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Función y recursos de las instituciones culturales en la Argentina

Américo Castilla
 
 
Ponencia presentada para el Seminario internacional sobre economía de la cultura, organizado por el Fondo Nacional de las Artes y el Centro de estudios latinoamericanos de la Universidad de Maryland. Buenos Aires, agosto de 1998

 

I La vastedad del concepto de cultura

Es usual oír referencias a conceptos tales como: "la cultura del trabajo", "la cultura política, o del deporte" o tantas otras formas del lenguaje que incluyen este concepto de cultura que, en realidad, se ha expandido para incluir desde los modos y artesanías populares en un extremo, a las industrias culturales en el otro, lo cual aumenta también la relatividad de los juicios en torno a ella. Entre la espontaneidad popular y el entretenimiento mediático aún se inscriben las artes "cultas" (música, teatro, danza, artes visuales, literatura) de las más diversas tendencias, tanto las tradicionales como las que inauguran sentidos estéticos, y desde luego también los teatros, bibliotecas, archivos y museos que las ponen en funcionamiento. El campo bajo análisis es de este modo vasto y disímil, por lo que no es posible aplicar principios generales sobre sus funciones y recursos sin delimitar previamente las áreas a las que hacemos referencia.

La complejidad aumenta cuando reflexionamos acerca de la conveniencia de aportar recursos públicos o privados para estimular la cultura. Las preguntas serían: ¿Porqué financiarla en vez de dejarla a disposición de las leyes de mercado? Si estas leyes no fueran aplicables fácilmente, entonces ¿cuál de los campos culturales debiera ser pasible de apoyo, las artes populares, las cultas, las mediáticas? ¿Todas ellas? ¿O quizá ninguna?

Las reflexiones que siguen intentan aportar algunas ideas a esta discusión.

 

II La actividad cultural, económica y social, algunas precisiones

Limitar el concepto a la noción denominada por algunos como "elitista" de la cultura (correspondiente a formas ya legitimadas por un siglo al menos de funcionamiento -las bellas artes o las tradicionales formas de la música y las artes escénicas-) como la "antropológica" (aquella que hace tan amplia la noción de cultura que cualquier acto del hombre se incorpora a su definición) no resulta adecuado para elaborar una moderna política cultural. Con esto no deseo significar que estas ideas de cultura sean inapropiadas para un análisis académico, sino que es necesario utilizar términos precisos cuando se trata de asignar recursos.

A las bellas artes del siglo XIX, como a las de las anteriores épocas, es preferible ubicarlas en su perspectiva histórica, valorizadas e integradas a la percepción actual como patrimonio cultural, pero resulta en cambio inconveniente mantener vigentes los puntos de vista de ese siglo. Se ha abusado de la cultura interpretada como un elemento decorativo de las tareas de gobierno, complaciente y con atributos de buenas intenciones del espíritu, o cumpliendo un papel tan difuso que admite ser relegado para un mejor momento.

En el otro extremo la cultura es hoy interpretada como un producto, y a la vez una metáfora de lo político, de lo social y predominantemente de lo económico, aunque tampoco es un fenómeno que pueda analizarse fácilmente a partir de los conceptos específicos que provienen de esos ámbitos .

A contramano de los fuertes cambios que se han producido en el ámbito empresario y la provisión de servicios, en la cultura aún prevalecen las presiones corporativas y la somnolencia de la gestión pública. Una de las confusiones consiste en no advertir que la actividad cultural, con o sin fines de lucro, si bien tiene connotaciones que no pueden juzgarse empíricas, implica también una actividad económica que demanda particulares requisitos de eficacia.

Esos requisitos no coinciden con los parámetros empresarios y a menudo no se considera la especificidad de la actividad cultural y sólo se la valora en tanto sea capaz de generar empleo, de lograr consecuencias en el ámbito social o de hacer crecer los índices de producción. Esas interpretaciones son arriesgadas, pues bajo la apariencia de democratizar el concepto lo reduce a algunas posibles aplicaciones pragmáticas.

Si sumamos a la gente que se encuentra empleada en las bibliotecas, los museos, la industria discográfica, editorial o la televisión, podrían citarse cifras abultadas, pero de escaso significado para la cultura; es más, hasta puede ser considerado negativo para el funcionamiento eficaz de las instituciones culturales, pues podría señalarse que es mayor el número de empleados que viven de la cultura que productores culturales que puedan acceder a fondos indispensables para llevar a cabo su trabajo. En la competencia por los recursos escasos del Estado, el beneficiado parece ser el burócrata en detrimento del creador, y si lo que queremos es dinamizar una política de empleo es posible que haya mejores medios que el cultural para hacerlo eficazmente.

Lo mismo puede decirse de los indicadores de creación de riquezas. Es cierto que las cifras muestran que en Estados Unidos la industria cultural genera tantas o más divisas que la del deporte, pero esto es así porque todos nosotros consumimos sus productos, prácticamente sin alternativas de diversidad. Parece ingenuo hacer la apología de la industria comercial cinematográfica o de la televisión cuando los países periféricos resultamos víctimas de operaciones oligopólicas de esos medios, los cuales nos saturan con sus productos mediocres

Sin duda la cultura del entretenimiento tiene su legítimo derecho a existir, e incluso puede facilitarse desde el Estado, pero no creería que deba hacerse en detrimento de la actividad creativa. En otras palabras, sería conveniente que quienes elaboran políticas públicas valoren a la cultura artística porque da sentido a nuestras vidas, con todo lo que ello significa, por encima de las conveniencias económicas que subsidiariamente sea capaz de generar. La ciudad de Venecia genera importantes recursos provenientes del turismo, pero su arquitectura y sus obras de arte son importantes por otras valoraciones no monetarias, y ciertamente no por el número de turistas que tan solo ocasionalmente están en condiciones de apreciarlas. Si se resolviese reducir drásticamente la visita masiva de público para protegerla de la depredación, y se construyese un simil para satisfacer al turismo ¿No habría razones suficientes para preservarla? Así como Venecia merece vivir por derecho propio, también el Museo de Ciencias Naturales de la Plata, por citar un ejemplo de gran valor patrimonial en riesgo, las bibliotecas, o los artistas talentosos que no responden a las leyes del mercado lo merecen también, pues una sociedad sin expresiones artísticas y culturales de orden diverso, cualquiera fuese su rentabilidad potencial, no merecería la pena vivirse.

Para quienes ponen como requisito que la cultura cumpla una necesidad social para ser ayudada, respondería que parece injusto que sea la actividad artística la que tenga a su cargo subsanar las tremendas desigualdades que provocan las políticas económicas de mercado, aplicadas por lo general sin reparos a la creación cultural. Además, tenemos recuerdos demasiado frescos de dirigismo e ideologización -y en este punto coinciden las viejas ideas de Stalin con la actual derecha republicana de los Estados Unidos- como para observar con ingenuidad este tipo de argumentación. Por cierto pueden pensarse actividades que hagan coincidir intereses culturales con otros de desarrollo social, y haremos luego referencia a algunos ejemplos posibles de generar en el país, pero es inapropiado evaluar el fenómeno cultural a partir de indicadores sociales.

La actividad cultural ofrece indicadores propios que permiten su evaluación de un modo comparable a los que ofrece la investigación científica de base. Los países que más invierten en investigación aplicada no dejan de hacerlo en la investigación básica como tampoco dejan de apoyar a las artes que proveen de sentido a las industrias culturales. En nuestro país se descuida por igual la investigación científica y las artes, pues no parecen expresarse en un idioma que resulte fácilmente reconocible para los administradores. Las industrias culturales en cambio sí pueden manejar indicadores de marketing, audiencias y rendimiento de la inversión, pero sus programaciones tienden a estar vaciadas de contenido por ausencia de un previo trabajo de base, que no puede realizarse por falta de apoyo. La serpiente se come así su propia cola sin alcanzar a revelar sus virtudes simbólicas.

 

III La cultura y sus recursos

Se puede intentar diferenciar algunos órdenes de la actividad cultural que permitan un análisis particularizado:

1) expresiones artísticas que denotan nuevas corrientes y valores estéticos de la sociedad;
2) expresiones artísticas que reiteran lenguajes conocidos y de comprobada eficacia, en los cuales se podría ver reflejada la particular idiosincrasia de esa sociedad;
3) preservación de bienes históricos que conforman el acervo o patrimonio artístico y cultural de la sociedad o que la misma ha adoptado como propias;
4) actividades didácticas que contribuyen a la formación y apreciación estética de la población;
5) industrias culturales (periodística, radial, televisiva, discográfica, editorial) como medios de circulación de bienes culturales no patrimoniales y con capacidad de influir fuertemente en las subjetividades.

Hechas estas distinciones estamos en condiciones de observar de qué modo las instituciones y los recursos públicos y privados atienden esas funciones.

1. Las expresiones de arte contemporáneo, que aún no están aceptadas por el mercado pero que operan como dinamizadoras estéticas e influyen en la innovación del comportamiento social, requieren atención y, cuando fuera necesario, ayuda. Como ejemplo de estas actividades podemos mencionar a jóvenes corrientes de la poesía; coreógrafos; directores y actores teatrales; artistas visuales; vídeo realizadores y compositores musicales. Si bien todos ellos requieren teóricamente apoyo, algunas especialidades tienen mejores oportunidades de conseguir fondos y los modos de instrumentar la ayuda difieren en cada caso. Existen instituciones especificas que pueden aprovecharse de modo más conveniente en función de la especialidad: los museos de arte moderno en relación a las artes visuales y el vídeo; los centros culturales en función de la música, el teatro, las artes visuales y la escritura; las bibliotecas en relación a algunas de estas actividades, etc. Podemos afirmar que el apoyo para este primer grupo de actividades está dado por la infraestructura pública disponible y algunas pensiones a los ganadores de premios municipales y nacionales de las artes y las letras. En algunos casos, lamentablemente pocos, el apoyo por este medio se cumple razonablemente, pero en otros la inversión pública se ve desvirtuada por el desaprovechamiento de su infraestructura y de sus recursos. Esta grave falla requiere repararse, pues implica un despilfarro. En general los apoyos no incluyen subsidios para llevar a cabo las obras sino la facilitación del espacio, al que el artista por lo general debe subsidiar para poder presentar su obra.

1) Las artes tradicionales tanto cultas (orquestas sinfónicas, ballets, coros, teatros nacionales o municipales) como folclóricas (ballet, actividades artesanales, recitales) están en grave crisis. El caso del Teatro Colón quizá sea el más complejo y si se presenta este problema en un caso de alta calidad artística, las programaciones de las artes tradicionales que no llegan a un nivel de excelencia tornan discutible el apoyo oficial y posiblemente deban requerir mayores recursos de los particulares interesados. Esto demandaría un análisis pormenorizado de cada caso en particular, y permite pensar en proyectos que combinen a las artes con actividades de promoción social -tal el caso de las orquestas juveniles de Venezuela- o el apoyo a la actividad artesanal que tiene ejemplos importantes en otros países. En la actualidad el Estado sostiene a la orquesta sinfónica nacional, la banda sinfónica y el coro polifónico de ciegos, la orquesta nacional de música, el coro polifónico nacional, el coro nacional de niños y el de jóvenes. Adicionalmente trece museos, las Salas Nacionales de Cultura, siete organismos que denomina "desconcentrados" y otros cinco descentralizados. Ello le insume a la secretaría de cultura de la Nación, en sueldos corrientes, $6.874.140 a lo que deben sumarse los gastos operativos. Esto no parecería mucho si se compara con el total de los sueldos a cargo de esa Secretaría: $28.227.901, pero no deja de ser una suma significativa cuyo empleo, si bien se justifica para el sostenimiento de la orquesta sinfónica nacional, u otro ente en particular, resulta más dudosa en la medida en que desciende el nivel artístico de los otros cuerpos. Piénsese en los coros, compañías teatrales y coreográficas independientes de muy alto nivel que recaudan sus propios recursos para llevar adelante su actividad y que podrían aprovechar esos estímulos sin cargar al erario con empleos públicos.

2) Preservación del patrimonio. Esta es una de las actividades que merece indudable apoyo oficial pero cuyo estado grave de deterioro no logra llamar la atención. El auxilio a los bienes muebles podría hacerse desde los museos, quizás como principal función, a lo que se sumaría el rescate de archivos documentales y fotográficos históricos de los organismos administrativos y el estímulo para que la empresa privada y los particulares hagan lo propio. Paradójicamente, y por falta de capacitación de los responsables de esta tarea, esto no se realiza o se lleva a cabo de un modo precario. Una vez más, la costosa infraestructura puesta al servicio de una necesidad se desaprovecha al no contarse con la capacitación para llevar adelante la tarea; algo así como sostener costosos hospitales con interesantísimos casos clínicos pero sin médicos. Observemos que cuando hablamos de preservación de patrimonio nos referimos a una tarea que no se limita a conservar cuadros, objetos o documentos, sino a la tarea de reinterpretación del significado de esos bienes históricos desde el presente. Esto requiere entonces de una tarea de conservación e investigación, cuyos resultados permitirían elaborar seriamente un programa de exposiciones y conocer de qué se trata en realidad la cultura de los argentinos. La preservación del patrimonio inmueble sería el otro gran rubro de esta categoría, sólo parcialmente atendido por la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos.

3) Enseñanza artística, participación popular y programación cultural didáctica La transferencia de los institutos estatales de enseñanza artística a las provincias, plantean un serio desafío que merece ser estudiado con detenimiento a fin de ajustar sus programas y optimar el costo-beneficio. Por otro lado, los programas que incluyan la participación popular permiten al ciudadano sentirse agente de transformación y crecimiento. Para ello es necesario desarrollar programas eficaces y no hacer simplemente espectáculos. Si bien algunos de ellos se llevan a cabo en los barrios, deben apoyarse en la infraestructura municipal existente -museos, bibliotecas, centros barriales- estar orientados a elevar el nivel de apreciación estética y a trabajar sobre genuinos conceptos de identidad y no a presentar espectáculos complacientes en competencia con la televisión. El consumo cultural es un punto de conflicto en el que se manifiestan las desigualdades en la producción y distribución de los servicios, así como en la satisfacción de necesidades. En ese punto se requiere tener clara conciencia del poder y la capacidad de influencia de la cultura hegemónica así como de los contradictorios procesos culturales de los sectores subalternos, consumidores a veces selectivos y con capacidad de proveer de nuevos significados al producto que se les presenta, pero donde los hábitos cotidianos juegan un rol decisivo en la recepción de los mensajes . Se requiere, para poner en marcha una política coherente, personal especializado capaz de medir estos factores, de examinar el uso de los servicios culturales y de proponer un programa que relacione y haga circular sus significados entre los distintos receptores .

4) Las industrias culturales, como llevamos dicho, tienden a regirse por las leyes del mercado, pero no puede desaprovecharse la posibilidad de incidir en la calidad de los contenidos que ellas hacen circular. El estímulo a la producción de programación televisiva y de radio de calidad, el apoyo a la distribución de material de lectura, la capacitación para el uso artístico de los multimedios, el apoyo a la producción discográfica y editorial de calidad, son campos en los que el financiamiento puede encontrar buenas oportunidades de provocar resultados exitosos, pues mucho talento personal se encuentra desaprovechado por falta de fondos adecuados.

 

IV Las instituciones culturales públicas

En los párrafos anteriores adelantamos algunas ideas sobre las funciones que las instituciones culturales públicas pueden cumplir, pero es necesario comprender que las mismas se han modificado en gran medida desde que fueran creadas, lo que hace necesario replantear sus propósitos y en muchos casos hasta reformularlas íntegramente.

Un ejemplo válido de lo antedicho lo presentan los museos. Hoy en día, los objetos en exhibición han dejado de ser el principal protagonista; en su reemplazo los individuos que los visitan tienden a ser los principales sujetos. Por medio de guiones museográficos pueden exhibirse un limitado número de piezas acompañadas de una batería de elementos audiovisuales que contribuyan a poner la narrativa en valor y a evidenciar su contexto. La importancia de los objetos patrimoniales, en cambio, tiende a demostrarse con una política adecuada de conservación, investigación y exhibición de los mismos, en condiciones de permitir su perdurabilidad y mostrar sus características culturales distintivas..

Las nuevas condiciones y desafíos requieren que los objetos patrimoniales estén adecuadamente inventariados y catalogados digitalmente acorde con los sistemas internacionales. Tambien que las administraciones y departamentos de museos, archivos, teatros, bibliotecas, estén en manos de gente capacitada para dirigir la investigación, la conservación, los programas educativos, de modo tal que justifiquen el esfuerzo de la comunidad por mantenerlos. De no cumplirse estos requisitos no pueden aspirar legítimamente a más fondos públicos ni tampoco soportarían el meticuloso análisis de un empresario privado interesado en apoyarlos.

Las bibliotecas y archivos modernos tienden a poner sus catálogos e incluso sus textos on-line, y es más importante el acceso a la información sea cual fuere el repositorio de que se trate, que la efectiva posesión del ejemplar en cuestión. La sala de conciertos, sitio que en su momento democratizara el acceso a la música, es irreemplazable como tal pero de mucha menor importancia socio-cultural que los discos, hoy grabados con asombrosa calidad de reproducción. La televisión y en general los medios masivos de comunicación son ahora también un medio cultural y no tan solo un instrumento de traslación de la información. Poco importa a mi juicio si el Estado es o no dueño de ATC (Argentina Televisora Color), sino si está en condiciones de proveer fondos para una programación digna del talento de sus creadores y que sería posible emitir por alguna de las múltiples señales privadas que transmiten material enlatado en todo el país.

Por su parte, los artistas tienden a descreer que las autoridades políticas puedan realizar una asignación eficaz de los magros recursos y buscan ventajas sectoriales que los ubiquen en una situación de privilegio al momento de repartirlos. Mediante las leyes del cine y del teatro se lucha en variados frentes para disponer los fondos que no terminan de ser liberados por el ministerio de hacienda, y para convivir con administradores que hacen prevalecer razones extra artísticas en el uso del presupuesto. La organización gremial de compositores y autores, SADAIC, en rápidas jugadas de lobby, toma por sorpresa al Fondo Nacional de las Artes y se apropia de una parte importante de sus recursos para adueñárselos en exclusividad en detrimento de los creadores de las otras artes . En suma, cada gremio se aferra a un trozo del globo, sin reparar que el globo así no vuela.

Si bien algunos administradores de organismos culturales realizan un esfuerzo por superar las graves condiciones en que se encuentran, otros emplean de modo curioso los recursos, pues temen hacer evidentes sus deficiencias. Las principales bibliotecas no tienen inventariados convenientemente sus libros ni custodiadas preventivamente sus colecciones y sin embargo hacen conciertos, dictan conferencias, premios de pinturas, e inducen al público a suponer que las tareas propias de su actividad están bajo control. Los archivos pierden a diario, dramáticamente, sus colecciones, por falta de personal idóneo para salvaguardarlo, a pesar de lo cual se organizan ciclos de literatura e historia del tango. Las banderas de los museos históricos de quién sabe qué gloriosa batalla parecen de rendición, descoloridas como están por ausencia de mínimos criterios técnicos de conservación; no importa, son sede de reuniones internacionales de museología. Solo que a esta altura, y las banderas deshilachadas, pareciera que perdimos la guerra.

 

V El aporte privado y la desgravación impositiva

Una reciente investigación realizada por la Universidad de San Andrés y Gallup Argentina aporta algunas opiniones sobre la responsabilidad social de las empresas y las donaciones y contribuciones que ellas realizan habitualmente. Consultadas 147 empresas líderes, son minoría las que consideran importante "apoyar actividades que crean un mejor clima social y cultural" (sólo un 36% de ellas respondieron afirmativamente). Tampoco confían en que el gobierno nacional o los partidos políticos sean quien puede resolver problemas sociales (el 79% desconfía del gobierno nacional y esa cifra escala al 95% en relación a los partidos políticos), en cambio su confianza alcanza el 86% cuando se refiere a las entidades sin fines de lucro. También es instructivo conocer que el 80% de los consultados han hecho aportes a cooperativas de hospitales o escolares, y solo el 39% a instituciones culturales o artísticas. Estudios previos indicaban que de los aportes hechos a las artes por las empresas iban destinados a las artes tradicionales (mayoritariamente a las sociedades de conciertos) y sólo mínimamente a las artes contemporáneas .

Conforme al estudio citado en primer término, las empresas hacen donaciones en efectivo o de sus productos de un modo asistemático, y generalmente no planean ni registran esos aportes, lo que demuestra el grado embrionario de la filantropía y más bien indica la presencia de estrategias discontinuadas de promoción institucional. De todos modos, y en base a la confianza expresada hacia las instituciones filantrópicas, pareciera adecuado estudiar el impulso de una legislación que favorezca la desgravación impositiva de los aportes destinados a fines culturales, lo cual podría mejorar la situación.

En la Argentina aún no existen estudios que hayan considerado seriamente el tema. La consecuencia resulta evidente si analizamos el proyecto de ley que tuvo a despacho la comisión de cultura de la Cámara de Diputados, y que afortunadamente luego desistió de impulsar, pues era un ejemplo de desconocimiento de la materia . Existen ejemplos de legislación de otros países que pueden tomarse en cuenta pues parten de algunas dificultades similares a las nuestras.

La ley de fundaciones y de incentivos fiscales de España de 1994 resulta especialmente interesante, pues el legislador se vió en la necesidad previa de rehacer la ley de fundaciones para distinguir las que efectivamente lo eran de las que sólo llevaban el nombre. Simultáneamente se elaboró un régimen tributario de los aportes a entidades sin fines lucrativos (básicamente esas fundaciones ahora reguladas) por las personas físicas y jurídicas, autorizando deducir hasta un 20% de las donaciones de obras de arte o aportes para la restauración o conservación de bienes culturales hasta un monto no superior al 30% de la renta neta del contribuyente. Tres distinciones que establece la ley son de importancia pues contemplan situaciones aplicables a la Argentina. Una de ellas prevé un incremento de hasta cinco puntos porcentuales más por prioridad de política de Estado, lo que permite privilegiar anualmente determinadas políticas de apoyo. No confunde a la filantropía con la promoción institucional y permite para este último caso, o si la empresa organiza actividades culturales por sí, un gasto deducible de hasta el 5% de su base imponible o del 0,5 por mil de su volumen de ventas. Si la compra de obras de arte es para el Estado, la deducción equivale al monto total del valor de compra de la pieza.

Una vez dictada la ley española, se trata de mantener al Estado lejos de la inducción adicional del gasto, y de hecho la disposición de fijar una prioridad o bonus específicos fue considerada intervencionista por algunos. La ley brasileña de 1991 con sus reformas de 1995 y 1996, tiene en cambio una fuerte presencia del Estado con su sistema de parceria entre el poder público y la iniciativa privada. En los dos primeros años de gobierno de Fernando Henrique Cardozo los montos dispuestos a través de este sistema fueron de 180 millones de reales y la tendencia va en aumento. En los Estados Unidos, para mencionar otro término de comparación, los montos obtenidos por estos medios son diez veces superiores a los que asigna el Congreso por medio del National Endowment for the Arts and Humanities.

Estos sistemas de incentivo, el español de escasa presencia pública y el brasileño con políticas activas, son alternativas para complementar el rol del Estado, y permite que determinados tributos sean empleados según el criterio del contribuyente, para fines que se juzgan beneficiosos para la comunidad. Esta renuncia parcial a ejercer una política del gasto público para fines culturales exige legislar con mucho cuidado, no solo por los muchos abusos que las exenciones impositivas produjeron en el pasado sino también porque los fondos, aún cuando se empleen dentro del marco de la cultura, pueden derivar en situaciones no deseadas.

En la actualidad, como dijéramos previamente, las empresas privilegian el gasto en aquellas manifestaciones de la cultura que sirven a propósitos de promoción de su actividad, a las artes del espectáculo más conservadoras, o la programación televisiva más convencional, y prácticamente ninguna corporación repara en las voces alternativas. Tampoco se destina recurso alguno a la preservación del patrimonio o a cumplir las funciones básicas de los archivos, bibliotecas y museos (políticas de conservación, inventario, catalogación, educación…). Si el Estado no lo hace y el particular tampoco se siente estimulado a hacerlo, la solución no parece estar a mano.

Las situaciones regionales podrían mencionarse como otro ejemplo de difícil solución. Las empresas por lo general quieren mostrarse en la vidriera de Buenos Aires pues un peso allí invertido tiene la posibilidad de multiplicarse por medio de una adecuada promoción periodística. Las provincias no alcanzarían a beneficiarse adecuadamente con tal concentración del gasto.

 

VI Conclusiones

Se realizan esfuerzos independientes por parte de la administración pública, los artistas y los particulares, pero de un modo desincronizado y con objetivos difusos y hasta contradictorios. Correspondería que las políticas de gasto y de generación de recursos tuviesen en cuenta un proyecto de país a largo plazo, y no de simple solución de coyuntura, pues la actividad cultural requiere de tiempo y constancia en sus políticas. Los creadores tienen la capacidad de sintetizar y potenciar los hábitos sociales y de hacer de ellos hábitos culturales, aún sin proponérselo, pero para ello se requiere un medio que incentive el diálogo y la discusión cultural. Resulta urgente comenzar un ciclo sistemático de capacitación del personal que se desempeñña en las instuciones: bibliotecarios, archivistas, curadores, conservadores y administradores. Tambien atender a la educación artística y mejorar los contenidos culturales de divulgación; sacar provecho de la infraestructura existente de las instituciones y no juzgar sus méritos tan solo por su capacidad de generar espectáculos, sino por el cumplimiento de sus objetivos específicos.

El presupuesto de la Secretaría de Cultura de la Nación es de 65 millones de pesos, equivalente a la mitad del de la ciudad de San Pablo. Con ese dinero es difícil incentivar la política de un país donde habitan algunos de los más talentosos creadores de América. El 45% de ese monto se utiliza en sueldos corrientes. El Fondo Nacional de las Artes, creado en 1958, sería -en pequeña escala- el ejemplo más adecuado de un financiamiento moderno de la cultura. Sus catorce millones anuales son destinados casi enteramente a proyectos y sólo medio millón se usan en la administración de esos fondos, a cargo de 54 personas, contra las 1500 empleadas por la Secretaría de Cultura de la Nación. La suma de ambos presupuestos es claramente insuficiente si se la compara con otros países de equivalente capital creativo, pero más grave aún es comprobar que no se ha repensado la forma de hacer viable su financiamiento ni implementado un sistema de estímulos a los particulares, a contrapelo de la tendencia generalizada.

Digamos por último que, por encima de las virtudes y flaquezas de las gestiones, debemos plantearnos cuidadosas políticas a largo plazo. El tiempo que se demora en la toma de decisiones agrava la situación. Seguramente no son medidas a improvisar, pero se trata de una determinación política indispensable.

 

Américo Castilla es artista, abogado, gerente cultural de la Fundación Antorchas.

 

 

 

TEXTOS

Américo Castilla
El apoyo público a las artes

Victoria D. Horwitz y María José Figuerero Torres
Arte y cultura: Pedidos de subsidios y propuestas

Un extracto del libro "Estrategias y Recursos para Jóvenes Profesionales"


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