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Texto escrito a raíz de la participación
del
autor en el Encuentro
de proyectos de gestión
independiente de América latina y Caribe
Para este encuentro, encaminado a constituir redes
de cooperación entre artistas, curadores y activistas culturales
de América latina, mi participación fue requerida
en términos de reflexionar sobre la dificultad de la traducción
en contextos que se pretenden semejantes. La sola idea de traducirnos
me provocó dudas respecto a si pertenecemos a una red lingüística
unificada, inserta en una comunidad de contextos más o menos
homogéneos. Sin duda, la propuesta activó un juego
de similitudes y diferencias, un nosotros latinoamericano
compuesto de muchos otros, y un conjunto de relaciones entre textos
y contextos.
Más allá de que a todo hecho cultural
corresponde un acto de traducción, considero el traducir
como una labor conectiva entre mundos de significación que,
de otra manera, permanecerían aislados. Es la traducción
una especie de entre-lenguajes; una iniciativa encaminada a buscar
la proximidad entre sentidos y entre personas, un hacer que se comunique
la lengua misma.
A partir de este intento de traducción, me
detendré en ciertas terminologías empleadas en el
documento que sirvió de base al encuentro, en el cual los
grupos de gestión independiente se caracterizaron. Es el
caso de contexto, una palabra definitiva para la red
grupal, pues se la suele asociar con la idea de una realidad circundante,
cuya existencia se nos impone de manera irrefutable, en general
nadie duda que el contexto esté ahí. Sin embargo,
sólo disponemos de él como construcción mental
o acto de creación y es tan importante como el texto. No
hay más contexto que el nacido de un intenso trabajo de selección
y olvido. Solemos acompañar la definición de grupo
a partir de algo familiar en apariencia, América latina como
contexto tranquilizante, una geografía donde congregarnos
y sentirnos acogidos en términos lingüísticos.
Traducir a la América latina en su calidad de condición
geopolítica y cultural distinta, con sus variaciones de lenguaje,
experiencias históricas y proyecciones culturales múltiples,
resulta entonces una noción problemática.
El encuadre de una América latina como unión
de diferencias termina por ser poco fructífero en el terreno
de la negociación dentro del circuito internacional de exhibición,
al someter a un conjunto de naciones dentro de una nominación
común, para luego otorgar la misma proporción de espacio
a cualquier país europeo, incluso minúsculo, que dispuso
de su nombre de manera independiente. En términos prácticos
y cotidianos su alcance limitado pretende subsanarse con una ampliación
a lo iberoamericano, la incorporación española. Aún
así, son términos a resignificar desde una perspectiva
pragmática.
Con la pregunta de cómo representan a América
latina nuestros investigadores más connotados, revisé
algunos textos que forman parte de los estudios culturales y de
la sociología cultural, en un intento por entresacar los
conceptos de más peso y consistencia que ayudaran a la traducción.
Ese primer momento de trabajo se convirtió en una experiencia
de lenguaje: tras una mirada de rastreo, las terminologías
estratégicas tomadas de aquí o allá, terminaron
por agruparse, para mi sorpresa, en un bloque de sentido.
Me refiero al hallazgo de un nivel de enunciación
metafórica de fuerte acento corporal, una terminología
cuyo uso se ha vuelto común y que, de alguna manera, definía
a un organismo vivo, caracterizado por la discontinuidad, subordinación,
asimetría, hibridación y heterogeneidad. Organismo
también marginal, deforme, desigual, emergente, periférico,
informal o dependiente. El empleo insistente de estas expresiones,
lo sé, ha provenido de la urgencia de explicarnos las condiciones
de nuestra modernidad, pero vistas en conjunto, me remitieron a
la existencia del bloque latinoamericano como unidad en estado naciente
o incompleto, desdibujado, desequilibrado, quebrado, extraño
e incluso monstruoso e inferior; marcas cuyo intento explicativo
termina por recolonizarnos, por acercarnos a los antiguos imaginarios
de conquista, poblados de salvajes, bárbaros y aberraciones
de la naturaleza.
Esta parte del análisis se redujo a una lectura
transversal, de separación de términos, sin importar
el autor, el texto de origen, o el grado de reconocimiento obtenido
en las academias; y daba igual si las palabras calificaban a sujetos
colectivos o a procesos sociales de esa inmensa geopolítica
llamada América latina. El experimento resultó, al
final, una muestra de teratología conceptual esgrimida por
nuestro intelectual colectivo, cuya retratística fantasmal
resulta un claro ejemplo de la manera como somos hablados por el
lenguaje, y en qué forma los discursos, así se ocupen
de la liberación, nos recolonizan en la propia escritura.
Colocado en situación de alerta frente a las
palabras, a partir de aquí hubiera querido revisar decenas
de textos, interrogarlos de nuevo, incluidos los míos. Sin
embargo, debía regresar al acuerdo original de este texto,
dar cuenta de la idea de traducirnos desde realidades distintas,
a partir de un conjunto de proyectos de gestión cultural.
Grupo, nación e historia
Encuentro que preguntarnos acerca de la lógica de la agregación,
de la búsqueda de elementos cohesivos, podría fundamentar
la búsqueda de significados compartidos; es decir, aquellos
elementos comunes a partir de los cuales nos traducimos. Frederic
Jameson delinea algunos principios explicativos:
[
] el concepto de alegoría nacional no es, de ningún
modo, una repetición nostálgica del viejo anhelo
de una comunidad orgánica: se trata aquí, en efecto,
de una cuestión de comunidad o colectividad,
pero esa colectividad es posibilitada por el hecho de compartir
una situación, un conjunto de contradicciones, una crisis
social de largo plazo o una situación de agresión
u opresión puesto que es sólo sobre la base
de ese peligro compartido que una colectividad puede ser construida.(1)
Si las naciones son comunidades del temor compartido,
al constituir bloques regionales, como en el caso de América
latina, se transforman en comunidades ampliadas del temor. La nación
en tanto elemento de identificación más allá
de la lengua, el territorio y sus pobladores,
o las codificaciones legales que mantienen la cohesión y
el orden, provoca hoy un intenso recelo entre una parte fundamental
de las formaciones culturales. Postura complementada por las tesis
antiestatistas de la globalidad, en las cuales se impone la reformulación
del espacio planetario, y se define cada territorio como un vacío
sin límites o fronteras; sin autonomías, soberanías,
o identidades nacionales que pudieran entorpecer el libre flujo
del mercado.(2)
Este empleo de la espacialidad como parte de las ficciones
del poder, tiende a facilitar nuevas formas de despojo generalizado,
pero su paradoja deriva en el hecho de que la potencia planetaria
más enfática en pugnar por la desaparición
del discurso de lo nacional, los Estados Unidos, actúa como
una gran empresa chovinista, capaz de clausurar sus fronteras a
la migración, desplegar un conjunto de barreras proteccionistas
sólo favorables a su economía, o inundarse de símbolos
patrios, bajo el argumento de la amenaza del terror externo.
Hoy, grupo cultural y nación parecen no dialogar
en demasía. Los artistas y curadores prescinden de la representación
nacional en los foros internacionales, les basta con formar parte
del contingente mundial del arte. Y en caso de representar al país
en los eventos internacionales, lo hacen fuera del arraigo nacional
característico del pasado. Se dan casos de artistas que aprovechan
la doble nacionalidad, o que participan en pabellones y contingentes
nacionales ajenos al suyo. Aun el rechazo a la nacionalidad se manifiesta
dentro de la obra misma. Tanto curadores como artistas trabajan
bajo la bandera de la desnacionalización. Cabe preguntarnos
entonces cuál es la parte de amenaza y temor que interviene
en la formación de los grupos y las redes grupales. No por
tratarse de fenómenos a escala mucho más pequeña
que la de las naciones, carecen de elementos cohesivos, de agregación
de elementos.
La historia inmediata de un país como México,
parece ofrecer el contraejemplo al rechazo a la nación, asumida
en los términos alegóricos sustentados por Jameson.
En vecindad con la agresiva potencia estadounidense, México
perdió más de la mitad de su territorio en el siglo
XIX, con la consecuente exacerbación del sentimiento nacional.
Más tarde, con la primera revolución del siglo
veinte, ese desgarramiento civil conocido como la revolución
mexicana, el aspecto de la unidad volvió a ocupar el
plano central, pero además asumió un fuerte acento
cultural, que aún marca nuestra historia, basta pensar en
la herencia de los colectivos de pintores murales y grabadores.
Como era previsible, la reacción ante una doble
fuente de amenazas, el asalto externo y la multiplicación
de facciones internas, tuvo por efecto el engrane de artistas e
intelectuales en el aparato de Estado, aunque no de modo unilineal.
Así, el arte y la cultura en México, se transformaron
en instrumentos privilegiados para restituir el tejido social, evitar
la disgregación interna y frenar la amenaza exterior. Traigo
a colación esta referencia porque una de las claves sustanciales
para comprender la cultura mexicana actual, reside todavía
en el problema de la cohesión y el agrupamiento cultural
como memoria histórica. Uno mismo se sorprende de ver el
país en plena paz, pese a una cadena de crisis, sobre todo,
el levantamiento en armas del movimiento indio, el cual se mantiene
activo desde hace una década, si bien bajo la brutalidad
genocida de la guerra de baja intensidad.
Y sin embargo, en México
el rechazo a lo nacional es cada vez más fuerte, casi irracional,
sin hacer distingos entre el carácter estratégico
de la fuerza aglutinante, necesaria para sobrevivir a un entorno
de saqueo mercantil interno y externo, y a los viejos comportamientos
de manipulación cívico festiva. Sin diferenciar entre
los mecanismos de homogeneización cultural del Estado y la
lucha autonómica de las minorías nacionales; sin oposición
oficial efectiva ante la violencia fronteriza, pero sí complacencia
frente a mitologías mediáticas como el fridismo.(3)
A diferencia de las naciones bajo asedio militar específico,
el resto de los países sometidos al experimento global, tendría
que asumir su condición de nación sitiada, al menos,
en lo económico, y reconocer un entorno de guerras invisibles,
condición que afecta con la misma intensidad la supervivencia
de las redes culturales. Pero el sistema posee la cualidad de promover
atmósferas sustitutivas, y la del arte internacional es una
unidad caracterizada por esa frivolidad derivada del entronque con
el diseño tipográfico y de interiores, el desfile
de moda, y la arquitectura de firma.
Si la visión del Estado como entidad en vías
de extinción es lo que permanece de manera casi generalizada,
quizá la única amenaza sugerida por la documentación
donde los grupos reseñaron su trabajo, corresponde a la institución,
ni siquiera el temor de ser absorbidos por los grandes aparatos
de la inercia burocrática, sólo un resquemor tenue
a contraer lo institucional como una especie de infección.
Por igual, asoman algunas prevenciones ante las estructuras privadas
de patrocinio.
Margen e institución ocupan el plano relevante,
el de los opuestos, y los artistas y promotores culturales se demarcan
en tanto asociaciones independientes, liminales, civiles. Abjuran
de la estructura sistémica y coactiva de la institución
salvo en su papel financiador de proyectos. La pregunta obvia es
si la institución en sí es una modalidad de agencia
siempre negada al cambio, sin capacidad de transformación
intersticial. ¿Pero existe algo que preocupe más allá
de si el establecer redes grupales constituye una forma renovada
de institución?
Más que responder a esa
incógnita preferiría colocarme en otra dimensión.
Michel Foucault tuvo la perspicacia visionaria de advertir el giro,
durante el periodo de guerra fría, de la sociedad disciplinaria
hacia la sociedad de control, caracterización retomada luego
por Gilles Deleuze. No me detendré demasiado en la sociedad
de control salvo para remarcar el carácter disperso de su
dominación, su control mercadotécnico, la vigilancia
maquínica, el fin de las instituciones, el predominio informático,
la disipación fronteriza, y el ciframiento humano como factor
de registro y determinación del acceso.(4)
Sin embargo, acontecimientos de la historia inmediata,
como el 11 de septiembre, nos llevan a advertir la emergencia de
elementos inéditos que prefiguran una nueva faceta de la
sociedad de control, me refiero a la manipulación del terror,
un estadio de lo social donde predomina la arbitrariedad en escala
ampliada, con mercados que operan bajo principios de ilegalidad
o de usura, migraciones que funcionan bajo estado de excepción,
y guerras que atentan contra el derecho internacional.
Hay, asimismo, un paso de la administración
de la producción a la administración de la muerte,
con nuevas guerras experimentales, las cuales mantienen como blanco
a la población civil para desmoronar, por pavor, la unidad
de los núcleos familiares y la consistencia de grupos y pobladores.
Quizá sea en este marco de cambios donde habrá que
situar la condición futura de las redes de gestión.
¿Podrán las comunidades de resistencia pasar por alto
las exigencias defensivas ante redes del temor, e incluso del terror?
El termino cohesión y sus múltiples
derivaciones, tendrá que reconfigurarse en nuestros esfuerzos
de traducción. Al igual que la noción de América
latina, la de red cultural mantiene esa cualidad materna, acogedora,
pero como es claro, enfrentamos situaciones descarnadas, y no hay
coartada defensiva o de escape.
De las tribus a las redes, y de ahí a las tribus corporativas
Acorde con el crecimiento poblacional y el prestigio
conferido a la profesión de artista, se ha producido una
verdadera explosión demográfica de cuadros profesionales
que se disputan las parcelas de algo que suele entenderse como campo
artístico: el reconocimiento local, primero, luego el internacional
o, a la inversa, obtener presencia fuera para asegurar un estatuto
especial dentro de la nación de origen.
Por igual, artistas individuales, curadores y críticos
permanecen atados a la expectativa de destacar dentro de ese ámbito
en exceso enrarecido. Pero el definir carreras y prestigios futuros
corresponde más al azar curatorial, a la posibilidad de disponer
de visibilidad en exposiciones, bienales y ferias. Lo único
cierto es que la destreza invertida en el juego para formar parte
de la tendencia dominante, muchas veces llega a consumir más
energía que el tiempo dedicado a la producción de
la obra, aunque a fin de cuentas, pueden desplegarse verdaderas
máquinas de montaje para lograr el efecto de obra.
Las redes, suelen participar de
esa disputa por los espacios a partir de nuevos modelos de agrupamiento,
donde prevalece cierta visión mercadotécnica, que
concentra el mayor número de especialistas, disciplinas,
y patrocinios posibles bajo estructuras de gran flexibilidad, especie
de holdings, que se distribuyen las zonas de control.(5)
Algo similar ocurre con grupos que, pese a lo libertario que pueda
ser su discurso, pretenden acaparar los apoyos, encargos y reconocimientos.
El modelo de red electrónica, nacido de un
experimento de guerra fría con el objeto de mantener la comunicación
en caso de un ataque nuclear, al trasladarse a la vida civil desató
una revolución informática de alcance mundial, con
su propio espacio virtual, el ciberespacio, y sus tecnologías
de vigilancia. Referirnos, entonces, a la red, implica asumir un
sistema relacional, un sistema de poder inestable en juego. Y es
en red como hace ya muchos años operan las economías
formales, y otras tan informales como la droga, el turismo sexual,
o la prostitución infantil, por citar algunos ejemplos. Por
supuesto, la industria del gran arte también actúa,
de manera más modesta, dentro de ese sistema reticular.
Es en este punto donde disponer de cierta claridad
terminológica podría resultar útil. Grupos,
redes y poder pueden adquirir sentidos opuestos, según el
tipo de traducción. No por casualidad Foucault asumió
una versión dual del poder, con su faceta positiva, como
un despliegue productivo de estrategias, tácticas y tecnologías,
un ejercicio permanente del acto de resistencia, un estado de fricción
entre individuos y entre fuerzas en estado de constante reacomodo.
El poder existe sólo en términos de relación;
sin resistencia deja de existir.
Entretanto, en la visión negativa, el poder
se redujo a mera presencia del Estado, o a la imposición
de códigos legales, a una suma de control y represión.
El poder como negatividad asumía entonces el carácter
de una emanación. Nuestro vocabulario posee un fuerte arraigo
sustancialista que transforma ese poder en algo susceptible de ser
arrebatado, asaltado, acumulado, y hasta transferido por herencia.
Una noción ampliada de curaduría
Entre los términos de viejo cuño, pero con especial
fortuna receptiva en sus nuevas acepciones, se encuentra el de curador,
cuya función inicial de cuidar la obra artística ha
sido suplantada por una suma de poderes instrumentales con derecho
a reconfigurar el mundo de la creación, e incluso de proponer
visiones de mundos posibles e imposibles.
En el ensayo presentado durante el coloquio Del
malestar de la curaduría, concluí con la argumentación
de que al ser el sistema global de las artes el verdadero encargado
del control, sólo quedaba pugnar para que el curador
no se transforme en un desecho más de la sociedad global,
y [que] consideremos su proyección como activista cultural,
heredero de dos importantes tradiciones: la libertad de proponer
iniciativas asentadas en la autonomía creativa y de conocimiento;
y la conectividad de redes, que hagan de él, un agente de
enlace entre las iniciativas de las comunidades de artistas y los
públicos; las instituciones, las empresas y las nuevas tecnologías.
Un constructor de espacios de relaciones más que horizontales,
rizomáticas, que ayude a revertir los esquemas de una cultura
amenazada por la homologación global, la guerra y el despojo.(6)
Encuentro cierta coincidencia entre este planteamiento
y las afirmaciones de Duplus acerca de cómo la práctica
curatorial puede desplegarse en ámbitos no artísticos,
y ser una operación de invención de condiciones de
posibilidad para la creatividad social.(7)
Pasado casi un año de mi escrito, y a partir de las reflexiones
suscitadas por esta reunión, ajustaría en algo mis
apreciaciones. La curaduría es síntoma de cambios
profundos ocurridos en el terreno de las especializaciones profesionales,
y del acontecer en una de las instancias mediadoras más representativas
en el terreno cultural, el museo. Asimismo, el curador ha sido agente
móvil, de conexión, dada su disposición para
deslizarse entre redes de dispositivos: el museo o la galería
y los medios de comunicación masiva; el espectáculo
y la academia; la crítica y la moda; el artista y los públicos;
el conocimiento y las tecnologías; el mercado artístico
y la industria cultural. Esta movilidad del curador, a quien de
alguna manera se le exige ser un constructor de espacios de relación
más horizontales, no obstante, se trata de la misma linealidad
nada más que yacente; quizá la idea de rizoma sea
más productiva, al ofrecer una figura de desestructuración,
y ausencia de control
De origen, el curador es una figura dividida, habituada a conectar
esferas disímiles. Nace de la desmaterialización de
la práctica artística y de una propuesta conceptual
que lo valida como especie nueva de creador; por la otra, aprovecha
la reconfiguración del museo según las exigencias
de la avanzada artística, aunque sin perder su atribuciones
mediadoras, que lo capacitan para actuar como instrumento de saber,
encargado de clasificar, dividir, ordenar, separar, y distribuir
en el tiempo y en el espacio. Acciones que por cientos de años
han proporcionado escala, valor y visibilidad a la obra del artista,
para lo cual, el museo dispuso del apoyo de otras instituciones
del mundo del arte, la historia y la crítica.
No obstante, tendremos que diferenciar entre el discurso, el espacio,
y la discursividad de los espacios. En este sentido, el curador
ha transformado el territorio de la acción cultural, y él
mismo se ha transformado en lugar de cruzamiento, en novedosa zona
de indistinción encaminada a la producción simbólica.
En realidad, la calidad de no lugar la había
advertido en las modalidades más recientes de museo franquicia,
ahora la hago extensiva al curador, junto con las bienales y las
ferias artísticas como desprendimientos del museo en su encuentro
con la feria mundial, el parque temático y el mercado. Desembocamos
entonces en una versión globalizada, el metacurador, con
una soberbia tan ensanchada como su aparente poder.
Habrá que sopesar esta caracterización del curador-no
lugar antes de identificarlo con la acción de las redes autogestivas
y, en términos similares, reflexionar si la gestión,
por autónoma que se considere, no termina por comportarse
como variante institucional más flexible, pero asociada a
formatos de administración y control.
La ubicuidad del poder
tan limitado como situarlo sólo en el acontecimiento histórico
singular, según Foucault se trata de un elemento de naturaleza
uniforme y extensiva. Parte del trabajo de traducción consistirá
en establecer vínculos entre tiempo y espacio como expresiones
dinámicas del ejercicio del poder.
Condenar a determinados países a ser siempre pasado refuerza
la idea metropolitana de su novedad y modernidad (metáforas
de tiempo aplicadas a lo social). De este modo, lo nuevo, acaba
por ser incompatible con la idea de tradición. Es un hecho
que en América latina podemos intercambiar, de manera creativa,
modernidad y tradición, aunque la discursividad hegemónica
estadounidense, por ejemplo, sólo reafirme la tradición
de lo nuevo, más por un fenómeno de carencia que de
precisión. Países como México, con fuerte tradición
india suelen atribuirse la posesión de una utopía
exótica, por llamarle de algún modo, un trastiempo
eterno, y es esto lo que se explota como novedad en el horizonte
de las exhibiciones monumentales.
Al igual que el museo, el modernismo determinó sus propias
formas de orden y de temporalidad, nuestra tarea, de alguna manera
consistiría en descomponerlas. ¿Qué hacer con
aquellos elementos de la vanguardia, adscrita al principio saturnino
de devorar a sus propios hijos, la masacre de tendencias? Y para
no perder de vista esa otra advocación del titán Saturno,
la de Cronos, ¿cómo nos relacionamos con el apego
vanguardista hacia el progreso, con todo y sus ecos evolucionistas?
Ni el eterno retorno, ni la linealidad del progreso vanguardista.
La posibilidad de tomar la delantera, de ser vanguardia, derivación
de la terminología de guerra, es un hecho negado en América
latina. Pareciera que el retraso, el retroceso, nos corresponden
por naturaleza. La vanguardia es la zona de reserva del modelo modernista,
para lo cual requiere de una retaguardia. De ahí que se sitúe
en el tercer mundo, pues el segundo quedo desocupado durante la
guerra fría, cuando el bloque socialista decidió no
considerarlo parte de su hábitat ideológico, como
entonces se decía.
Acaso nos sentimos más cómodos con el ingreso a otros
ciclos temporales de retorno y repetición, aquellos de la
moda asumidos por el mundo del arte, pues ahí ser alternativo;
es decir, cargarse de alteridad, aparece como elemento valorado
en el mercado de novedades de temporada.
Cuando no es el tiempo es el espacio el que nos arrastra hacia
la diferencia. De ahí que no quisiera dejar fuera de este
conjunto terminológico algunas partículas como el
prefijo sub --y no refiero al Subcomandante Marcos--
que anteceden a palabras como subdesarrollo, o subalternidad. Incluso
resulta común referirnos a nosotros mismos como habitantes
del subcontinente, incluido México, el cual, en términos
cartográficos, forma parte de la América del norte.
Sur deviene noción degradada, acorde con la cartografía
como forma espacializada de dominación. ¿Recuerdan
la versión del mapamundi invertido?, algo tan simple como
un simple giro a las coordenadas y nuestra preconcepción
sobre la magnitud y preeminencia de los países cambia. Hasta
las escalas varían. El lenguaje de la imagen es también
lenguaje atravesado por la dominación.
Global y glocal son metáforas de espacio ya integradas al
lenguaje de redes y grupos. En mi caso, hasta ahora reparé
en la palabra glocal, la imposibilidad de ser global, de pertenecer
de manera plena y auténtica a ese imaginario del lenguaje
que impregna la totalidad de la vida contemporánea. Glocal
es de nuevo el híbrido nacido de la cruza de especies, pues
una parte de se adhiere a lo local y otra a lo global, a fin de
cuentas una palabra mulata, cuando no acabas de ser uno y eres dos,
otra modalidad de El otro incompleto. Figura contrastante con la
redondez de lo global, que resguarda para sí mismo el equilibrio
total de la forma, la esfera perfecta.
Otra más de las invenciones del poder la hallamos en el
establecimiento de la centralidad como derecho reservado. En la
distribución, recibimos la parte de la periferia,
y de repente se suscita un nuevo fenómeno, el descentramiento
cultural, dictado que quizá sólo se reduzca al ocultamiento
táctico de los mecanismos del control, y cuyo movimiento
arrastra consigo el sobrante de periferias. No obstante, la idea
de descentrar ha resultado tan atractiva que bajo su inspiración
han crecido bienales y ferias de arte en proporción geométrica,
con colectividades receptivas equiparables a las que se desplazan
en los periodos vacacionales en busca de un poco de sol y arena.
El que los tropos del lenguaje se deslicen en nuestros modos de
pensamiento, y el que la metaforización sea un camino para
naturalizar esquemas de dominio, es una práctica con siglos
de existencia, más todavía que el tiempo invertido
por nuestros pensadores y artistas para adaptarse a los esquemas
impuestos desde el poder, y siempre con el resultado de una mayor
exclusión.
¿La red como heterotopía?
Agobiados por la construcción y mantenimiento de las propias
organizaciones, es poco frecuente situar la acción micropolítica
en perspectivas de largo aliento; sin embargo, pienso que el empleo
de la heterotopía como matriz de reflexión, ayudaría
a pensar el papel de las metáforas de tiempo y espacio, siempre
juntas en su relación con el poder, y acercarnos a su operatividad.
En su origen, heterotopía fue empleado
por los anatomistas para designar órganos fuera de sitio.
Cuando Foucault dispuso de esa noción, para acoger el espacio
en un sentido amplio, dejó de lado el aspecto de la anomalía
y lo transformó en el sitio donde el conjunto de los ámbitos
culturales se representan, discuten o invierten su sentido, espacialidad
ficticia que, a su vez, posee plena existencia y materialidad.(8)
Por momentos, el pensador francés deja la impresión
de tratar con una instancia nacida de las paradojas surrealistas,
encargada de propiciar el encuentro de espacios heterogéneos,
la yuxtaposición en un mismo sitio de lo incompatible, a
la manera borgiana; con su atmósfera de extrañeza
y familiaridad simultáneas.
Esa misma amplitud del término facilita la conexión
entre sitios que parecerían antagónicos, el jardín
y el baño turcos; el cine, el burdel, pero también
la prisión como zona de perfeccionamiento del control. Una
especie peculiar de espacios llama la atención, las heterocronías,
calidad compartida por el museo del siglo XIX y el panteón,
uno por condensar distintos planos de tiempo, el otro por establecer
una detención absoluta de la duración.
Heterotopía es un concepto derivado
de un viejo término de raíz latina, el cual podría
transcribirse como lugar alterno. La red misma actúa
como zona de umbral, lugar donde todos los lugares se encuentran,
dialogan acerca de las prácticas de colaboración y
de resistencia cultural. El lugar otro ofrece la opción de
mantener procesos de desplazamiento sin fin, de resistencia viva;
donde lo que cobra relevancia es el acto mismo de desplazarse, y
no la performática de cada grupo o individuo. Sin embargo
existe cierta posibilidad de encuentro entre la figura errante del
artista nómada y el nuevo dispositivo espacial que Foucault
asocia al barco, la heterotopía por excelencia,
el lugar sin lugar, espacio, en constante flotación
y deriva, pero preñado de la capacidad de alentar imaginarios.(9)
Notas
1.
Su noción de alegoría nacional en la obra de arte
nos remite, instintiva o inconscientemente a una situación
colectiva, y a su derivación política, como arte de
compromiso. Frederic Jameson, Transformaciones de la imagen
en la posmodernidad, en Revista de crítica cultural
núm. 6, Santiago de Chile, marzo de 1993, pág. 24.
2.
La globalidad es sólo un término consigna, un hecho
metafórico, aunque como toda ficción provoca un efecto
de realidad que afecta vidas concretas. Su inconsistencia sólo
será perceptible cuando el entramado simbólico que
la sostiene se haya derrumbado.
3.
Fridismo, culto a Frida Khalo que incluso derivó en la llamada
fridomanía del último cuarto del siglo XX, la transformación
de la pintora en ícono de consumo a partir de todo tipo de
objetos como postales, camisetas, tazas, pañuelos, espejos,
botones, imanes, etcétera, A lo cual se suma una oleada de
publicaciones, documentales y largometrajes.
4.
Gilles Delleuze, Posdata sobre la sociedad de control,
en El lenguaje literario, Christian Ferrer (comp.), Montevideo,
Nordan, 1991.
5.
La cantidad de interconexiones nuevas es sorprendente, tendríamos
que acudir al censo de redes para darnos cuenta del bajo perfil
de aquellas dedicadas a la cultura o el llamado arte.
6.
Francisco Reyes Palma, Estrategias curatoriales, ponencia
para el coloquio Del malestar de la curaduría, revista
Curare, espacio crítico para las artes, núm.
22, Ciudad de México, julio-diciembre de 2003.
7.
Encuentro latinoamericano de proyectos de gestión independiente
en arte contemporáneo (Documento
de trabajo). Buenos Aires, Argentina. Iniciativa de Trama-Duplus,
octubre de 2003.
8.
Michel Foucault, Des espaces autres, en Dits et écrits,
1954-1988 (conferencia de 1967, publicada hasta 1984). París,
Gallimard, 1994 vol. IV.
9.
Id, vol. IV, pág. 762.
Agradezco a Margarita González Arredondo la cuidadosa lectura
del texto.
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Francisco Reyes Palma, historiador mexicano, miembro fundador de
CURARE, espacio crítico para las artes. Autor de análisis
sobre curaduría, museo, coleccionismo, educación y
formaciones artísticas en México.
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