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La deslegitimación de uno mismo
Aldo Ternavasio
Uno de los objetivos explícitos de Trama, que comparto plenamente,
es el de "legitimar el pensamiento artístico dentro del ámbito
social y político". Sin embargo, no se trata de producir tal
o cual discurso, tanto teórico como artístico que venga
a legitimar una producción ya existente. Por el contrario, la iniciativa
de Trama apunta a generar las instancias en las que la legitimación
surja de la confrontación y el intercambio entre artistas, entre
artistas e intelectuales y entre aquellos que de alguna manera intervienen
en los procesos de gestión asociados al arte.
De todos modos, creo que para entender cuál es el origen y la importancia
de este debate, hay que situar la iniciativa de Trama por sobre el telón
de fondo del arte argentino de los noventa. Si algo caracterizó
a esta década es, justamente, la presencia monolítica de
un único pensamiento legitimante que, como todo pensamiento legitimante
único, se presentaba no como tal, sino como la versión final
de un arte emancipado de toda legitimación ideológica.
La contrapartida de esto fue la puesta en marcha, simultáneamente,
de una progresiva renovación de las experiencias artísticas
junto a un proceso de reorganización del arte nacional inequívocamente
mercadocéntrico. A la creciente concentración de capital
propia de los '90 le fue contemporánea una no menos inquietante
concentración de los medios de legitimación artística.
De todos modos, trazar estos paralelismos, sin duda reales, termina ayudando
a oscurecer aún más el problema.
Explicar los discursos artísticos dominantes en la era menemista
por medio de la implantación de políticas neoliberales nos
expone al riesgo de eludir lo decisivo. A mi juicio, el problema candente
es cuál fue la condición de posibilidad tanto para el consenso
neoliberal de los '90, como para el de los discursos que legitimaban la
producción artística contemporánea.Me parece que
estos problemas son los que de una manera u otra han ido modelando el
paisaje cultural en el que Trama se gestó. Pero también
creo que aún no llegamos a ver con precisión los alcances
y los desafíos que ellos nos plantean. Es más, me parece
que, de algún modo, esta falta de precisión está
vinculada con aquella imposibilidad de diferenciar las intervenciones
artísticas de los discursos que las legitiman. El momento en el
que todo un conjunto de espejismos ideológicos parecen estar desmoronándose
es también el momento en que una nueva hegemonía comienza
a sustituirlos. Quizá no resulte en vano el intento de profundizar
el análisis de los factores que le permitieron elevarse a ese edificio
que hoy aparentemente se derrumba. Siempre existe el peligro de no advertir
que la estructura que lo reemplaza se apoya en los mismos cimientos.
Me gustaría exponer algunas conclusiones extraídas de la
experiencia del workshop de Trama en Tucumán puesto que considero
que pueden aportar algunos elementos valiosos para discutir las cuestiones
planteadas anteriormente. Es necesario aclarar que estas conclusiones
son estrictamente personales y no sé si serían compartidas
por todos los que participaron en el workshop. De hecho no son conclusiones
consensuadas.
La consigna de la convocatoria al workshop era "Producción
artística y contextos de creación". Esta consigna fue
largamente discutida tanto antes como después de realizada la selección.
Se trataba de darle un mínimo de orientación a la convocatoria
y, al mismo tiempo, de que sea lo suficientemente ambigua para que permita
las más diversas interpretaciones. Y es lo que ocurrió.
Contextos de creación podía ser la peluquería de
la tía o el capitalismo tardío. Lo que nos interesaba es
que se plantee una relación entre las obras y algo diferente a
ellas cuya relación pueda ser analizada.
Desde el comienzo del workshop propuse abiertamente como uno de los ejes
principales de la discusión el problema de la legitimación
de las obras y la incidencia que tenían en ella los contextos -tanto
imaginarios como reales- en los que se las producían y de los que
se extraía un marco que les de sentido. Uno de los objetivos era
avanzar por sobre los problemas formales y conceptuales propios de los
proyectos que cada artista había propuesto para ser discutido y
abrir un debate con respecto a las diferentes posiciones desde las cuales
se valoraban ambas dimensiones. Mi objetivo personal era mostrar cómo
las obras, una vez que se han suspendidos los discursos más o menos
tipificados que se supone que las explican, siempre confrontan y perturban
la transparencia de tales discursos. De esta manera, por ejemplo, lo que
se suponía que era un discurso de lo íntimo o de lo femenino,
rápidamente se convertía en un discurso de las contradicciones
de uno y del otro.
La importancia que tenía esto, desde mi punto de vista, es que
al hacerse evidente la brecha que separa a las obras de los lugares comunes
en los que las pensamos, se abre una posibilidad para percibir aspectos
de la práctica artística que no pueden ser reducidos a las
condiciones de legitimación en las que se las produce o en las
que circulan.
Frente a estas cuestiones, las diferentes posiciones de los artistas se
organizaron en torno a tres casos límites. Estos tres casos me
parecen altamente reveladores y constituyen algo así como un triángulo
de las Bermudas dentro del cual es inevitable que desaparezca cualquier
posibilidad de plantear algún aspecto de la creación artística
que no se confunda con el de su legitimación.
La primera posición-límite es, desde luego, la cínica.
Y más o menos consiste en lo siguiente. El único valor de
las obras surge de las instituciones que las legitiman y todo intento
de plantear una discusión en el seno de cualquier organización
vinculada al arte más o menos honesta es una farsa. Esta Real Politik
o si se prefiere, este darwinismo artístico concluye:"Cuanto
más crezca Trama más va a crecer en mi curriculum y es lo
único que realmente importa para la legitimación de mi obra".
La segunda es la pragmática. En este caso, se admite que el contexto
natural de las obras son los workshops o las clínicas y se produce
para ellos. El proceso de trabajo y su exposición comienza a sustituir
a la obra y a eclipsarla. Esta posición no deja de ser paradójica
puesto que este estado de exposición permanente del proceso de
trabajo llega a alcanzar momentos verdaderamente interesantes en sí
mismos. Todo esto tiene su explicación en las críticas condiciones
en las que producen los artistas. Los workshops terminan siendo más
que espacios de confrontación, espacios sustitutos de visibilidad
y la obra un medio para ocupar esos espacios. En este caso, la legitimación
no es meramente formal, aporta contenidos. Pero una vez más, depende
del contexto institucional más que de la obra.
La tercera posición-límite es la intervensionista. En esta
oportunidad se propone que un artista debe intervenir de múltiples
maneras en el contexto en el que actúa. La obra es una manera más
a la par de otras. La legitimación se construye por medio de estas
intervenciones y no depende de tal o cual relación institucional.
Sin dudas esta es la posición a la que me siento más cercano
Pero hay un problema. Si no le damos a la obra, en tanto modo de intervención
artística, una centralidad decisiva ¿qué sentido
tiene seguir usando la palabra "artística"? El trasfondo
de esta posición es que la obra es una forma de discurso como cualquier
otra y por ello no nos impone consideraciones especiales.
Creo que estas tres posiciones intentan responder, cada una a su manera,
al mismo problema. Es ideológicamente imposible plantearse la legitimidad
de una obra y de un arte que se derive de algún aspecto inmanente
a ellos.
El cínico piensa su obra en términos de "estándares"
de "calidad" y de "profesionalismo", pero no alcanza
a entender por qué, en un medio como en el que produce, no le vale
de nada alcanzarlos.
El pragmático piensa su obra en términos de procesos conceptuales,
pero descubre que éstos desaparecen, dejan de ser "obra"
cuando no existe un contexto que los sostenga
.
El intervencionista produce obra pero evita inmiscuirse demasiado con
aquellos efectos de ellas que exceden el marco de la intervención
y que se resisten a reducirse a él. Piensa su obra como parte de
una serie de intervenciones equivalentes.
Todos estos atolladeros conducen inexorablemente hacia el círculo
infernal de la legitimación. O la obra aparece impregnada de una
serie de ideologemas y estilemas más o menos hegemónicos
o se desvanece en su vacía mismidad. Desde mi perspectiva, este
fue el conflicto más fuerte que subyacía en los debates
y confrontaciones en el workshop.
Con respecto a este conflicto se pueden sacar por lo menos dos conclusiones.
La primera es que el origen de él es indudablemente ideológico
y como suele ocurrir con las contradicciones ideológicas, no siempre
se explicitan claramente. La segunda conclusión es que el arte
contemporáneo les exige a los artistas, contrariamente a las ideas
que se impusieron en los '90, una activa participación en la tarea
de conceptualización no sólo de los contenidos específicos
de sus obras sino también de la relación que éstas
mantienen con los discursos que las legitiman.
Ahora bien, afirmar que, en general, todos los artistas contemporáneos
nos reconocemos como artistas en la medida en que aceptamos como propias
una serie de "certezas" como esta que afirma que no hay una
instancia en la cual podamos separar las obras de las configuraciones
discursivas (las ideas, en definitiva) desde las que se las produce y
desde las que se las legitima, y que lo que llamamos obra es una forma
más de discurso sin ninguna diferencia material con respecto al
conjunto de todos los otros discursos posibles, tal vez no parezca un
paso muy importante. Sin embargo, me parece que diagnosticar esta situación
nos permite reorientar algunos ejes ideológicos del debate a cerca
de la legitimación que actualmente se está dando en Argentina.
Al régimen de legitimación imperante durante más
de una década, condenable en gran medida ¿le vamos a oponer
otro cuyos contenidos nos parezcan más aceptables?¿O estamos
dispuestos a producir los medios para enfrentar la lógica inherente
a la legitimación?
Mi posición apuesta, por supuesto, a esta última alternativa.
Y en este punto, no puedo ofrecer más que una expresión
de anhelo puramente personal: creo que una organización como Trama
puede crear las condiciones en las que comience a aparecer el camino hacia
un éxodo de la legitimación, siempre y cuando, claro, haya
artistas dispuestos a emprenderlo.
El workshop de Tucumán ha generado algunos de esos momentos de
éxodo. No me parece poca cosa. Y en este sentido, la presencia
de Sigurdur Gudmunsson produjo encuentros verdaderamente afortunados.
La estrategia de Sigurdur siempre fue la de confrontar a los artistas
con el centro absurdo de sus obras e instarlos a que se reconozcan en
él, puesto que allí es donde las obras mostraban su singularidad
con total independencia de lo que se pueda decir de ellas.
Todo éxodo implica una renuncia. No sé. Quizás la
renuncia a la convicción imaginaria de que nuestras obras sí
son legítimas tal vez sea la mejor manera de emprender, con las
obras, una crítica de la legitimidad en la que realmente quedemos
comprometidos.
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