
se despañolizaban y a la vez se europeizaban. ¿Existió
un equivalente de Goya en la Argentina de entonces?
Existió, aunque no fue un pintor sino un escritor autodidacta
que por entonces era un adolescente y que llegaría a ser
Presidente de la Nación: se llamaba Domingo Faustino Sarmiento
(7). Los "desastres"
y "caprichos" de Goya equivalen en Sarmiento a una figura
monstruosa comprimida por éste en su libro Facundo. Civilización
o barbarie (8).Facundo
fue definido por Sarmiento como una "sombra terrible",
es decir, como la mitad enigmática del cuerpo nacional, fuente
de males pero también el líquido amniótico
propio del país. Sarmiento confiaba en iluminar el cono de
ignorancia anclado en la tradición y el absolutismo institucional
mediante la fundación de escuelas y a través de la
introducción de un arsenal industrial, y en este sentido
la oposición entre civilización y barbarie resultaba
una explicación simple y robusta de las causas del desastre
provocado por la guerra civil. Pero hoy sabemos que la fuerza de
la idea sarmientina no reside en la identificación de los
contrarios sino en la conjunción de ambos en un solo monstruo
quimérico. Pues Sarmiento descubre que no era Facundo Quiroga,
sino algo llamado "lo facúndico", aquello que constituye
el cimiento simbólico del Estado argentino. No fuerzas opuestas,
sino en tensión, dos platillos de una balanza cuyo fiel está
desestabilizándose todo el tiempo. De vez en cuando esa tensión
se resuelve desastrosamente bajo la forma del fratricidio, el asesinato
entre hermanos. Es el efecto de las luchas civiles que han desencuadrado
la vida histórica de la Argentina. Son, sin duda, momentos
épicos. Pero el invariante facúndico no cambia de
esencia, aunque a veces sí de fisonomía. Hoy sabemos
que civilización y barbarie son inarrancables una de la otra,
que la barbarie y la sofisticación urbana pueden convivir
una con otra. Al descubrir el invariante facúndico, Sarmiento
había previsto su continuidad en el liberalismo y el populismo
del siglo XX. Como si el componente monstruoso, es decir, facúndico,
conformara una red nerviosa que secretamente irriga a las instituciones
y a las conductas de los hombres públicos actuales. Se diría
que se trata de una fuerza espiritual negativa que se reencarnaba
una y otra vez a partir de un estado de cosas irresueltas. Ejército,
iglesia y burocracia pública son los órganos palpitantes
a los que de vez en vez se transplanta una nueva piel y un nuevo
rostro, que se transmiten funciones unos a los otros y cuyas potestades
políticas se balancean según las épocas, pero
que fundamentalmente se metamorfosean a fin de sobrevivirse a sí
mismos e impedir la emergencia de redes arteriales desbloqueadas
y de una nueva amplitud pulmonar en el país. Su personal
dramático y sus elencos subalternos pueden cambiar de ropaje,
de bando y a veces, incluso, de ideas, pero nunca dejan de adecuarse
al funcionamiento defectuoso de todo el aparato. Si este descubrimiento
sarmientino no es errado, entonces los atributos de Facundo, aunque
suavizados y sutilizados, se habrían desperdigado, como esquirlas
aún incandescentes, entre las conductas y la imaginación
de los funcionarios, magistrados, políticos y empresarios
de la actualidad. Esas continuidades entre el antiguo caudillo y
el funcionario moderno, entre el magistrado colonial y los jueces
supremos actuales, entre el lema de la montonera y la propaganda
partidaria moderna, entre la arbitrariedad de la vieja clase dominante
y los pactos de impunidad de nuestras castas políticas, confluyen,
como en un movimiento centrípeto, a fortalecer a los poderes
de la ilegalidad, que son constitutivos de la relación entre
Estado e intereses de grupo. En Argentina, ellos formatean lo político
en desmedro de la sociedad. En suma, las fuerzas del "desierto",
condición geográfica y anímica de donde emanaba
el caudal político del caudillaje, y a las que tanto temía
Sarmiento, se han transmutado ahora en creciente desertificación
moral del país. Y ninguna importación actual de novísimo
confort o de ultimísima tecnología puede transferir
"vida" a las existencias maltratadas
de los argentinos o a sus acontecimientos colectivos, ya intensamente
dañados por la forma monstruosa que asume de vez en cuando
la historia nacional. Facundo o Rosas (9)
fueron afloraciones del desierto y la ciudad respectivamente, que
amplificaron el drama argentino a fuerza de cuchillo, con la colaboración
entusiasta de sus opositores. Pero en el siglo XX esa labor se continuó
en distintas metamorfosis bajo el ritmo de la turbulencia política
permanente. Fue entonces que la censura estatal, el exilio, la persecución
gremial, la expulsión a través de la ley de residencia,
el desbaratamiento de derechos laborales y el malvendimiento de
bienes públicos, se constituyeron en las armas civilizadas
de poderes siempre poco dispuestos a compartir ganancias y privilegios.
Este es también el contexto del arte argentino.
¿Cómo no darse cuenta de que el desastre y el disparate
argentinos se evidencian en las calles de esta ciudad? En esas arterias
y venas ya no circulan ideales de ascenso social ni se alientan
expectativas de felicidad compartida. ¿Cómo podrían
hacerlo, en una época de precarización laboral, de
empresas estatales que se venden y se compran, y en donde la apariencia
corporal deviene un medio de lucha por la vida para chicas y muchachos
preparados culturalmente a través del capital simbólico
de que los ha dotado la escuela y un par de generaciones de comerciantes
y de profesionales pero que ya no son capaces de garantizarles una
posición social? A simple vista, los hombres y mujeres que
transitan por esta ciudad parecen inseguros, maltrechos, inciertos,
como niños que se van desmembrando por la calle. Es preciso
hacer un esfuerzo para no darse cuenta de lo que cuesta sostener
un cuerpo en Argentina. El cansancio moral, laboral, afectivo, erótico,
político, hace presa de cada cual, y las quejas de la carne
se escuchan en toda conversación cotidiana. De allí
que la "metáfora prostibularia", omnipresente en
la política argentina y en los modos en que las personas
se compran y se venden en los mercados de trabajo, conecta la carne
del trabajador o del desempleado a las piedras malvendidas de los
bienes públicos nacionales. Vender la carne de un modo socialmente
aceptable deviene el destino de las personas en una ciudad en donde
ya no esta garantizado el honor laboral y en donde los discursos
públicos de los gobernantes mienten, aún cuando no
pretendan hacerlo.
Justamente, la mentira pública es un tema interesante para
los artistas, y más que interesante, pertinente. Pues si
algo define a un artista que se confronta con su ciudad es su capacidad
de reconocer de inmediato cuando un lenguaje artístico esta
mintiendo, al igual que lo hace, en otro orden de cosas, un votante
que se ha hartado de promesas incumplibles, o un amante que espera
por una palabra justa y escucha en cambio un tono disonante, como
de fax. Sé que la palabra "mentira" suena a moralina
y es conceptualmente discutible, pero yo aquí no estoy proponiendo
que sea lo contrario de algún tipo de verdad. "Mentir"
en arte significa que el lenguaje artístico adoptado por
la generación anterior, o santificado por las fuentes de
financiación de estados y fundaciones, o por los gustos promovidos
por el mercado del arte, es un lenguaje anquilosado, estático,
que existe y circula pero en estado de naturaleza muerta, es decir,
de mascarilla fúnebre para museo o para galerista con clientela.
A medida que el mercado cultural extiende su campo de acción
y acelera sus tiempos de captura, los lenguajes artísticos
se acoplan cada vez más rápido a significaciones sociales
establecidas, y ya no saben como fugar de ellas. Es cierto que las
obras producidas por ese lenguaje ya establecido son bellas y técnicamente
perfectas. Virtuosas, cabría decir. Pero justamente por eso,
e involuntariamente, mienten, porque ya no están atentas
a las metamorfosis urbanas y se contentan con repetir estilos y
formas que han probado ser exitosas. La tarea de un artista consiste
en reconocer esa "mentira involuntaria" y oxigener su
relación con el mundo a fin de promover obras significativas.
Tal es también la tarea de un amante decepcionado por el
lenguaje desamorado de su pareja, o la de un ciudadano ya excesivamente
embaucado por los hombres representativos de su país.
Para reconocer la mentira en arte, es preciso, ante todo, evitar
las tentaciones de la vieja religión del arte. Esta religión
tiende a clasificar a los artistas entre los defensores de la tradición
o de la vanguardia, entre los populistas y los elitistas, entre
los que experimentan con materiales o con las formas, pero siempre
persuade al artista de una supuesta superioridad moral intrínseca,
por ejemplo si se lo compara con un recolector de basura o con un
guardiacárcel. Esta religión del arte, que en otras
épocas fuera promovida por los mecenas, la bohemia, el público
burgués, las vanguardias estéticas, los organismos
culturales del Estado, los mercados o por los museos y sus catálogos,
le hace pensar al artista que el maltrato a que él mismo
está sometido por el Estado o el Mercado es injusto, que
sus materiales de composición de obras son nobles o que las
constantes visitas de su musa inspiradora son la confirmación
de una subjetividad bendecida o maldecida pero en todo caso diferenciada
estadísticamente de la masa de sus compatriotas. Quien se
refugia en esta forma moderna de religión puede terminar
eyaculando obras a la manera de las cintas de montaje industrial
o resentido por la indiferencia del público "filisteo".
Pero una vez que se abandonan estas liturgias y tradiciones del
arte, el artista queda libre para devenir prisionero de sus experiencias
urbanas.
Se recordara que Baudelaire había propuesto
un elenco heroico para la ciudad al cual rescataba de los bajos
fondos, de los dobles fondos y de las minorías marginales.
Pero ya hacia 1940, y en Buenos Aires, Ezequiel Martínez
Estrada (10) había
escrito en su libro La Cabeza de Goliat que los auténticos
héroes urbanos de la ciudad de Buenos Aires eran la mujer
adúltera y el apostador. Les atribuía disponer de
"vida, personalidad, coraje y lirismo". Cuatro virtudes
necesarias para expandir la grandeza urbana. La mujer adúltera
fugaba de la ley conyugal y del orden económico del hogar.
El apostador huía de la economía mensualizada. No
eran seres que ahorraran en pasión ni que hayan sido avarientos
con sus ganancias. Cabe preguntarse, sesenta años después,
por los héroes urbanos actuales que serían capaces
de reconstruir cultural y afectivamente la ciudad de Buenos Aires,
incluso si ésta fuera arrasada por un cataclismo natural,
político, económico o moral. Pregunta que, en verdad,
podría ser lanzada a toda ciudad del mundo. Y también
a todo artista que se interese por la idea de "proyección
social", concepto enigmático que logró atraer
y congregar a todos las personas que han presentado los proyectos
ahora expuestos en el Instituto Goethe.
A Buenos Aires solo parece restarle un destino de desvencijamiento
y degradación, o bien volverse a transformar en una ciudad
de frontera. En puerto nuevamente. Como ocurre en las ciudades de
frontera o en los puertos, la mezcla, el contrabando y la creación
de lenguajes vigorizan al catastro cultural estancado. Argentina
necesita ser conmovida, y ya no por ilusorias razas europeas. Aquí
ya no llegan italianos, españoles o judíos, sino coreanos
y peruanos. Y prostitutas importadas de la República Dominicana.
Hoy está vacante el lugar a ser ocupado por el artista que
sea capaz de obrar en la ciudad, interviniéndola, con obras.
La ciudad de los puesteros bolivianos maltratados, de las mujeres
de la calle dominicanas ofendidas, de los comerciantes coreanos
saqueados, de las instituciones judías destrozadas, de los
argentinos dañados y hastiados.
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Sociólogo y ensayista. Profesor de la
Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires
donde enseña "Filosofía del lenguaje" y
"Filosofía de la técnica". Ha sido miembro
del grupo editor de las revistas Utopía, Fahrenheit 450 y
La Letra A. Y actualmente lo es de las revistas El Ojo Mocho y Artefacto.
También fue jefe de redacción de las revistas Babel
y La Caja. Ha publicado anteriormente El Lenguaje Libertario. Antología
del Pensamiento Anarquista Contemporáneo (Editorial Altamira)
y el libro Mal de Ojo. El drama de la mirada (Editorial Colihue)
así como una compilación de ensayos del poeta y ensayista
Néstor Perlongher bajo el título de Prosa Plebeya
(Editorial Colihue).
(1)
mazorca
rosista: La mazorca nació hacia 1833 como organización
al servicio del Resturador (Rosas)
Su misión era imponer el terror, la versiónmás
extrema y radical del rosismo.
La Mazorca no sólo eliminaba físicamente al enemigo,
sino que lo hacía de manera pública, para escarmiento
de la sociedad.
La organización tuvo su período de apogeo cuando estalló
la crisis política de 1838.
fue oficialmente disuelta el 1° de junio de 1846.
(2)
"grupo de
tareas": organizacion armada ligada al terrorismo de estado,
encargada de secuestros, torturas y desaparicion de personas durante
la última dictadura militar.
(3)
" motoqueros":
jovenes que realizan servicios de mensajería en motocicletas,
suelen reunirse en grupos durante el intervalo entre un viaje y
otro.
(4)
"barras bravas":
sector generalmente violento de las hinchadas de futbol.
(5)
"piquetero":
el que participa de un piquete, forma de protesta que consiste en
el bloqueo de rutas.
(6)
"lúmpenes":
Termino de origen marxista, se refiere a individuos a-culturados
que no pertenecen a ninguna clase social, provenientes de un medio
rural emigrados a un medio urbano, sin trabajo estable. En en las
grandes ciudades de Argentina suele usarse, por lo comun, para denominar
a marginales o a los internacionalmente llamados "homeless".
(7)
Sarmiento: vivió
entre 1811-1888, presidente de la república entre los años
1868 y 1874.
(8)
Facundo:
biografía del caudillo J.F.Quiroga. Sarmiento, 1845.
(9)
Rosas: Juan Manuel
de Rosas (1793-1877) militar y politico argentino, desde 1829 se
convierte en el principal jefe politico de Buenos Aires y el regimen
federal, hasta 1852 año en el que pierde la batalla de Caseros
contra Urquiza y debe abandonar el país.
(10)
E. M. Estrada:
(1895-1964) Escritor y ensayista argentino. Algunas de sus obras
mas conocidas son "Radiografia de la pampa" y "La
cabeza de goliat"
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